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Actualidades en psicología

versão On-line ISSN 0258-6444

Actual. psicol. v.19 n.106 San José  2003

 

 

Bosquejos de niñez y proyectos de vida en la novela de Dickens “David Copperfield”

 

 

Jorge Sanabria León*

Universidad de Costa Rica

 

 


RESUMEN

La interpretación de la novela de Charles Dickens David Copperfield se propone destacar las formas en que la literatura somete a debate bosquejos de subjetividad e interacción. El interés central es la asignación cultural de atributos individuales que derivan de esquemas predeterminados sobre valores personales y de formas de vida. A la construcción social del prejuicio se le brinda especial atención. El hilo del análisis lo lleva la interacción entre la figuras narrativas de David Copperfield y Urias Heep, pues conforman antípodas reflejo de antagonismos sociales. La configuración de contrastes entre las características de los personajes –los proyectos que encarnan y sus destinos– ofrece un campo para el estudio de las orientaciones para la acción en la vida cotidiana. Tal configuración prevé ordenamientos de la experiencia. Se hace énfasis en los elementos fundadores de una jerarquía de estilos y mundos de vida, que a su vez muestran cómo diferentes niveles simbólicos están comprometidos en la asignación de roles sociales y sus significados para un colectivo.

Palabras clave: Hermenéutica profunda, Marginalidad, Construcción social del prejuicio, Prototipos culturales.


ABSTRACT

The interpretation of Charles Dickens’ novel David Copperfield is aimed at highlighting forms in which the literature raises for debate issues of subjectivity and interaction. The main topic is the cultural assignment of individual features engendering from predetermided personal and lifestyle values. The social construction of prejudice is given special attention. The analytical thread is focused on the interaction between David Copperfield and Urias Heep’s personae, which conform antipodes reflecting that of social antagonism. The contrasting configuration between the characteristics of the personae – the projects they perform and their destinies – offers a field of study about the guidelines for acting in daily life. Such a configuration foreshadows an arrangement of experience. The analysis points out a building hierachy of ways of life and worlds of living. These outlines show how several symbolic levels are committed to the assignment of collective meaningful social roles.

Keywords: Profound hermeneutics, Marginality, Social construction of prejudice, Cultural prototypes.


 

 

En memoria de Alfred Lorenzer

Introducción

En el presente estudio, caracteres literarios son analizados como iconografía de la cultura. Se presume que devienen explicativos del orden de cosas en que emergen y se instauran, orientando en esta función interpretaciones de determinados eventos sociales. Al constituirse en referentes, pueden contribuir a la construcción de modelos de subjetividad por medio de la socialización y actuar desde ahí como coordenadas para la experiencia (Habermas, 1981). El enfoque sustentado ilustra cómo puede conformarse el modelaje social de actitudes e ideas alrededor de ciertos fenómenos y actores sociales a partir de la construcción de emblemas culturales sobre proyectos de vida (Soeffner, 1989, p.164). El interés es visualizar la posibilidad de instauración de estos iconos en diferentes niveles simbólicos de la cultura que pueden devenir mediadores de la construcción de sentido para el sujeto (Lorenzer et al., 1986).

Como un derrotero de esta búsqueda, se establece la construcción social del prejuicio y, a partir de ahí, cómo la interpretación de eventos biográficos se puede basar en concepciones proporcionadas por la imaginería sobre orígenes y destinos de las trayectorias potenciales de los individuos. De interés resulta esta perspectiva analítica al considerar tendencias sociales que adjudican solo restrictivas acciones a grupos sociales e individuos, en contraste con el espectro disponible en la cultura (Habermas, 1981).

Cuando tales prejuicios son atribuidos a niños y niñas, prefijando destinos ineludibles, la discusión debería cobrar importancia, puesto que significa replantearse diversas reacciones sociales, que pueden derivar en contribuyentes de la consolidación de estereotipos y con ello condenatorias de formas de vida alternativas a las consensuales (Sanabria, 2002). El prejuicio bloquea la reflexión crítica, restringiendo la acción autónoma en el marco universal de referencia y, por tanto, la energía para la propia realización espontánea (Habermas, 1981).

Para consolidar el abordaje empírico de este análisis de la cultura (Lorenzer, 1986, p.60) desde la Hermenéutica Profunda (Sanabria, 1997), se considera que la literatura somete a debate eventos colectivos, al constituirse en vehículo de significado, jugando un polémico papel, sobre todo cuando adquiere el rango de universalidad y de obligado referente (Sanabria, 1999/2001).

La elección de la literatura de Dickens se debe a que en ella aparecen retratados personajes en escenarios de marginalidad y desventaja social, representando la socialización desde la óptica del liberalismo y la “transparencia” del destino individual. Este enfoque resulta de especial interés para un análisis que se inscribe en el estudio crítico del conglomerado de condiciones que puede enfrentar la supervivencia en la adversidad durante la niñez y la adolescencia, prefigurando proyectos de vida (Sanabria, 2002). Es así como se propone una lectura de confrontación con la óptica dickeniana. La interpretación destaca en el texto las formas factibles en que se predetermina y sojuzga la acción individual a partir de imaginarios colectivos sobre prototipos sociales. Se parte del principio de que la obra literaria refleja procesos presentes en la cultura que son potencialmente inhibitorios de la conciencia crítica y restrictivos del potencial del sujeto, al controlar sentimientos, anhelos y bosquejos de acciones posibles (Habermas, 1981).

 

Sobre la Hermenéutica Profunda

La Hermenéutica Profunda, en tanto Hermenéutica Psicoanalítica, se centra en el análisis de la relación entre el texto y el lector (Lorenzer 1986; Sanabria 1997). Su postulado principal radica en trasladar el método psicoanalítico a un contexto más allá de la situación clínica y comprometerlo con el análisis de la cultura. Por tanto, su énfasis continúa siendo la dinámica de la transferencia y la contratransferencia, aunque, en este caso, entre lo que el texto ha recogido del saber y el sentir culturalmente expresados en los diferentes niveles simbólicos de la literatura y la reacción del lector – analista desde el bagaje de sus propios bosquejos de socialización. El principal interés es develar la dimensión inconsciente, o el sentido latente (Lorenzer, 1986), que muestra cómo determinadas representaciones relacionadas con interacciones sociales (reales o imaginarias) se derivan de procesos culturales que están dirigidos a mantener en el inconsciente contenidos específicos por resultar intolerables a los ordenamientos que controlan al sujeto. Al considerar que el inconsciente es resultante de la socialización y producto de interacciones concretas, la Hermenéutica Profunda Psicoanalítica se pregunta sobre los procesos comprometidos en dicha socialización que derivan en la producción de contenidos inconscientes. De esta manera acude, entre otras manifestaciones artísticas, a la literatura en tanto representante y vehículo de los diferentes niveles simbólicos de interacción en los que transcurre el advenimiento de la subjetividad.

La literatura es reflejo de visiones de mundo, de experiencias colectivas y de los sentimientos asociados a estos contextos, que, recuperados por el autor en tanto vocero de una colectividad, le ofrecen al sujeto-lector la posibilidad de rescatar su propia vivencia y, potencialmente, reflexionar sobre ella, pero sobre todo y en primera instancia, identificarse con una dramaturgia que pone en escena aquello que debe ser excluido -por punitivo– del lenguaje de consenso en su contexto de vida. Así se constituye en sí misma en agente autónomo de socialización (Lorenzer, 1997). La literatura abarca contenidos vedados que no pueden ser expresados directamente por el lenguaje discursivo en el consenso que atrapa a las palabras, sino que aparecen en registros simbólicos alternativos, como lo son las imágenes literarias, las cuales, según Lorenzer, son analizables por medio de la comprensión escénica de la riqueza de evocaciones, sensaciones e imágenes que el texto literario es capaz de provocar en el lector, en un plano que, aunque transportado por el lenguaje discursivo y paralelo a él, va más allá al resonar en niveles simbólicos previos o alternativos a la representación lingüística (simbología presentativa) y que básicamente son recuperados en la dimensión emocional-afectiva del sujeto en interacción. Se trata, en todo caso, de formas de comportamiento o acción de individuos que son sometidas a debate por el texto literario en su representación escénica. La interpretación es, de esta forma, un análisis de la práctica de vida que remite la interacción humana a formas de interacción socializadas o en vías de socialización (Lorenzer, 1997), aunque en planos diferentes que contraponen el nivel consciente y el inconsciente (desde símbolos discursivos y presentativos respectivamente).

Por tanto, lo que trata de recuperar la Hermenéutica Profunda es precisamente la caracterización de formas de interacción mediadas por representaciones presentativas, por ende, inconscientes en el sentido de inaccesibles directamente desde el lenguaje consensual y que requieren entonces de involucrarse en una interacción concreta, esto es, la relación texto - lector. Tales representaciones subyacen al sentido manifiesto –la escenificación- del texto literario. Estas formas de interacción, definidas por Lorenzer como simbólico sensuales en contraposición a las simbólico lingüísticas del lenguaje de consenso, al ser decantadas en una interpretación del texto literario, ponen de relieve los procesos por medio de los cuales determinados contenidos son tornados y mantenidos inconscientes, para debatir sobre ellos. De esta manera, Lorenzer habla de un inconsciente en la cultura, para nada asimilable a la concepción de Jung, pues la Hermenéutica Profunda está tras la reconstrucción de procesos de socialización comprometidos en la génesis de la subjetividad y por ende de la identidad cultural.

Por tanto, el inicio del análisis del texto se da a partir de la asociación libre y la atención flotante del lector-intérprete, orientándose en su propio acervo cultural, para polemizar sobre las temáticas presentes en el relato. Este registro es el inicio de la comprensión escénica, a partir del sentido manifiesto del texto, abordado desde aquellas escenas que concentran la atención del lector-intérprete, o que, de acuerdo con Lorenzer, provocan la irritación que conduce a cuestionar al texto y a indagar en su sentido oculto. Al igual que el psicoanalista hilvana el hilo de la transferencia del analizado desde el guión escénico en que éste lo instaura, para comprender la génesis del conflicto inconsciente que emerge de nuevo en la situación analítica, el lector-intérprete se orienta en su contratransferencia hacia el texto preguntándose sobre qué hace el texto con el lector y por qué. Esto permite el encadenamiento escénico, cuando se le sigue la pista a lo largo del texto literario a una determinada constelación simbólica comprometida en la caracterización de determinadas formas de interacción presentes en la relación texto-lector que se pone de manifiesto de diversas formas, desde distintas figuras narrativas y en contextos variados, permitiendo así mostrar un determinado sentido latente. De utilidad para el control de su propia contratrasferencia resulta la confrontación de su línea de interpretación con la perspectiva de un grupo de análisis del mismo texto literario.

Siguiendo esta perspectiva hermenéutica modo analítico, para efectos del tema que interesa a este estudio y de acuerdo con el proceso antedicho, se ha decantado uno de los tantos guiones en la dramaturgia de la novela David Copperfield: aquel que muestra la interacción entre su protagonista principal y Urias Heep.

 

Prototipos en las figuras narrativas de Dickens

Charles Dickens es uno de los autores clásicos que ha expuesto en su obra parte de la marginalidad vivida por la niñez y la adolescencia, en el contexto de un estilo literario que ha sido descrito por Adorno como “...ilustraciones de significados objetivos por medio de figuras humanas más que libres representaciones de seres humanos...”, característica que destaca en la ausencia de una auténtica psicología en la forma de sus novelas (Adorno 1981, p.516). Además, escribe en una época de expansión planetaria de la modernidad (Giddens, 1991), lo cual resulta particularmente interesante si se considera que lo hace desde una sociedad que ha contribuido significativamente a la consolidación del modelo hegemónico, pero que ya desde sus inicios presentara las cualidades exigidas al sujeto en términos del manejo de su conciencia, sus emociones y la instauración de su confianza básica (Giddens, 1991). De esta manera, las figuras narrativas de Oliver Twist y David Copperfield, en las novelas homónimas de Charles Dickens, presentan algunos rasgos en común de utilidad para este análisis. Ambos personajes se ven expuestos a calamidades en su niñez, a la pérdida muy temprana de padre, madre y familia, por tanto, de su lugar de arraigo. Son sometidos a maltratos físicos y psicológicos, a castigos severos, entran en contacto con grupos en vulnerabilidad e ingresan prematuramente al mercado laboral; huérfanos, ambos pasan a ser institucionalizados en locales en los cuales la severidad, la insensibilidad y la disciplina férrea destacan entre las características de los adultos a cargo. Esta particular circunstancia confluye en su expulsión a la calle. Aunque vulnerados desde muy temprano en sus vidas, destacan ambas figuras narrativas en la particularidad de no ser permeables a los ambientes desventajosos; de igual forma, sus aspiraciones permanecen intactas, al extremo que su lenguaje y sus hábitos no varían e incluso contrastan permanentemente con los personajes con quienes comparten rudos escenarios. Obligados y sometidos a realizar acciones que riñen con valores y costumbres instituidas, ambos discriminan en todo momento entre el “bien y el mal”. Oliver y David son los héroes de sus novelas, narradores de su propia historia y exponentes de los principios sentados como paradigmas. Así, devienen niños emblemáticos (Soeffner, 1989).

Otro aspecto en los relatos de Dickens sobre Oliver Twist y David Copperfield, que resulta central para el análisis del tema aquí propuesto, es el contraste de su personalidad y del desarrollo de su proyecto de vida, con los de otros personajes. Aunque se trata más bien de un calidoscopio de contrastes pivotando alrededor de la figura central de la narración, según la trama lo requiera, es factible establecer un personaje antípoda de cada una de estas figuras centrales.

Estas figuras centrales o “personajes-contexto” con frecuencia presentan la confrontación preferentemente con otro de los personajes en particular, siempre un niño, cuyo origen y modalidad particular de enfrentar la adversidad establecen un derrotero antípoda respecto a los del personaje central. Estas figuras antípodas actúan frecuentemente con hostilidad y malas intenciones hacia el héroe del relato. Oliver Twist, luego de los duros años en el orfanato, queda a merced de Noe Claypole, ayudante del señor Sowerberry, sepulturero a quien Twist es encargado como tutor. Claypole se encargará de martirizarle hasta su huida. Posteriormente encuentra auxilio en Jack Dawkins, “el Perillán”, pero mediado por el ingreso a la banda de Fagin, adulto organizador de niños abandonados para cometer hurtos a los transeúntes de Londres.

El estudio sobre la caracterización de los personajes de Twist y Copperfield resulta además interesante, desde la perspectiva aquí asumida, en la medida en que muestran una aspiración cultural subyacente a la construcción social del prejuicio (Sanabria, 2000). La composición de la trama es sugerente en el sentido de que no importa qué tan dolorosas o tempranas hayan sido las pérdidas ni tampoco la intensidad de las condiciones adversas, pues la fortaleza individual protege de la vulneración y la voluntad es la fuerza principal hacia el logro. Tanto Twist como Copperfield llegan a tener éxito en sus vidas, pese a cualquier adversidad. La intervención oportuna de personas de buenas intenciones dirige el potencial de los personajes, lo que podría llamarse su cualidad intrínseca. Ambos se incorporan a familias haciendo gala de sus atributos personales y no muestran jamás secuelas de su historia de sufrimiento ni del desarraigo. Contrario sensu, se insinúa que las figuras antípodas asumen un modelo de vida que atenta contra los basamentos de la sociedad y la buena convivencia, como consecuencia de una predisposición que los condena a un final trágico. Por tanto, el modelaje va con rumbo a establecer cómo la responsabilidad de que niños y niñas estén involucrados en escenarios y hábitos de desventaja social, no radica en la vulneración por parte de los adultos, de la familia, de la escuela, de la institución o en la exposición a la calle, sino en la falta de entereza del sujeto y en sus debilidades cuasi innatas. Sugerente, la figura literaria puede tornarse comportamiento imaginario y contribuir a desacoplar al sistema del mundo de vida (Habermas, 1981).

 

Los andamios simbólicos

Para ahondar en la comprensión de este efecto antípoda generador de arquetipos culturales, quizá sea de utilidad centrar la atención en cómo los caracteres que facilitan el contraste contribuyen a resaltar cualidades atribuidas al personaje central. Tales andamiajes culturales probablemente devienen orientadores de la interpretación cotidiana de eventos relacionados con la vulneración durante la niñez y adolescencia, la cual a su vez puede definir la proclividad hacia determinadas actitudes en uno u otro extremo de esta polarización: benevolencia hacia quien arguye perseverancia, severidad hacia quien apela la injusticia. El juego de los contrastes promueve la prefiguración del ordenamiento de las posiciones sociales y, concomitantemente, su significado simbólico en la organización de las ideas. Los contrastes así propuestos escapan fácilmente de la conciencia crítica y son asumidos como cualidades dadas en la vida cotidiana. ¿Es necesario recordar que en las representaciones fílmicas o de dibujos animados de las obras de Dickens se minimiza el hecho de que los personajes infantiles actúan en escenarios de desventaja, trivializando su condición de vulnerabilidad e, incluso, idealizando la supervivencia en la adversidad, en una visión romántica, despojadora de toda vinculación con la historia?. En contraste con las figuras emblemáticas, el Perillán Jack Dawkins de Twist está involucrado en la banda de salteadores de Fagin y termina en la cárcel, así como el Urias Heep de David Copperfield es aprendiz de abogado y progresivamente logra sus ominosos propósitos antes de ser atrapado y terminar también en prisión.

Tal distinción invita a concentrarse en el personaje de Urias Heep: su búsqueda de ascenso social, pues establece de previo una disconformidad con la asignación de roles por origen y una interferencia al orden instituido por clases. En la novela “David Copperfield”, Urias Heep es hijo único de un sepulturero ya fallecido, de origen sencillo. Urias ha pasado con su madre por las instituciones de beneficencia y arrastra consigo el resentimiento de esta vivencia, expresado sobre todo en la hipérbole soy muy humilde. Como se verá más adelante, su resentimiento le compromete también en otras ideaciones personales, una de las cuales constituida en obsesión contra “David Copperfield”. David se topa con él, siendo todavía un niño, en el despacho del abogado Wickfield, donde Heep es ayudante y aprendiz. Copperfield llega a la Casa Wickfield a convivir durante su asistencia a la escuela. David, quien empieza su relato desde su acomodado hogar, de mimos maternales, juegos y doncellas a su servicio, pasa por la pérdida de su padre y su madre, así como por múltiples injusticias y castigos brutales, incluido el denegarle la educación, por parte de su padrastro y su ingreso a trabajar en un establecimiento de vinos adonde es blanco de maltratos, huyendo luego a pie a donde su tía en otro condado, camino durante el cual es objeto de vejaciones y abusos. Al amparo de su tía, empero, llegará a ser exitoso y distinguido, trayectoria de la cual la Casa Wickfield es la primera estación.

Pese a la superficial similitud en cuanto al enfrentamiento a la adversidad, los personajes son caracterizados antagónicamente según los dictados de los principios rectores que los orientan en sus respectivas estrategias de supervivencia, apareciendo como cualidades intrínsecas derivadas de su origen y que conforman modelos de identidad incompatibles. En lo manifiesto, este contraste se presenta en el hecho de que Heep aspira a ascender socialmente, mientras que Copperfield aparece instaurado en su propio rango a ejercer por derecho propio.

Por su parte, Heep, pobre e institucionalizado en su niñez, llega a ser asistente de Wickfield y alcanzará, por medio del engaño, desplazar progresivamente a su señor hasta aniquilarlo casi por completo. Solo la intervención oportuna de personas allegadas a la familia del abogado, mediada en buena parte por Copperfield, evita que Heep alcance su meta de reemplazar a Wickfield.

El estilo de vida de David Copperfield es expresado, ya como hombre maduro en retrospectiva, en sus propias palabras:

Estudiando el período de mi vida a que vengo haciendo referencia veo que la clave del éxito que he obtenido en mi carrera consistió en la perseverancia y energía que entonces iban siendo parte de mi carácter (Dickens, 1970, p.380).

En la novela, David es el narrador de su propia historia, de una historia de acuerdo a Copperfield. En este pasaje se muestra uno de los tantos momentos en los cuales, siguiendo el guión, se llega a la apoteosis del relator en su propio relato. No duda de sus cualidades ni de sí mismo, al contrario, se vanagloria. Es modelo de “perseverancia y energía”. La confianza en sí mismo es el eje de sus logros, orientados en normas y valores convencionales.

Por su parte, Urias Heep llega a hablar de sí mismo, al revelar su verdadero semblante, en palabras, por supuesto, referidas por Copperfield:

-¿Querrás callar, madre? No sabes lo que dices. ¡Humilde! – agregó mirándome con expresión maligna -. Lo he sido y he llegado a tenerlos a todos debajo de mi zapato (Dickens, 1970, p.483).

Hacia el final de la obra, se termina de perfilar el contraste entre los personajes, delineado a lo largo de la narración. Heep aparece descrito desde una pérfida actitud, modelo de malas intenciones ocultas, con un secreto deseo de poder y dominio sobre los demás. Los actos de Urias giran en torno a la vindicación personal.

Como se aprecia en la brevísima ilustración, Copperfield y Heep representan, cada uno por su lado, bosquejos de vida sustentados en propiocepciones opuestas. Por estas razones, como elemento de interés para el análisis, resalta la interacción entre estos dos personajes, puesto que sugiere el antagonismo de mundos de vida aparentemente irreconciliables, aunque coexistentes (Habermas, 1981).

A lo largo de la novela, Copperfield y Heep tienen diversos encuentros, algunos resultado de la convivencia en la Casa Wickfield, otros fortuitos aunque determinados por la comunidad de contextos y personas conocidas, todos ellos caracterizados por sutiles confrontaciones entrambos. Las escenas se desgranan a lo largo del desarrollo de sus vidas, de tal forma que la novela llega a mostrar quiénes serán estos personajes como adultos.

Por tanto, para efectos metodológicos, se han seleccionado de la novela “David Copperfield” aquellas escenas que muestran la interacción entre los personajes de Copperfield y Heep, analizándose la constelación simbólica presente desde el ángulo de los procesos de socialización que posiblemente compromete.

Orígenes del logro personal y oposición de proyectos de vida: Copperfield conoce a Heep

David Copperfield y Urias Heep se conocen durante la visita inicial de David y su tía Trotwood a la Casa Wickfield, adonde se alojaría Copperfield durante su educación. El encuentro, visto desde la óptica de Copperfield, transcurre así:

Cuando el coche se detuvo delante de la puerta vi un rostro cadavérico que apareció un momento en una ventana baja de la torrecilla situada en uno de los ángulos de la casa. Cuando abrió la gran puerta ojival asomó en ella el mismo semblante, y vi que pertenecía a un joven rubio, de unos quince años, a lo que ahora calculo, aun cuando entonces me pareció de bastante más edad.

-¿Está en casa el señor Wickfield, Urias? – preguntó mi tía (...)

Al final del largo corredor que empezaba en la puerta del bufete estaba la rotonda donde Urias trabajaba, delante de su escritorio. Al principio creí que no se ocupaba de mí, pero no tardé en advertir que sus grandes y relumbrantes ojos no apartaban de mí sus miradas, aunque fingía escribir. Aquella insistencia me molestó tanto, que empezaba a sentirme verdaderamente molesto cuando regresaron mi tía y su abogado (...)

Aproveché un momento para salir a la calle a fin de mirar de nuevo la fachada de la casa, contemplando la silueta de la catedral destacándose en la negrura del cielo, y al volver hallé a Urias cerrando su escritorio. Guiado por mi afecto hacia todos los de la casa le tendí la mano al separarnos; el contacto de la suya me produjo una impresión tan extraña, que, una vez en mi cuarto, procuré borrarlo a fuerza de frote.

Era una mano viscosa tan desagradable al tacto como a la vista; su recuerdo me obsesionó de tal modo, que al asomarme a la ventana creí ver su rostro mirándome de reojo en una de las figuras que remataban las vigas del alero. Sin saber cómo habría podido llegar allí Urias Heep, cerré precipitadamente y me metí en el lecho. (Dickens, 1999, p.146).

Un primer encuentro mediado por sensaciones y no por diálogo alguno. Copperfield describe a Heep y la mutua obsesión. Heep calla, pero no cesa de observar. Tampoco pasa inadvertido, su imagen escolta el recibimiento de Copperfield a la Casa Wickfield, incluso hasta el momento de ir a dormir, con un sobresalto. Copperfield no puede desprenderse de la vívida impresión que le causa la figura de Heep. La aprehensión de Copperfield es ostensible y es la base principal de sus apreciaciones sobre Heep. El contacto durante el apretón de manos muestra una sensación de Copperfield avanzando en el sentido opuesto a la que lo motivó a saludarlo; Heep es codificado desde esa sensación, desagradable pero imborrable. Los modales imponen una forma de comportarse, pero la percepción interior califica al interlocutor: la impresión que deja Heep es desagradable pero persistente, y hay que eliminarla. La atmósfera del encuentro evidencia la singularidad de la interacción que empieza a delinearse. La figura de Heep es mezcla de extravagancia y fantasmagoría.

La escena muestra, así, la aguda intuición de Copperfield, pues Heep, sin haber cursado palabra, emerge como ordinario, en contraste con los agradables miembros de la familia Wickfield. El ingreso a la prosperidad está precedido por el semblante de los malos augurios que deberán ser evadidos. Desde el inicio, Heep contrasta, no encaja. Su sola presencia inquieta e incomoda a Copperfield; lo pone lejos y cierra la ventana, se quedó por fuera de su simpatía por los Wickfield.

Durante su siguiente encuentro, Heep despliega su personaje.

Hallé a Urias leyendo un voluminoso libro con tanta atención, que señalaba las líneas con el dedo, dejando marcas viscosas, como si pasara por ellas una culebra.

- Trabajáis hasta muy tarde, Urias - dije.

- Sí, señor Copperfield.

- Al acercarme a un taburete, a fin de hablar con más comodidad, observé que cuando intentaba sonreír abría mucho la boca dejando ver dos huecos en las mejillas.

- No hago trabajo de oficina – me dijo.

- ¿Qué hacéis, entonces?

- Aumentar mis conocimientos en asuntos jurídicos. Quiero instruirme en las leyes de Tidd. ¡Qué escritor, señor Copperfield!

- Supongo que seréis un gran abogado – dije después de mirarle por espacio de algún tiempo.

- ¿Yo, señor Copperfield? No digáis eso; soy demasiado humilde para eso.

- Comprendí que no era manía mía la idea que tenía de sus manos, porque no cesaba de restregárselas, como si quisiera hacerlas entrar en calor, y de vez en cuando se las limpiaba con el pañuelo.

- Sé perfectamente que soy de origen humildísimo, señor Copperfield – continuó -; mi madre es de condición muy humilde; nuestra casa es pobre, pero tenemos mucho que agradecer. Mi padre tenía un empleo mucho más humilde aún; era sepulturero.

- ¿Y qué es ahora? – Pregunté.

- Ahora está en la gloria; pero debemos estar satisfechos, porque tenemos mucho que agradecer. Vivir aquí con el señor Wickfield es una cosa que nunca agradeceré bastante.

- Le pregunté si hacía mucho tiempo que estaba en la casa.

- Unos cuatro años – dijo colocando una señal en la página y cerrando el libro con mucho cuidado; uno después de la muerte de mi padre. Mi principal me deja tiempo para estudiar y, con la gracia de Dios, creo que pronto podré ejercer.

- Entonces formaréis parte de la casa, y se llamará Wickfield y Heep.

- No, señor, no; soy demasiado humilde para esperarlo.

Al verle allí sentado, quieto, mirándome de reojo, con la boca abierta y las mejillas arrugadas, no pude menos de observar que se parecía extraordinariamente a la cabeza de la viga colocada junto a la ventana de mi cuarto (Dickens, 1999, p.156).

Copperfield se aproxima a Heep, le desagrada desde el primer instante, pero provoca la conversación, caracterizada por recelo por parte de Urias y desagrado por parte de David, aunque se manifiestan uno a otro cosas muy distintas. El uso del lenguaje en cada uno establece con claridad la subordinación de clases y el establecimiento de rangos en la jerarquía social; aunque más joven, David es tratado como “señor Copperfield”, mientras que Heep es simplemente “Urias”. Además, no es tanto lo que dice, sino lo que hace al hablar, aquello que dibuja la imagen de Urias Heep: la expresión de su cara y la manía de sus manos. Es chocante para Copperfield la culebra viscosa sobre el libro. El contraste más llamativo se da entre la opinión halagüeña que Copperfield expresa sobre el futuro de Heep como socio de Wickfield y el desagrado no verbalizado hacia él, homologándolo a la cabeza de la viga vista la noche del primer encuentro; una gárgola amenaza, avista una advertencia; temores arcaicos y arquetipos emergen en contra de Heep. En cambio, Heep está empeñado en aprender las leyes, aunque sugiere que sus aspiraciones son de una naturaleza distinta a las de Copperfield, según lo muestra el diferendo sobre quién se incorporará a la Casa Wickfield. Urias lo duda de sí mismo, pero no en David; Copperfield ni piensa en ello. Entretanto, un nuevo personaje, Inés, emerge como la destinataria de la admiración.

- El señor Wickfield es un hombre muy bueno - prosiguió -; y si le conocéis hace tiempo lo sabréis tan bien como yo.

- Manifesté que le había conocido en aquella ocasión, pero que mi tía le conocía hacía mucho tiempo.

- ¡Qué señora más amable! – Exclamó Urias -; creo que admira a la señorita Inés.

- Respondí que sí, aunque lo ignoraba. ¡Dios me perdone!

- Estoy seguro de que vos también la admiráis, señor Copperfield.

- ¡Y todo el mundo! – Exclamé con entusiasmo.

- Gracias por esa observación. Es tan sincera, tan leal, que, humilde como soy, he podido apreciarlo. Muchas gracias, señor Copperfield (Dickens, 1999, p.156).

La escena culmina con una invitación de Heep a Copperfield a su casa y la devolución de la profecía por parte de Heep, sobre quién estará al lado de Wickfield:

Se levantó de su taburete y empezó los preparativos de marcha.

- Mi madre me espera - añadió sacando el reloj -. Si queréis venir a vernos alguna tarde, se alegrará tanto como yo mismo de vuestra visita.

- Repuse que sería una satisfacción para mí.

- Muchas gracias – añadió -; supongo que estaréis aquí algún tiempo.

- Probablemente, todo el que asista al colegio.

- ¡Ah!, en ese caso quizá seáis vos el que forme parte de la casa algún día.

Manifesté que nadie pensaba en semejante cosa, pero Urias afirmó, insistiendo en la seguridad de que sería así. Al fin apagó la luz y se retiró dándome la mano, que en aquella oscuridad me produjo el efecto de un pescado escurridizo, en tanto que yo, medio a tientas, conseguí llegar a mi cuarto y acostarme. (Dickens, 1999, p. 156).

Sin embargo, el desenlace es, una vez más, la mano babosa de Heep, contacto repulsivo que hace pensar en un ser extraño en ese contexto, contrario a David, quien parece pertenecer por derecho propio. La intensidad de las imágenes sugiere el intenso efecto de Heep sobre Copperfield. Heep va siendo progresivamente caracterizado por la percepción de Copperfield, Heep será aquella figura modelada por el relator: cada detalle advertido lo aleja de su simpatía. La caracterización preliminar de Heep prepara para eventos siniestros alrededor suyo. Por su parte, Urias, aunque parece perturbado por la presencia de Copperfield, no le rechaza, sino que busca estar cerca. La pregunta en el aire es: ¿Quién estará al lado de Wickfield? Solo uno ha de lograrlo, aunque las posibles búsquedas individuales empiezan a perfilarse desde muy distintas orientaciones internas. En cualquier caso, en el diálogo está presente la disputa sobre los lugares y las participaciones, así como por las insignias y las distinciones derivadas de posibles logros. Claves de los espacios sociales desde donde se actúa.

La escena siguiente trata de la visita de Copperfield a casa de Heep, la cual destaca porque se concreta por insistencia de Heep y no sin cierto desgano por parte del invitado, pero sobre todo por no desear este último ser tachado de orgulloso. Un instante del diálogo entrambos durante el camino a casa de Heep deja atisbar la cosmovisión que sostiene la posición de cada uno. El asunto viene al caso después de que Copperfield haya ofrecido a Heep enseñarle latín para mejorar sus posibilidades de estudiar los textos de derecho:

Heep - Una persona como yo no puede aspirar a eso; la ciencia no se ha hecho para mí. Una persona como yo, si consigue algo, ha de ser a fuerza de humildad.

Copperfield – Creo que os equivocáis Urias, y hay muchas cosas que yo podré enseñaros si quisieras aprenderlas. (Dickens, 1970, p. 167)

Mientras Heep se inscribe en la posición de quien no puede siquiera poseer aspiraciones y ubica sus posibilidades en la difusa fórmula de la fuerza de la humildad, Copperfield lo hace con la certidumbre de quien posee el derecho al saber y a difundirlo. En ambos pareciera existir una certeza sobre su búsqueda personal, pero en cada uno sustentada por motivaciones derivadas de experiencias sociales distintas que ubican el foco de la acción en propósitos de naturaleza diferente que, a su vez, están basados en códigos incompatibles. Cada uno procura distinguirse del otro. Paso a paso, la narración irá mostrando los contenidos en germen en cada una de tales actitudes. Por el momento, vale la pena señalar que durante la visita a casa de Heep, Copperfield es inducido por Urias y su madre a contar todo sobre su vida y sobre la Casa Wickfield, llegando incluso a la indiscreción. No obstante, calla el asunto de Murdstone y Grims, y su subsiguiente escapatoria de Londres, que se refiere a la escena en la cual es llevado a trabajar en aquel establecimiento, adonde laboran muchos niños, siendo maltratado y humillado en una suerte de ritual de iniciación, al extremo de decidir escapar a casa de su tía, caminando de Londres a Dover. Huida durante la cual es tratado cruelmente, llegando zarrapastroso y exhausto a casa de la tía Trotwood. Curiosamente, el sorpresivo encuentro con un amigo de aquella época, que casualmente pasa por la casa de Heep, lo pone en el aprieto de tener que hablar sobre ello. Copperfield abandona la casa de Heep con urgencia, evitando que el tema de Murdstone y Grims salga a colación, lo cual no puede evitar del todo, aunque logra una elegante salida que disimula su turbación:

Micawber (...) me preguntó si seguía todavía en el negocio de los vinos o si hacía alguna otra cosa.

- Soy alumno en el colegio del doctor Strong – exclamé rojo como una amapola.

- (...)

- ¿Queréis que vayamos a hacer una visita a vuestra esposa? -–pregunté (a Micawber, J.S.), no sabiendo cómo sacarle de allí (Dickens, 1999, p. 169).

El bochorno de Copperfield puede ser interpretado como que su paso por Murdstone y Grims, el maltrato y la humillación, así como la indefensión, todo ello aunado a su huida a Dover y el deterioro progresivo durante su caminata, no encajan con la imagen de sí mismo, con la forma en que debe ser visto. Copperfield no puede ser el niño vejado, tiene que mostrarse como el alumno de alcurnia. En casa de Heep reaparece la peor vivencia de indefensión de Copperfield. Un indicador más de la necesidad de no involucrarse personalmente con él ni exponerse a un contexto cuya alarma está encerrada en la asociación de las dos escenas.

 

Contiendas de las visiones de mundo

La trama continúa sin que haya mayor participación de Urias Heep que sea digna de mención, salvo el breve instante en que Inés, hija del señor Wickfield y quien llegara a tener una muy estrecha relación con Copperfield, pasados ya varios años, le comenta su preocupación por la condición de su padre y su creciente dependencia hacia Urias Heep. Posteriormente, llega a evidenciarse la influencia que ha llegado a tener Heep en el señor Wickfield y la consecuente preocupación de su hija por esta circunstancia. La reacción de Copperfield al enterarse es notoria:

...Después me preguntó si había vuelto a ver a Urias.

- No – repuse -. ¿Está en Londres?

- Sí; vino una semana antes que yo – dijo Inés -, y todos los días viene a la oficina del señor Waterbrook. Temo que su venida sea perjudicial para nosotros.

- Dejó su labor, se cruzó de brazos, y mirándome con sus hermosos y soñadores ojos, añadió:

- Creo que va a asociarse con papá.

- ¿Quién? ¿Urias? ¿Ese gusano ha logrado tener tal ascendiente sin que tú te hayas opuesto, Inés? – Exclamé indignado -. Tienes que impedir esa locura mientras sea tiempo... (Dickens, 1999, p. 228).

Copperfield se adelanta a los acontecimientos con determinación. Lo que hasta ahora habían sido sensaciones, pasa ahora a consolidar opiniones: Heep es un “gusano hipócrita” que no pertenece ahí. La intuición que le ha orientado hasta este momento sobre las cualidades de Heep, le ordena ahora las reacciones apropiadas. No se guía por el augurio expresado en el primer encuentro, sino por la percepción que desde entonces se perfilaba. A renglón seguido, el diálogo se refiere a las posibles intrigas de Heep para dominar al señor Wickfield, haciéndose indispensable para él y controlando la situación a su antojo. La preocupación de Inés es complementada por la opinión adversa que la figura de Heep le merece a Copperfield.

La imagen de Inés, vulnerable e indefensa frente a Heep, moviliza la indignación de David, quien aporta su enojo. El ánimo de Copperfield señala la indispensable distinción de los espacios sociales que Heep amenaza eliminar.

Invitados a una fiesta por parte de una cliente del señor Wickfield, el siguiente encuentro entre Heep y Copperfield es inesperado, resaltando la actitud de Heep de no querer separarse de Copperfield e Inés ni por un instante. Al final de la fiesta, Heep acompaña a Copperfield a casa y la escena discurre sobre los cambios en la fortuna de Heep y los infortunios de Wickfield:

- ¡Qué buen profeta fuisteis! ¿Recordáis haberme dicho en cierta ocasión que llegaría a ser socio del señor Wickfield? Una persona humilde como yo aprecia siempre esas ideas en lo que valen.

- Recuerdo que dijimos algo de eso, pero no sé cuándo ni cómo.

- ¿Quién había de pensar otra cosa, señor Copperfield? Las personas más humildes llegan a ser en muchas ocasiones instrumentos para el bien, y yo me alegro mucho de hallarme en ese caso respecto del señor Wickfield. ¡Qué hombre tan bueno! ¡Lástima que haya sido tan imprudente!

- Siento mucho oíros eso – exclamé.

- Lo ha sido, señor Copperfield; imprudente en todo, incluso su conducta respecto de la señorita Inés Dickens, 1999, p.230).

Heep intenta ampararse en el augurio de Copperfield. Su progreso debe ser calificado por el código regente en Copperfield, quien actúa indiferente. De inmediato, la cualidad en Heep significa el deterioro para Wickfield, no hay avance de Heep sin perjuicio para alguien. Complemento a su actual situación, es la referencia a Inés:

- Es que precisamente estriba en eso la confidencia que voy a haceros señor Copperfield. Humilde como soy y he sido siempre, humilde como es mi familia, la imagen de la señorita Inés ha estado siempre en mi corazón desde hace muchos años y en él continúa, sin que podáis comprender el efecto que me inspira todo cuanto se refiere a ella.

- Creo que se me ocurrió la loca idea de poner al rojo el tizonero y traspasarle con él, pero el recuerdo de Inés debió de contenerme y pregunté si ella sabía sus sentimientos.

- No, señor Copperfield. Nadie lo sabe, excepto vos; cuando tenga la seguridad de ser útil a su padre, creo que siendo tan cariñosa, empezará a apreciarme.

- En un momento comprendí todo el plan de aquel redomado bribón y vi clara la idea que le guiaba al elegirme por confidente.

- Si tenéis la amabilidad de guardar mi secreto, señor Copperfield, y no poneros en contra mía, lo consideraré como un favor particular. Sé que apreciáis mucho al señor Wickfield y no querréis que haya rozamiento alguno; por eso os lo digo; tal vez ignorándolo os pondríais en contra mía y me perjudicarías en el ánimo de mi Inés. No os extrañe que la llame mía, porque espero que no tardará mucho en serlo.

- ¡Querida Inés! ¡Tan amante, tan buena! Ella, de quien no sabía que fuese digno ser alguno entre los que nos rodeaban, ¿estaría reservada para ser esposa de aquel miserable?

- Inés es muy joven – continuó -, y mi madre y yo hemos de trabajar mucho antes de que nuestra posición esté en relación con la suya. Habrá, pues, tiempo de sobra para influir en su ánimo. Espero que vos, señor Copperfield, no os pongáis en contra nuestra (Dickens, 1999, p.230).

En efecto, el “plan” de Heep compromete diferentes dimensiones. Y al menos tres significados por incorporar: el augurio de Copperfield, la sociedad con Wickfield y, finalmente, el amor de Inés. Tres momentos que lo liberarían del mandato de la humildad. Tres espacios sociales que lo excluyen. Es empinado el ascenso social.

Culminando la velada, conviene en pernoctar en casa de Copperfield, a quien entonces atormentan las pesadillas.

Nunca olvidaré aquella noche ni desaparecerán de mi mente las vueltas y revueltas que di en mi lecho pensando en Inés y en aquella vil criatura que dormía cerca de mí; lo mucho que medité sobre lo que debía hacer y decir, llegando a la conclusión de que lo mejor era no hacer nada y guardarme para mí cuanto había oído.

Si me dormía unos segundos, la imagen de Inés con sus benévolas miradas y la de su padre mirándola a su vez con acendrada ternura, aparecían ante mí implorando algo e inspirándome un vago terror. Cuando despertaba, la idea de que Urias dormía en el cuarto adyacente se apoderaba de mí como una pesadilla, oprimiéndome como una plancha de plomo, como si tuviera en mi casa una especie de diablo.

Dormido y despierto vi en mi mente al tizonero enrojecido, creyendo de tal modo que había hecho uso de él, que corrí al gabinete para tranquilizarme.

Allí estaba Urias con las piernas fuera de los almohadones, boca arriba, roncando de un modo infernal. Su imagen era en realidad mucha más fea de cómo la había visto en mis sueños, y me atraía de tal modo, que fui repetidas veces a verla.

Aquella larga noche parecía no terminar nunca, y pasó mucho tiempo antes que la aurora difundiera sus resplandores por la bóveda azul. Cuando, muy temprano aún, le vi bajar por la escalera, porque por fortuna no quiso almorzar conmigo, me pareció que la noche se iba con él y que el sol brillaba mucho más en su ausencia.

Cuando salí para ir a la oficina encargué a la señora Crupp que me dejara las ventanas abiertas a fin de que el gabinete pudiera ventilarse y desaparecieran de allí cuantos miasmas pudieran haber quedado de su persona (Dickens, 1999, p. 230 ).

El conjunto de la escena da relieve a rasgos característicos de la interacción entre Copperfield y Heep. En parte, porque completa uno de los primeros encuentros. Heep requiere constantemente de Copperfield, apenas le ve, se pegotea con él. Necesita conocer sus opiniones, indagar en sus sentimientos y expectativas, detectar cuáles son sus movimientos siguientes, hasta compartir íntimas aspiraciones sobre Inés. Incluso, Urias le otorga el mérito de ser el gestor de su destino. La génesis de sus aspiraciones es disfrazada en la profecía de Copperfield para distraer la atención sobre su propio plan, así sus anhelos no aparecen como originados en quien intenta ascender socialmente, sino en el reconocimiento de quien representa los atributos buscados. Apareciendo Copperfield como el autor de la inspiración de Heep, el deseo hacia Inés deriva como consecuencia admisible, así gana terreno instrumentando a su favor los valores ajenos. Con ese propósito le acompaña a su casa, se hace invitar al café y a pasar la noche. Heep pasa a ser un invasor de intimidades. Por el contrario, los sentimientos de rechazo y desagrado de Copperfield hacia Heep ganan cada vez más en intensidad y ahora el recuerdo sobre su premonición hacia Heep debe ser envuelto en una memoria difusa. El trato de Copperfield es distante pero gentil, aunque al relatar sus pensamientos y sentimientos, ellos sean totalmente adversos, pues él no debe perder su compostura ni su posición. Heep va apareciendo como hipócrita y manipulador, además satanizado. Las figuras suplicantes de Inés y su padre se le aparecen y le producen un vago temor. La insistencia de Heep por involucrar a Copperfield, su tosquedad y la confesión de su pasión por Inés le convierten en la peor pesadilla para Copperfield. El contraste entre los modales de Copperfield y la descripción de sus sensaciones deja atisbar la contradicción en que lo involucran los ardides de Heep. Urias logra que David permanezca en estado de desequilibrio. La actitud y las intenciones de Heep son inquietantes para Copperfield, fuente de temor y zozobra, le quitan el sueño o le provocan pesadillas en las que se ve exterminando a Urias. Heep debería ser eliminado, la imagen del tizonero atravesándole se le impone a Copperfield al extremo de no estar seguro de haberse contenido. Heep representa para Copperfield lo siniestro: es más feo en persona que en la pesadilla. Al mismo tiempo, no puede deshacerse de él ni tampoco llega a establecer una clara reacción frente a lo que ha conocido y observado sobre aquel, sino que decide no hacer nada. Convertido en un ser diabólico, Heep desaparece en la mañana como se esfuma un mal sueño. El impacto de la estrategia de Heep no se da en el reconocimiento anhelado, solo logra filtrarse hacia planos en los que emerja la indefensión de su oponente, para evadir el cerco de la exclusión, a partir de los conflictos morales con sus propios valores, sujeto a sus modales, Copperfield no se deshace de Heep pese a todo y sufre en su fuero interno las consecuencias del control que se impone a sí mismo. Por ello, Heep, en lugar de conquistar las dimensiones anheladas, provoca un cataclismo emocional en su oponente. Aunque Copperfield no logra esquivarlo, lo excluye simbólicamente al satanizarlo. El control de los modales señala el camino de la reacción apropiada: no una confrontación abierta, sino incubar la animadversión hacia el personaje. Lo mira una y otra vez, en un círculo entre el disgusto que le inspira y la duda sobre la contención de sus impulsos. Hay que atacarlo, es el mensaje, pero de una manera controlada. La figura de Heep influye sobre el ánimo y no sobre la razón, y desde ahí mismo se instaura el rechazo. El prejuicio tiene una profunda raíz emocional de oportuna utilidad.

Copperfield es para Heep un referente obligado, un puente inevitable hacia la realización de sus aspiraciones. Asimismo, la figura de Inés en su diálogo siempre sugiere tensión. Es importante insistir en que la reacción de repudio de Copperfield hacia Heep se intensifica sobre todo cuando se entera de sus intenciones de conquistar a Inés, de quien Copperfield insiste que no hay ser digno de ella sobre la tierra. Heep le atribuye su génesis a Copperfield, quien ahora las encuentra más fuera de lugar que nunca. Al distanciar a Inés, Urias aparece ahora claramente como un advenedizo, mientras que David es un amigo íntimo de la familia y, sobre todo, de Inés. Copperfield ha conquistado, por méritos naturales, aquello que Heep se esfuerza por lograr y para lo cual no aparenta tener cualidad ninguna.

El conflicto parece emerger porque subordinaciones prefijadas empiezan a salirse de su lugar. Heep amenaza el orden al intentar abandonar el lugar asignado. Sin embargo, el aferramiento de Heep a Copperfield denota una dependencia hacia atributos sociales representados por David y a los que aspira Urias. La estrategia de Heep padece de la debilidad de no tener integradas las cualidades que él mismo distingue en los modelos que ambiciona y así parece movido por la envidia o por la necesidad de controlar a aquel frente a quien se siente vulnerable. En este momento, para Copperfield no hay desatino mayor que las intenciones de Heep hacia Inés, este pensamiento se convierte en obsesión, tal y como lo expresa días después, cuando Inés parte de regreso a Canterbury:

...La idea de que, habiendo consentido por amor a su padre que se asociara con Urias, podía por la misma causa sacrificarse, casándose con él, no se apartaba de mi mente (...) La idea de que llegaría a ser esposa de Urias se apoderó de mí de tal modo, que constituyó parte integrante de mi ser... (Dickens, 1999, p. 234).

Aunque todavía no aspira al amor de Inés, Copperfield se deja guiar por los celos, lo cual le permite ser el vocero del orden y el baluarte de las preocupaciones ante las amenazas de contrariarlo. Presta su voz a la indignación y con ello logra el argumento para deshacerse de Heep. En él cobran vida y toman forma las preocupaciones que han de ser establecidas como auténticas y legítimas. Se trata de celos, pero de una cualidad tal que sustentan la necesaria discriminación social de los personajes y la admisión o no de sus anhelos. Al final de la novela, Copperfield ha de casarse con ella, descubriendo el amor secreto que aquella guardaba por él y el suyo propio, latente durante muchos años.

La conquista de Inés, idealizada por Copperfield, se convierte en el campo de lo inadmisible e inaceptable para Copperfield, adonde definitivamente no puede estar Heep. La sola idea lo invade sin poder deshacerse de ella, es un tormento mayor que el control progresivo de Heep sobre la oficina y la vida personal y familiar de Wickfield. La figura femenina de Inés adquiere un simbolismo que refleja diversos aspectos de la interacción entre Heep y Copperfield. Para Copperfield, Heep no puede aspirar a alguien a quien él mismo le ha atribuido tal idealización, al punto de que no existe nadie que sea digno de ella (salvo él mismo al final de la novela). La idealización de Inés, a quien nadie puede acercarse, facilita, por tanto, otro de los momentos apoteósicos de la novela, cuando Copperfield descubre el amor que ella ha reservado para él. En última instancia, quien podrá ocupar el lugar al lado de Wickfield, por mediación del amor de Inés, es, de todas formas, Copperfield y no Heep. Pero por ahora, Heep es absolutamente indigno, ni siquiera puede intentarlo. Inés debe permanecer inaccesible, sobre todo para Heep. De lo contrario, ello significaría el sacrificio de Inés. Heep al lado de Inés significaría desvirtuar la idealización que ella representa en esa esfera social. Por su parte, Heep considera la conquista de Inés, como la culminación de planes de superación personal frente a Copperfield. Por tanto, Inés debe permanecer como la representante del campo inaccesible para Urias, adonde ninguna de sus rebeldes intrigas pueda penetrar, ni ningún esfuerzo le permitirá conquistar. Copperfield siempre ha de encontrar la clave de su satisfacción personal en su fuero interno. Heep, en cambio, depende de logros que ubica en su entorno y han de calificarle desde fuera, lo cual será, a su vez, la causa de su fracaso.

Mientras tanto, Heep va apareciendo como un maligno invasor en la vida de gentes buenas, representada, sobre todo, en la inocencia y pureza de Inés. Aspirando a apropiarse del espacio social representado por Inés, Heep logra instaurarse en la mente de Copperfield como un pensamiento negativo e inefable, mostrando la amenaza que constituyen sus deseos. El mínimo logro atribuible a Heep es la manipulación de la estabilidad emocional de su rival, pírrico, pues a su vez es condena al destierro del espacio simbólico anhelado.

 

Del mundo paradójico al orden convencional

La novela deja pasar el tiempo entre los eventos relacionados con el ardid de Urias Heep y la consecuente intervención de David Copperfield. Son breves menciones que van actualizando los lentos pero progresivos avances de Heep en su plan. Ahora vive con su madre en la Casa Wickfield adonde han ido tomando posesión de diferentes aposentos, interfieren en la relación de Inés con su padre y vigilan a la hija a cal y canto. Inés, agobiada por la situación, comprende, sin embargo, la actitud de la madre de Urias, pues considera que para ella, él es un buen hijo. Asimismo, se empieza a hablar de las pérdidas pecuniarias sufridas por Wickfield y algunos de sus clientes, entre ellos la tía de Copperfield, la señorita Trotwood, quien se ve impelida incluso a mudarse a la pequeña morada de su sobrino. Las apariciones subsiguientes de Wickfield han de darse siempre en compañía de Heep, mostrando la nefasta influencia que ejerce sobre su patrón, quien presenta una actitud pusilánime ante todo esto. Durante una visita de Copperfield a Inés, hacen su aparición. La opinión de David no se deja esperar:

Si hubiese visto a un mono gobernando a un hombre no me habría parecido más degradante el espectáculo (Dickens, 1999, p. 309).

La imagen es más que sugerente: la naturaleza salvaje se impone a la civilización. El distinguido abogado no sabe llevar su propia vida. Desde Heep emerge un mundo paradójico. Wickfield corporeiza los temores sobre las consecuencias de un posible éxito en un plan como el de Heep. Las pesadillas de Copperfield vivifican en Wickfield.

El núcleo de la conversación que se genera consiste en la ruina de la señorita Trotwood. Heep, insinuante, lamenta la difícil situación en que ello pone a Copperfield. La extravagancia de Heep llega incluso a ser objeto de la ira de la tía:

¿Qué diablos tiene este hombre? – dijo - ¡Si parece estar galvanizado! (Dickens, 1999, p. 310).

Todos los modales y actitudes de Heep están fuera de lugar, siempre es inadecuado. Chocante e inoportuno, solo atrae la animadversión de todos. Las circunstancias motivan un llamativo duelo verbal:

Sé perfectamente que la señorita Trotwood, aunque es una excelente señora, tiene el genio fuerte, y no es de extrañar que las presentes circunstancias hayan desarrollado en ella tal cualidad; lo raro es que no se le haya agriado más... (Dickens, 1999, p. 310).

La habilidad de Heep es saber defenderse atacando, ubicando la debilidad en el otro, minando las cualidades que sujetan al individuo a su rango y posición. Por otra parte, las gesticulaciones de Heep y, en general, su manejo corporal, destacados como grotescos en las diferentes escenas, muestran cómo la indispensable disciplina que debe instaurarse en el cuerpo como parte de la asunción de papeles sociales como los por él anhelados, está ausente de su comportamiento y, por tanto, lo hace aparecer como extraño, pues es como si desde sus gestos se mostrara la rebelión que ocultan sus actos y la inadecuación de su aspiraciones.

Es un momento caracterizado por las tensiones resultantes de la situación de bancarota de la señorita Trotwood y su sobrino, la secreta causa relacionada con las manipulaciones hechas por Heep en la Casa Wickfield, el desagrado hacia las circunstancias dadas por la dominio de Heep y la pusilanimidad de Wickfield, así como la imposibilidad de poder intervenir en su curso, representada sobre todo por la figura conciliadora de Inés. Copperfield, en medio de todo esto, ve amenazada su condición económica y requiere de acciones inmediatas para solventar la situación.

Se trata del momento en que Urias ha logrado empezar a corromper el sistema que le ha acogido. Uno de sus propósitos empieza a evidenciarse, se trata de sustraerle a los demás sus posibilidades, en la medida que aumenta las suyas propias. Heep es un buscón. En Wickfield se muestra el nefasto efecto que aparece también reflejado en la percepción de Copperfield, una irrupción en el ánimo y la voluntad, pone al otro al servicio de los intereses de Heep. Ese es el fantasma que amenaza a Copperfield y lo impele a actuar contra Heep.

El siguiente encuentro lo facilita la visita de Copperfield a Inés, interferida constantemente por el férreo control de la madre de Urias. Inés apenas si puede, a duras penas, compartirle sus inquietudes y preocupaciones sobre su padre. Copperfield, por su parte, es bien aconsejado en asuntos de amor por su fiel amiga. Cansado de la vigilancia, David decide dar un paseo en la noche, Urias se le une:

...volví la cabeza y a pesar del polvo conocí el paso tardo y pesado y el desagradable traje del que se acercaba; me detuve, y poco después Urias Heep estaba a mi lado.

- ¡Qué aprisa andáis! – me dijo ; mis piernas son largas, pero bien las habéis hecho trabajar.

- ¿Adónde vais? – le pregunté.

- Con vos, señor Copperfield, si queréis concederme ese placer. – Y al decir estas palabras dio un salto que lo mismo podía haber sido amistoso que irrisorio, y echó a andar al mismo paso que yo.

- ¡Urias! – dije después de andar unos pasos en silencio.

- ¡Señor Copperfield!

- Si queréis que os diga la verdad, esperando que no os ofenderéis por ella, salí a pasear solo porque estoy cansado de tanta compañía.

- Me miró de reojo y después con un gesto feísimo dijo:

- ¿Os referís a mi madre?

- Sí; ¿por qué no he de decirlo?; a ella misma.

- ¡Ah! – repuso -. Sabéis bien cuán humildes somos, como tenemos conocimiento exacto de esa humildad, es preciso tener cuidado de que no nos aplasten. En amor todas las estratagemas son legales, caballero.

- Levantando sus grandes manazas hasta tocarse la barbilla, se la rascó suavemente y cloqueó; nunca he visto un ser humano que más se asemejara al mono.

- Como comprenderéis – continuó en el mismo tono desagradable meneando la cabeza -, sois un rival peligroso, señor Copperfield; lo fuisteis siempre y no creo que lo ignoréis.

- ¿Espiáis a la señorita Wickfield convirtiendo su casa en infierno, sólo por mí?

- Eso es muy crudo, señor Copperfield.

- Exponed la idea del modo que creáis conveniente, Urias; de sobra sabéis lo que quiero deciros.

- No, no; yo no podría.

- ¿Suponéis que considero a la señorita Wickfield de otro modo que como una hermana querida? – pregunté conteniéndome para no reñir con Urias.

- Como comprenderéis bien, no estoy obligado a responder a esa pregunta, señor Copperfield. Vos podéis hacerlo o no, según os convenga.

- Nunca he visto nada que iguale a la servil astucia exteriorizada en aquellos ojos sin expresión, en los cuales no se veía el más leve rastro de pestañas (Dickens, 1999, p.348).

Copperfield no avanza mucho en su paseo lejos de la influencia de Heep y su madre. La astucia de Heep ha forzado la confidencia de Copperfield sobre sus sentimientos hacia Inés, quien aparece ahora como disputa sobre la legitimidad de las aspiraciones. Conforme más claro formula su rivalidad y sus deseos, más grotesco resulta Heep. La rivalidad con Copperfield y la posible exclusión de Heep por su humilde condición forman un amalgama: ser excluido por el “rival peligroso” es un temor derivado de los atributos adjudicados per se a la figura de Copperfield; a la conquista amorosa se le extrapola la pugna por el lugar social. Aclarado de parte de Copperfield el hecho de que sus sentimientos hacia Inés son filiales y no amorosos, reposta Heep con sus sutiles señalamientos y tratos, que provocan siempre la sensación de extrañeza en su interlocutor:

- ¡Qué lástima que no tuvieras confianza conmigo a su debido tiempo! Os di ocasión para ello, pero no correspondisteis como yo deseaba. Nunca me habéis apreciado como yo a vos.

- Mientras hablaba oprimía mi mano entre sus húmedos y escurridizos dedos, sin poder desprenderme de él cuando hacía todos los esfuerzos imaginables para conseguirlo. Sin soltarme pasó mi mano bajo la manga de su negruzca casaca y, quieras o no, me llevó de su brazo casi a remolque.

- ¿Queréis que nos volvamos? – díjome poco después haciéndome dar la vuelta y colocándome frente a la gran ciudad, donde la luna, brillante ya, plateaba con sus argentinos rayos las lejanas ventanas.

- - Antes de dejar a un lado el asunto es preciso que entendías – dije yo rompiendo un silencio bastante largo – que, según mi parecer, Inés Wickfield está por encima de vos y tan lejos de todas vuestras aspiraciones como esa luna que brilla a lo lejos.

- Y es tan placentera y pacífica como ella, ¿verdad? – agregó Urias -. Vamos, confesad que no me apreciáis como yo a vos, señor Copperfield,; siempre me habéis considerado demasiado humilde, y no me extraña.

- No soy aficionado a las confesiones de humildad – repuse - ni a confesiones de ninguna otra clase (Dickens, 1999, p.348).

El esfuerzo de Heep es evidenciar la animadversión de Copperfield hacia él, se le prende, lo envuelve y le hace regresar hacia todo aquello con lo que evitaba una confrontación. La ciudad y la luna refractan el tema en debate. Aún así, Copperfield no admite el desagradado por su chocante figura, sino que pone a Inés “por encima y muy lejos”. No es corpórea ni terrenal, no se inscribe en la imagen de la ciudad dormida. Imposible alcanzarla con solo el deseo. Entonces, los sueños de Heep se homologan a su figura y su actitud, desteñidos todos. El prejuicio no se verbaliza como la inferioridad de Heep, sino como la desproporción de su anhelo. Heep surge grotesco bajo la luz de la representante del imposible objeto de sus deseos:

- Veamos – continuó Urias, cuyo rostro adquirió un tono lánguido y plomizo, tal vez a causa de los reflejos de la luna -, os preocupáis muy poco de que la humildad de una persona de mi clase sea más o menos lógica. Mi padre y yo recibimos educación en una escuela de caridad fundada para niños pobres, y mi madre acudió a otro establecimiento semejante donde nos enseñaban humildad, mucha humildad, con preferencia a las demás enseñanzas, desde la mañana a la noche. Teníamos que ser humildes con tal persona y con tal otra, quitarnos la gorra aquí, hacer saludos allí, y saber perfectamente cuál era nuestro puesto ente los mayores. ¡Y eran tantos los superiores a nosotros! Mi padre obtuvo el premio de humildad, y yo después merecí otro semejante. La humildad hizo que mi padre fuera sepulturero; tenía fama de saber conducirse siempre bien, y decidieron ayudarle para que saliera adelante. “Sé siempre humilde, Urias, y saldrás adelante – me decía -; eso es lo que nos han enseñado y es lo que nos conviene. Sé humilde y saldrás adelante”, y en realidad creo que no voy mal (Dickens, 1999, p.348).

El mito de la humildad conoce ahora sus predecesores en la biografía e historia familiar, rituales que obligan a la subordinación. El relato sugiere la vivencia de la humillación por la anulación de toda expectativa individual que riña con la circunscripción al lugar subordinado. Heep intenta reconstruir la historia a pedazos e interpretarla a su favor, no como resignación, sino como recurso y proyecto. El premio a la humildad es una parodia por revertir. En Copperfield no pesa tanto este aspecto, como el de la amenaza que representa:

Era la primera vez que acudía a mi mente la idea de que aquella falsa humildad pudiera haberse originado en otra fuente que no fuera el seno de la familia Heep. Había visto la cosecha, pero no sabía de dónde había salido la simiente.

- Siendo niño- continuó Urias -, supe perfectamente en qué consistía la humildad y me aficioné a ella. Comí la torta de la humildad con gran apetito; cuando me afrecisteis enseñarme latín, supe lo que debía hacer. La gente procurará siempre tenerte debajo – decía también mi padre -; no intentes ponerte encima. Hasta ahora he sido bastante humilde, señor Copperfield, pero ya voy teniendo cierto poder.

Viendo la expresión de su rostro a los reflejos de la luna, comprendí que estaba resuelto a hacer uso de aquel poder recompensándose así de su prolongada humildad. Nunca había dudado de su bajeza y servilismo ni de su astucia y malicia, pero entonces comprendí por primera vez el espíritu bajo, grosero, vengativo y rencoroso que debió engendrar en él aquella represión tan temprana y prolongada (Dickens, 1999, p. 348).

La explicación sobre el origen de la malicia de Heep en acontecimientos que van más allá de individuo y familia, muestra el eje de la capacidad analítica de Copperfiel, no la comprensión, más bien su suposición sobre las cualidades de Heep.

En todo caso, se evidencia que la trama montada por Heep es para mantener a Copperfield a coto, para anular su posible rivalidad, para desactivar actitudes y acciones que operan a partir de identificarle como el humilde. Heep parece no solo ser víctima del resentimiento social, sino además estar en pugna con el mandato sobre la humildad, de espectro social pero verba de su fallecido padre. La motivación de la búsqueda personal de Heep aparece ahora claramente relacionada con su biografía de desventaja social, con la disminución que ello ha acarreado a la figura de su padre y, por tanto, con el empobrecimiento de los potenciales de identificación. Asimismo, se vislumbra una suerte de pacto entre Urias y su madre para compensar los desagravios. Aunque intenten mantenerle debajo, Heep se rebela al mensaje del padre, procura ponerse encima y con ello desquiciar mecanismos operadores del ordenamiento en la jerarquía social, los cuales parece haber identificado otrora en el ofrecimiento de Copperfield de enseñarle latín, quién aparece así como vocero de los mensajes estructurados para dominar. De todo aquello se ha formulado un plan que va fraguándose paso a paso en la vida de Heep. El otrora sometido, es ahora el vigilante, el perseguidor. Íntimamente, abandona el mandato de humildad incubando secretas aspiraciones, pero estratégicamente mantiene vigente el discurso ahuecado. La imagen de la madre es soporte de tales aspiraciones. La omnipotente aspiración parece emerger de la secreta alianza con la madre, vista por Inés como el legítimo sentimiento de orgullo hacia su hijo. En el orgullo de su madre se fragua la aspiración rebelde de Urias Heep.

Sin embargo, Copperfield parece descubrir el Talón de Aquiles de Heep. No solo está luchando por ascender, sino por aniquilar a los demás, por repudiar las enseñanzas de humildad impartidas a su padre y a él mismo, por una revancha de la herida simbólica resultante de humillaciones vividas por su padre, su madre y él mismo, rencor convertido en su propia trampa, pues identifica al adversario a partir de la envidia y el recelo, reaccionando desde la inseguridad subyacente a su posición. La alegría de Urias le hace aparecer cloqueando al declarar su amor a Inés, transmutado bajo la luz de la luna, como el mono grotesco que solo sabe rascarse la barba, mostrando su impropiedad en ese contexto. Aunque Copperfield no aparezca como rival romántico ante Inés, sí lo es en el plano social, como lo pone de relieve la íntima amistad que une a Copperfield e Inés. Pero -se lo dice David– el objeto de las aspiraciones de Heep permanece tan inalcanzable como la luna y ella refracta la distancia, haciéndolo aparecer en toda la ordinariez de una aspiración que solo puede verse como perversa y salvaje. Copperfield persiste en la distancia con Inés, aunque, con hábil golpe de timón, Heep convierte el debate sobre Inés en un asunto de opinión y no de posición. En cambio, Urias sabe cómo volver al lugar de sus aspiraciones recurriendo a la idealización de Inés y tomando en su literalidad la patraña del esfuerzo desde la humildad. Entonces, la rivalidad no emerge en el plano social, sino en el romántico. Heep apela a los valores, a la estética y a los hábitos del mundo al que aspira para instaurarse en el razonamiento de quienes considera sus opositores. Hay un desplazamiento del conflicto del plano social al romántico. Es así que Inés representa el campo de batalla. Se silencia el debate sobre las posiciones.

En el siguiente encuentro entre los dos personajes, el diálogo revela un poco más sobre la naturaleza de las motivaciones de Heep y destaca de nuevo rasgos distintivos de Copperfield. Inés y su padre llegan de visita, escoltados por la madre de Heep, Urias no tarda en aparecer. La escena gira de nuevo en torno a Inés. Luego de que Urias le comparte sus celos y su desconfianza hacia otro de los personajes, Maldon, debido a la posible interferencia que pueda generar entre él y sus intenciones hacia Inés, se prosigue así:

...Dejó de rascarse la barba y se chupó las mejillas, hasta que dejó ver en ellas sendos huecos, sin dejar de mirarme de soslayo un instante siquiera.

- Ella es una de nuestras hermosas mujeres, y no está dispuesta a ser amiga de un ser como yo; lo sé muy bien. Es precisamente la persona capaz de influir en mi Inés para que piense como ella. No soy un favorito entre las mujeres, pero tengo ojos en la cara. Nosotros los humildes somos todo ojos, hablando francamente, y lo vemos todo.

- Procuré aparecer tranquilo e inmutable, pero leí en su rostro que no conseguía mi deseo.

- No voy a dejar que me pisoteen más – agregó levantando la parte del rostro donde debía haber tenido las cejas – y haré todo lo posible para que termine una amistad que no apruebo. No dejaré de confesaros que soy algo rencoroso y no admito intrusos; hago lo posible por mantenerlos a cierta distancia, porque no quiero correr el riesgo de que conspiren contra mí.

- Vos sí que estáis conspirando siempre y engañandoos con la creencia de que los demás hacen lo mismo – repuse yo.

- Tal vez tengáis razón, señor Copperfield, pero tengo un motivo, como suele decir mi socio, y voy a él derecho. No quiero que me pisoteen demasiado por ser humilde; no quiero conceder a nadie el privilegio de atravesarse en mi camino; es preciso que se aparten y me dejen pasar a mí.

- No os entiendo, Urias.

- ¿Qué no entendéis? Me extraña mucho, siendo tan listo como sois, señor Copperfield. Procuraré explicarme con más claridad otra vez, porque ahora ... allí tenéis a Maldon a caballo, llamando a la puerta; ¿no creéis que es él?

- Sí lo parece – repuse con la mayor indiferencia posible.

- Urias se detuvo, desternillándose de risa, de tal modo que parecía un espantapájaros sin soporte pero sin hacer ruido, sin que nadie pudiera advertir su risa. Aquella conducta me molestó tanto, que me separé de él sin ceremonia y le dejé allí (Dickens, 1970, p. 381).

Urias muestra ante Copperfield el trasfondo de sus actitudes, su disposición a conjurar a todos quienes se pongan en su camino, es como si apareciera el otro lado de la moneda de su pregonada humildad. En el fondo, un intenso deseo de dominio, pero también se esboza una gran inseguridad, pues quien aparezca como un peligro potencial, es visualizado como un enemigo por aniquilar que moviliza su agresividad, su resentimiento y su inestabilidad. Copperfield intenta no mostrar su turbación, pero apenas si lo logra, así lo interpreta en el rostro de Urias. Heep logra en Copperfield el estado de ánimo que se ha propuesto provocar. De nuevo, las inquietudes de Heep son motivadas por su deseo hacia Inés y porque lo siente peligrar. En su aspiración hacia Inés parecen resolverse muchas cosas para él; diferentes personajes, socialmente por encima de él, podrían ser alcanzados y superados, de ahí su aprehensión en la escena, expresada en su inquietud por Inés:

Cuando yo era un humilde escribiente, nunca se ocupó de mí; siempre invitaba a mi Inés para que fuera y viniera a su casa y vos, siendo amigo suyo, solíais acompañarla, pero yo estaba muy por debajo de ella para que se fijara en mí...También estaba muy por debajo de él (Maldon, J.S.) (Dickens, 1999, p. 383).

Aquí se refleja la arquitectura de la jerarquía social, los hábitos a que da origen y las concomitantes actitudes internas que la sustentan. Entonces, Inés se convierte en la referencia del cambio de su ubicación social y de su conquista de poder sobre quienes ostentan cualidades o posiciones que lo ponen a él en desventaja y sobre quienes debe actuar su plan de ascenso por intrigas. La anécdota hace referencia al juego de exclusiones e inclusiones sociales. Su persistencia parece sustentarse en la animadversión por considerar siempre la amenaza de ser maltratado por quienes considera superiores en rango social. Pero también se evidencia la fragilidad de su plan, ya que no hay una fortaleza interna, en cualquier momento amenaza con desmoronarse. Al principio y al final de este pasaje, Heep aparece grotescamente descrito por Copperfield, caricaturizado. De nuevo, sus aspiraciones terminan reflejándose sobre él mismo haciéndole aparecer inapropiado. Su risa refleja su plan secreto, la conspiración de su maquiavelismo, pero todo ello solo hace de él un fantoche para Copperfield, la necesaria imagen para descartarlo.

 

La rivalidad como espejo de antagonismos culturales

La confrontación entre David y Urias se va acentuando cada vez más. En un encuentro fortuito, Urias, como parte de su plan de domino y de eliminación de Maldon como rival frente a Inés, trata de destruir al Dr. Strong, antiguo maestro de Copperfield. David llega a tiempo de intervenir, pero el montaje de Heep es tan magistral que incluso introduce en la discusión declaraciones hechas por Copperfield sobre su antiguo maestro, distorsionándolas lo suficiente como para que se presten a sus propósitos. Aunque durante la conversación Copperfield no puede salirse del embrollo en que ha sido metido, posteriormente encara a Heep:

- ¡Villano! . exclamé -, ¿qué os proponéis metiéndome en este plan ruin y miserable? ¿Cómo os atrevéis a apelar a mí, canalla, bribón, como si hubiéramos discutido jamás el asunto?

- De pie, frente a frente, vi en la exaltación de su rostro lo que sabía demasiado bien. Había obrado de aquel modo solo por molestarme, metiéndome en el asunto porque sabía que yo no podía soportarlo. Vi ante mí sus huecas mejillas invitándome, y le abofeteé con tal fuerza, que me dolían los dedos como si me los hubiera quemado.

- Me cogió la mano y permanecimos mirándonos mutuamente tanto tiempo, que pude ver cómo las blanquecinas marcas de mis dedos iban enrojeciéndose, hasta aparecer amoratadas.

- Copperfield – dijo al fin casi sin aliento -; ¿habéis perdido el sentido?

- Lo tengo más vivo que nunca, pero no quiero nada con vos – exclamé retirando la mano - ¡Perro, no quiero verte más delante de mí!

- ¿No queréis? – observó apretándose la mejilla para contener el dolor -. Tal vez no podáis evitarlo, y por otra parte, ¿no es una ingratitud tal deseo?

- Os he demostrado muchas veces mi deprecio; ahora os lo demuestro mucho mejor – dije -. ¿Por qué he de temer que hagáis daño a todos los que os rodean? ¿Acaso hacéis nunca otra cosa?

- Urias entendió la alusión, comprendiendo la causa de que mis relaciones con él fueran siempre tirantes, y tengo la seguridad de que, a pesar de todo, ni la alusión ni el bofetón habrían ocurrido a no haberme asegurado Inés lo que asegurara poco antes.

- Hubo otra pausa larga, durante la cual sus ojos fijos en mí, cambiaron sucesivamente de color, adquiriendo todas las tonalidades que podían hacerlos más horribles.

- Siempre estuvisteis en contra mía – añadió -. Cuando siendo niños fuisteis a vivir a casa de Wickfield, ya me aborrecíais.

- Podéis pensar como gustéis repuse -; si no es verdad, tanto peor para vos.

- Yo os aprecié siempre, Copperfield.

- No me digné responderle, tomé el sombrero e intenté salir, pero Urias se interpuso diciendo:

- Si uno no quiere, dos no riñen, Copperfield, y en este caso no quiero yo.

- - ¡Idos al diablo! – exclamé.

- ¿Podéis haceros inferior a mí empleando ese lenguaje? Os pesará, Copperfield, aunque os perdono.

- ¿Que me perdonáis? – contesté con desdén.

- Sí, y no podéis evitarlo, soy vuestro amigo a pesar de vos mismo, y no debéis esperar otra cosa por mucho que me ataquéis.

- La necesidad de hablar a media voz a fin de que no despertaran asustados los moradores de la casa no era suficiente para calmarme, pero me tranquilicé poco a poco, y diciéndole que sólo esperaba de él lo que había esperado siempre sin verme chasqueado abrí de golpe la puerta sin preocuparme de él, como si hubiera sido una inmensa nuez que pudiera cascarse; salí del despacho, abandonando la casa, pero como él también dormía fuera, con su madre, antes de haber dado muchos pasos le vi a mi lado.

- Ya sabéis, Copperfield – me dijo al oído -, que estáis en una posición falsa – era verdad, cosa que me molestaba más aún -; podéis alabaros de lo que habéis hecho y tenéis que aceptar mi perdón. Ni a mi madre ni a otro ser viviente diré una palabra del caso, aunque a decir verdad me admira que hayáis levantado la mano a una persona que sabéis de sobre cuán humilde es.

- Me conocía mucho mejor que yo mismo y sabía de sobra que me había de reprochar mi conducta.

- Si me hubiera ofendido habría sido un consuelo y una justificación de mi conducta, pero había obrado con su acostumbrada astucia, y mi conciencia me atormentó durante la noche (Dickens, 1999 p. 391).

La rivalidad, pero sobre todo la distinción de lugares, sale a la superficie. Copperfield actúa pero no verbaliza el siempre reservado desprecio hacia Heep. Urias, su rencor por la convicción de que David, desde niños, lo ha despreciado. La mascarada de los buenos modales y de la amistad empeñada se acaba. Lo no hablado se torna acto. La contienda sale del terreno de los refinados modales de Copperfield, hacia el de la rudeza de Heep quien, sin embargo, utiliza las armas morales de Copperfield para atacarlo juzgándolo con sus propios principios, en una parodia de ese mundo representado por él. Heep lleva una ventaja: la evidencia de que la actitud de Copperfield se deriva del prejuicio, desde antes de cualquier actuación de Heep, pues de él no ha recibido sino amistad. Complementariamente a la distinción de posiciones, las actitudes de cada uno muestran cómo entran en juego sistemas de valores distintos que a su vez articulan respuestas, escenarios y estrategias sociales diferentes. Pero las posiciones se han trastocado. A Copperfield la pérdida de la compostura lo pone en condición vulnerable, mientras que el bofetón enseña que Heep no se deja excluir ni por la violencia. La apelación al afecto y al perdón hacia Copperfield, valores en la cosmovisión representada por David, permite a Heep ponerlo en entredicho. Heep puntualiza las contradicciones de la falsedad de los buenos modales, camuflaje de los sentimientos auténticos que no son de ahora sino de siempre. Le demuestra que la violencia no es algo nuevo pero que estaba oculta. El bofetón ocupa ahora el lugar que otrora el silencio. En el perdón se oculta la parodia y por ende la crítica. Hábilmente, Heep rearma la mascarada, la parodia del mundo de embustes y apariencias que lo sojuzga:

Por la mañana, al salir, oí tañer las campanas y vi a Urias paseando con su madre; me habló como si nada hubiese ocurrido, y yo me vi forzado a hacer otro tanto. Llevaba un pañuelo negro en la cara, y supuse que el bofetón le había producido dolor de muelas; así debió ser, en efecto, porque después fue a Londres a sacarse una” (Dickens, 1999, p. 393).

Heep puede replegarse en su estrategia que ha denunciado como no exclusivamente suya, pero que él sabe utilizar a su manera. Copperfield parece quedar indefenso cuando es juzgado con sus propios valores con una severidad mayor a la que emplearía consigo mismo, en la misma intensidad que utiliza para con Heep, cuya “astucia” le refleja los drásticos juicios en juego, a saber, que las opciones y sentimientos auténticos se ocultan tras la fachada conveniente.

A poco de este encuentro, las proporciones de las maniobras de Heep sobre Wickfield van quedando al descubierto y se inicia todo un movimiento para neutralizar sus alcances. Luego de organizado el grupo de amigos para combatir las infamias de Heep, se presenta la escena en la cual han de confrontarlo con todas sus bajezas, forzándolo a retribuir y resarcir a sus víctimas. Al final, vencido, Urias abandona la habitación en la Casa Wickfield, no sin antes interpelar a Copperfield:

Urias, sin levantar la vista del suelo, cruzó la estancia y, antes de salir, deteniéndose en la puerta, me dijo:

- Siempre os he aborrecido, Copperfield, y vos, a pesar de no ser más que un advenedizo, habéis estado siempre en contra mía.

- Vos sois el que siempre estuvisteis en frente de cuantos os rodean, a causa de vuestra avaricia y perversidad – repuse -. En lo futuro recordad que cuantos males se hacen en este mundo recaen inevitablemente sobre el que los practica.

- Habláis con la seriedad de mis antiguos maestros – dijo Urias -; pero sin mi humildad ¿qué habría sido de mí? Estoy seguro de que no habría doblegado a mi socio... (Dickens, 1999, p. 487).

Odio y, además, envidia, emergen como las principales motivaciones de la actitud de Heep hacia Copperfield. El aborrecimiento se ocultaba tras el supuesto afecto; era más astuto buscar la proximidad que la confrontación, más estratégico. En David, en cambio, apelación a principios, indiferencia y desprecio. Copperfield puede asumir la representación de la moral instituida. Según Urias, Copperfield asume el lenguaje de aquellos maestros que en otrora inculcaban la humildad; Copperfield encarna así los fantasmas del pasado de Heep y sus amenazas todavía sin conjurar. Por su parte, la fórmula de la humildad de Heep se evidencia como la principal estrategia para doblegar a los demás, pues él no se apoya en la aceptación de ese mandato, sino en el resentimiento que le ha provocado. Recurriendo al discurso de la humildad, infiltra la destructividad del rencor. La reacción de Heep hacia Copperfield, desde su primer encuentro, pareciera mostrarse ahora determinada por el hecho de que Urias le identifica desde un principio como un representante de aquellos que imponían en él valores conducentes a una actitud subordinada, a una segregación social culminante en el mantenimiento de posiciones de servilismo. La elocución final de Heep razona su negativa a renunciar a las aspiraciones, aceptar el discurso formulado por Copperfield significa perder de antemano sin atreverse a enfrentarlo. Resignarse al destino heredado es y ha sido inaceptable. Hacia este representante se dirige el recelo y se canalizan las fuerzas para apoderarse de un nuevo lugar social. Heep representa una moral basada en la vindicación social, pero movida por el resentimiento social y no por la reflexión, desde la revancha y no desde la crítica. Copperfield, por su parte, conjura al fantasma. No obstante, Heep habla por sí mismo y su experiencia singular, mientras que Copperfield lo hace en nombre de los valores, en un claro y craso contraste de posiciones.

Después de ello, Heep desaparece de la narración. Para reaparecer luego en la cárcel, durante una visita de Copperfield a ese lugar, con un propósito muy distinto. Para su sorpresa y del amigo que le acompaña, Traddles, de pronto surge Heep de una de las celdas. El discurso de Heep, departiendo con los visitantes, se deja condensar así:

- Soy muy humilde, señor ... Ahora veo mis locuras, y por eso me encuentro bien ... pero hay que tener paciencia: mi deber es sufrir. He cometido algunas tonterías, caballeros – añadió mirando a los presentes con una sonrisa hipócrita -, y debo sufrir las consecuencias sin quejarme...Únicamente suplico con toda humildad que se me permita escribir otra vez a mi madre – dijo Urias con expresión servil... Siento tal ansiedad por ella temiendo que no se preocupe de sí misma y no se salve... Del fuego eterno ... me refiero a su alma. Desearía que mi madre se hallara en el mismo estado que yo. Yo no me habría arrepentido si no hubiera venido aquí. Ojalá que mi madre pudiera estar aquí; todo el mundo se regeneraría si pasara por este sitio... Antes de venir aquí ... me preocupaban mucho las pequeñeces del mundo; pero ahora comprendo que son vanidad y locura. Hay muchos pecados fuera de aquí; mi misma madre peca continuamente. Hay pecado en todas partes, excepto aquí...

- ¿Volverías a obrar mal si se os concediera la libertad? – preguntó una voz.

- ¡No, Dios mío, no! (Dickens, 1999, p.542).

Luego, interpelando a Copperfield:

- Me conocisteis mucho antes de que viniera aquí y me arrepintiera, señor Copperfield – dijo Urias dirigiéndose a mí con una expresión más odiosa que cuantas había visto hasta entonces en su rostro -. Me conocisteis cuando a pesar de mis faltas era humilde entre los orgullos y manso entre los soberbios; vos mismo fuisteis soberbio conmigo, señor Copperfield. Recordaréis que en cierta ocasión me abofeteaseis...Pero os perdono, señor Copperfield ... perdono a todo el mundo. Si no fuera sincero, me perjudicaría a mí mismo. Os perdono en todo y de todo, y espero que sepáis dominar vuestra pasiones de aquí en adelante. Espero que el señor W., la señorita W. y toda aquella pandilla se arrepentirán también. Habéis visto mi aflicción, y es de creer que os corrijáis; pero, no obstante, sólo aquí podríais hallar la perfección. El señor y la señorita W. ganarían mucho viniendo aquí. La mejor congratulación que puedo ofreceros a vos y a todos cuantos aprecio es el deseo de veros aquí. Compadezco a todos los que residen afuera (Dickens, 1999, p. 542).

Heep, aun derrotado, vuelve al ataque y saca de la manga la carta del bofetón para devolverlo a Copperfield en público. La amenaza que representa Heep está bajo control, pero virulenta. Copperfield seguirá siendo el representante del sistema adonde se ubica el lugar anhelado y la repudiada barrera social. Heep, de fina ironía, habla disfrazándose en el discurso que se desea escuchar, poniendo el doble sentido en función de sentimientos hacia personajes del escenario de sus ahora inalcanzables aspiraciones. Hábil en el engaño, lo hace una vez más vaciando el significado consensual de las fórmulas convencionales de redención y sustituyéndolo por uno que se presta a su malabarismo del lenguaje. El deseo de que todos estén en la prisión para redimirse, evidencia las motivaciones subyacentes a su actitud hacia los representantes del orden en el que él mismo intentó instaurarse, lográndolo temporalmente, pero sin contar con los atributos para ser incorporado. Las palabras hacia los W. y hacia Copperfield esconden la hostilidad que le provocan, inspirada en el resentimiento, expresando desprecio en lo que aparenta ser rehabilitación, pero sin lograr esconder la envidia, síntesis del deseo y de la reacción hacia el prejuicio que lo mantuvo a coto. El fin pedagógico de la visita a la cárcel, es instrumentado por Heep para sus propios fines. El refinamiento de su parodia consiste en evidenciar que las formas retóricas del lenguaje pueden esconder sentimientos auténticos de otra manera no susceptibles de expresión. Justa contraposición al manejo de Copperfield desde la primera escena.

Por otra parte, Heep no solo deseaba ascender, sino también venganza; todo hace pensar que representa una historia de humillaciones que no doblegó al carácter para hacerlo sumiso y agradecido, sino que provocó una profunda herida narcisista sin vindicación factible, por ello su destrucción es expansiva y en escalada. Ahora también la figura materna coadyuvante de la caída de su fachada al dejarse vencer por los escrúpulos y denunciarlo, se hace acreedora al resentimiento al haber cedido ante el sistema de control. Incluso en la cárcel, logra hacer de su derrota un pequeño triunfo al camuflar su resentimiento en fórmulas convencionales de aceptación del castigo redentor y desquitarse sutilmente, por un instante, de quienes lo han puesto en esa condición, colocándolos, gracias a sus múltiples juegos del lenguaje y en la emulación de un discurso ahuecado, en una situación como la suya: la tan temida humildad, con que también la cárcel redime, a la cual continúa rehusándose en su fuero interno. Dice su propia verdad, imaginándolos a todos encerrados, irrefutable al camuflarla en el propósito redentor de la cárcel. Asume fórmulas convencionales como vehículo de una parodia rebelde pero desvirtuada en el colectivo.

 

Conclusión: la confrontación de las aspiraciones subjetivas y el reflejo de lo societal

Las figuras narrativas de Urias Heep y David Copperfield, en efecto, engarzan antípodas. Llamativo resulta que Heep no pasa directamente de la marginalidad social a la marginalidad jurídica, pues su programa está mediatizado por una meta culturalmente legítima cual es la aspiración profesional. En la búsqueda del logro se entremezcla un impulso de disconformidad, cuyo origen es presentado en una naturaleza perversa, pero que visto con detenimiento se muestra como resultado de un resentimiento que no puede reflejar otra cosa más que la pugna de significados. No obstante, Heep representa un intento de emancipación de instituciones ordenadoras de jerarquías. La estrategia de supervivencia en la adversidad de Heep aprovecha cada fisura del sistema de valores que enfrenta y que pasa a ser representado por Copperfield. Mientras Copperfield refleja un mundo consolidado que define rutas claras y sin obstáculos, que excluye y margina, Heep muestra una vivencia de marginalidad, objeto de disciplina, cuyo control se ejerce desde el mandato del padre, como vocero sumiso del orden. Sumisión que Urias traduce en resentimiento. Sin embargo, la madre lo conforta y así abre una brecha hacia una aspiración formalmente considerada legítima pero en la práctica evidenciada como indeseable. La estrategia empleada ilustra un punto sensible, pues no solo atenta contra la estructura que condena a las posiciones en el entramado social, al sistema de normas y valores, sino sobre todo a las ideaciones culturales que deciden las cualidades de un individuo y que sustentan a aquella estructura predeterminando interacciones posibles. Asimismo, del marco del juicio sobre las acciones de Heep destacan formas de disciplina resultantes en la asunción de papeles instaurados, en la medida en que contribuyen a formar imágenes prefijadas de quién es quien, así como donde puede y debe actuar. Incluso en el lenguaje corporal se instaura un código para identificar los roles asignados, ya que Heep es ridículo y grotesco. Como prolegómenos de este proceso, las figuras paterna y materna asumen valores que se impregnan de la vivencia y representan heridas simbólicas o anhelos narcisistas que condenan al conflicto permanente. El control externo tiene su parangón en rasgos de personalidad.

El sistema de jerarquías se traduce en modelos de subjetividad y a partir de ellos en códigos para valorar y sancionar. La aparición de un personaje como el de Urias Heep es mostrada en la novela como una inquietante molestia que debe ser mantenida a distancia de todas las maneras posibles. La cual es detectada a partir de la intuición de clase, atributo genérico del personaje de David Copperfield, quien lo asume en nombre del estrato ideológico en que se instaura su relato. Aunque el imperativo de excluir a la figura de Heep va cobrando intensidad conforme mayor es su beligerancia, no deja de ser significativo el nivel de aprehensión que provoca, como si se tratase de una alerta permanente que discrimina con claridad al advenedizo. Descendiente de marginados, Urias es retratado como un conspirador, un invasor de espacios sociales ajenos, en los cuales desluce siempre. Durante cada encuentro, es mostrada la influencia de Heep en el ánimo de Copperfield, traducida en la incapacidad para desembarazarse de él, en animadversión y pesadillas. Esta aparente sensación de vulnerabilidad de Copperfield frente a Heep representa la intensidad emotiva de las imágenes que acuden en apoyo de la lucha en contra del extraño, del advenedizo, y que ponen al sujeto en la frecuencia necesaria para evitar cualquier tipo de empatía y, más bien, propiciar el rechazo. La marginalidad social se convierte así en posición subordinada en las interacciones posibles entre actores sociales considerados diferentes. Cuando Copperfield oculta sus verdaderos sentimientos, aparece mostrando buenos modales; cuando lo hace Heep se tipifica como engaño e hipocresía. Por el contrario, quizás es destacable que Heep evidencia desde un inicio estar jugando un papel externamente asignado pero íntimamente repudiado, como estrategia para trascenderlo sin provocar una confrontación abierta. Aunque en su actitud y disconformidad hay una crítica implícita e incluso legítima a la marginalidad, la calificación emotiva de sus atributos personales lo excluyen de toda posibilidad de reconocimiento. Imposibilitado de reflexión crítica sobre la equidad, Heep ataca la ley que parece factible de vencer, la que controla los bienes. Bienes sin imagen se antojan insuficientes y el reconocimiento se busca en el plano romántico, un segundo desplazamiento, quedando a la intemperie en el mundo de los méritos de rango y clase, vulnerable a la discriminación. Su lucha se desvirtúa.

Por su parte, a David Copperfield, de origen burgués, se le depositan atributos que se traducen en convicciones sobre su papel como actor protagonista. Desde un inicio muestra una de las modalidades de entrenar a la intuición e instrumentarla para mantener el orden a saber, la repugnancia hacia Heep. Copperfield termina hablando en nombre de los valores, no de un problema personal. Es así que la percepción emergente desde el primer encuentro logra una legitimación social. Las ambiciones representadas en el personaje de Urias Heep, pero sobre todo sus motivaciones, parecieran ser de una naturaleza tal que provocan una inquietud inaceptable. Urias Heep exhala esa condición, pues habla solo por sí mismo, quedando aislado en su reclamo. El contraste entre Urias y David es de orígenes y destinos, de cualidades solo atribuibles dependiendo de su naturaleza intrínseca, cada una de las cuales propicia la consolidación de una distinta identidad - prototipo, obviando historia y biografía, poniendo de cabeza la naturaleza de los procesos sociales, pues en el enfrentamiento de la adversidad es la cualidad cuasi innata y nada más lo que hace la diferencia. En lugar de un nivel comprensivo de la génesis de posibles conflictos colectivos e individuales, cobra vida una teleología del comportamiento y una ubicación determinista de las posibles acciones, el andamiaje de predicciones sobre destinos de personas según clasificaciones y atributos singulares valorados a priori.

El resentimiento social expelido por la figura de Heep está a la base de su disconformidad; convertido en anhelo de ascenso social para lograr equidad, resulta intolerable para la fina intuición atribuida a Copperfield. Entre las formas posibles de combatirlo está el desvirtuarlo como el deseo ridículo de un ser deforme, fuera de contexto, pero sobre todo, malvado. Instrumentando la percepción que recibe de su opositor, Heep, por el contrario, muestra cómo se combate la marginación manipulando sentimientos y sensaciones; jugando con los temores de su contrincante, al instaurarse en pensamientos y sentimientos, apoderándose de un lugar por la fuerza amenazadora de sus actos. Se explota la porosidad que significa el apego a principios considerados superiores en la figura de Copperfield, se lucha en el terreno y con las armas del opositor, pero con un estilo propio, contrariando la disciplina hasta en las gesticulaciones. Sin embargo, la falla de la estrategia representada en Heep parece consistir en que no está basada en una confrontación con valores sustentantes de las posiciones combatidas, sino en el sabotaje inspirado en el odio. Por ello, su actitud se estiliza en meros actos hostiles que, paradójicamente, condenan a la indefensión pues quedan desfigurados como punitivas osadías individuales. Su estrategia no logra denunciar ordenamientos objetivos dirigidos a modelar al sujeto y que facilitan formas de injusticia. Desde el inicio Heep tiene un destino manifiesto reflejado en su repulsiva y grotesca forma de instaurarse en un espacio social ajeno. Diversas imágenes dan cuenta de su condición fuera de lugar y contribuyen a identificarlo como al extraño. Lo que no se expresa es que Heep es rechazado por su humilde origen y que la exclusión se esconde en las imágenes que lo identifican, incluso en su torpe corporeidad.

Notable resulta, particularmente, el de hecho que las distinciones en los esbozos de subjetividad se perfilan en la niñez o adolescencia de los personajes, como si ya desde un inicio de la conformación de identidades se evidenciara la naturaleza intrínseca. El juicio que se cierne desde un inicio sobre el personaje del joven Heep, tanto como la alerta permanente que vive el niño Copperfield, engendradas ambas en sus recíprocas emociones, ponen en evidencia cuán tempranamente se pueden accionar claves para configurar bosquejos de vida, si se proyecta este sistema sobre sujetos concretos, y definir coordenadas individuales para la participación en un colectivo. Asimismo, aparecen las fuerzas que se activan en ese colectivo para facilitar o entorpecer búsquedas personales, predeterminando actitudes en el otro que resultan decisivas para el sujeto. El total desarraigo de Copperfield no es óbice para su logro personal, mientras que todo el empeño de Heep está minado por su naturaleza oculta. La proyección de cualidades, como las ilustradas en este estudio, sobre sujetos concretos que actúan en espacios sociales específicos, puede contribuir a construir opiniones y a prefigurar simbólicamente interacciones. Apriorismo determinista y teleología sin historia que favorecen desigualdades entre iguales, abonando la construcción de prejuicios que codifican la razón.

 

Referencias

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Artículo recibido: 12-8-2002
Aceptado: 20-10-2003

 

 

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