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Estudos de Psicologia (Natal)

versão impressa ISSN 1413-294Xversão On-line ISSN 1678-4669

Estud. psicol. (Natal) vol.28 no.2 Natal maio/ago. 2023  Epub 14-Mar-2025

https://doi.org/10.69909/1678-4669.20230019 

Temas em Políticas Sociais: Assistência Social e Sistema de Garantia de Direitos

Lo Indecible: El Perdón en Familiares de Víctimas del Conflicto Armado Colombiano

O indizível: o perdão em familiares de vítimas do conflito armado colombiano

The unspeakable: forgiveness in victims of the Colombian armed conflict

Omar Alejandro Bravo1 

Doutor em Psicologia pela Universidade de Brasília (UnB), é Professor da Universidad Icesi Colombia. Endereço para correspondencia: Cra 79 N 9 - 75, Barrio Ciudad Capri, Cali, Colombia. Email: oabravo@icesi.edu.co


http://orcid.org/http://orcid.org/0000-0002-6184-9193

11Universidad Icesi


Resumen

Esta investigación, basada en siete entrevistas y un grupo focal, realizados con familiares de víctimas del conflicto armado en Colombia analiza como los discursos acerca del perdón impactan en esta población. En el análisis de la información, se encontró que no se puede conceptualizar el perdón, dados sus múltiples atravesamientos, y que la posibilidad de perdonar está sujeta a eventuales procesos de justicia, verdad y reparación, por lo que el perdón no puede ser impuesto. Así mismo, se evidenció que el potencial traumático del hecho sufrido se mantiene, sujeto a las mismas determinaciones para su eventual superación y que perdonar, sin existir previamente un proceso de justicia y verdad, puede equivaler a una resignación.

Palabras-clave: trauma; reparación; perdón

Resumo

Esta pesquisa está baseada em sete entrevistas e um grupo focal, realizados com familiares de vítimas do conflito armado na Colômbia, e se propõe analisar como os discursos sobre o perdão impactam nessa população. Na análise das informações, verificou-se que o perdão não pode ser conceituado, dados seus múltiplos atravessamentos, e que a possibilidade de perdoar está sujeita a eventuais processos de justiça, verdade e reparação, razão pela qual o perdão não pode ser imposto. Da mesma forma, evidenciou-se que o potencial traumático do evento sofrido permanece, sujeito às mesmas determinações para sua eventual superação, e que perdoar, sem que haja previamente um processo de justiça e verdade, pode equivaler à resignação.

Palavras-chave: trauma; reparação; perdão

Abstract

This research, based on interviews and focus groups produced with victims of the armed conflicto in Colombia, analyzes how these speeches about the forgiveness impact this population. In the analysis of the information, it was found that the forgiveness cannot be conceptualized, given its multiple crossings, and the possibility of forgiving is subject to possible processes of justice, truth and reparation, so that forgiveness cannot be imposed. Likewise, it was evidenced that the traumatic potential of the event suffered is maintained, subject to the same determinations for its eventual overcoming, and that forgiving without a process of justice and truth can amount to resignation.

Keywords: trauma; forgiveness; reparation

La historia política de Colombia puede organizarse tomando la cuestión de la violencia política como referencia. En este sentido, posee características particulares. En primer lugar, Colombia no pasó por dictaduras militares como las que asolaron al continente, particularmente en los años 70', implementadas con el pretexto de combatir la amenaza comunista representada por ciertos grupos y clases sociales que en cada país pasaron a ser definidos como enemigos y ajenos a un supuesto ser e identidad nacionales, según indicaba la denominada Doctrina de Seguridad Nacional, implementada por Estados Unidos en la región (Bonasso, 1990). Cabe mencionar como excepción, el breve período del gobierno de facto del general Rojas Pinilla, entre los años 1953 y 1957, que tuvo como propósito principal sofocar los efectos de la agitación política provocada por el asesinato del líder liberal Gaitán en el año 1948 y que no se prolongó en otros golpes de estado posteriores.

El denominado Frente Nacional, posterior a este gobierno, se organizó a partir de un pacto entre los partidos liberales y conservadores, definiéndose así un modelo de gobernabilidad que excluyó a amplios sectores de la población y contribuyó a generar, más tarde, la aparición de las primeras organizaciones guerrilleras (Guzmán Campos et al., 1995).

Más precisamente en el año 1964 surgen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación nacional (ELN), ambas guerrillas de composición fundamentalmente campesina que fueron creciendo en los años siguientes, tanto en número como en capacidad militar (Guzmán Campos et al., 1995)

El narcotráfico se incorpora como un actor económico y armado que reconfiguró todo el conflicto a partir de la década del 70´. Cabe mencionar que el fenómeno de la producción y comercialización de drogas ilícitas no se puede reducir a un simple hecho delincuencial ya que, por ejemplo, el cultivo de la planta de coca se constituyó en muchas ocasiones como la única actividad rentable para sectores campesinos que no recibían apoyo del Estado para otro tipo de actividad, por lo que resultaría arbitrario y reduccionista atribuir a esas poblaciones el rótulo de narcotraficantes. Por otra parte, tanto la defensa y protección de esos cultivos se constituía en un capital no solo económico sino también político para actores armados de diverso orden y composición (Henderson, 2012).

Producto de la articulación compleja entre grupos de narcotraficantes, sectores políticos y agentes del Estado, en los años 90´ se consolidaron y expandieron los grupos paramilitares, con más presencia en el norte del país y que, bajo el pretexto de combatir a la guerrilla, ejecutaron numerosas masacres y asesinatos selectivos contra la población civil. Así mismo, los despojos de tierras que estos grupos produjeron constituyeron una contrarreforma agraria que privó de su espacio de vida y sustento a numerosos campesinos (C. López, 2010). Esta relación general entre narcotráfico y paramilitarismo “coincidió con una estrategia deliberada de influir en procesos políticos y respaldar a congresistas y políticos locales, para la legitimar su poder.” (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2018, p. 125)

El proceso de paz con estos grupos paramilitares, agrupados y representados por las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), comenzó en el año 2002, extendiéndose hasta el 2006. Producto de esta negociación, se desmovilizaron más de 30.000 paramilitares, aunque este número ha sido discutido por numerosos sectores y grupos de derechos humanos, que lo consideraron sobredimensionado. Con la extradición de los principales jefes paramilitares a Estados Unidos, se limitó la posibilidad de establecer procesos de verdad y justicia en torno a sus crímenes y la complicidad de agentes del estado en los mismos. Por otra parte, numerosos desmovilizados se organizaron en nuevos grupos, más pequeños y dispersos, pero de accionar y propósitos similares a los anteriores (C. López, 2010).

Después de varios fracasos anteriores, la negociación iniciada por el gobierno del presidente Santos en 2012 con la guerrilla de las FARC llegó a feliz término en el año 2016, con la firma del Acuerdo para la terminación definitiva del conflicto. Aunque la implementación de dichos acuerdos se realizó de manera muy limitada, sobre todo a partir del gobierno posterior, opositor a este proceso desde su inicio, y aun considerando que el proceso de paz paralelo con la guerrilla del ELN fracasó, ese nuevo escenario produjo cambios significativos, posiblemente facilitadores de una ampliación del sistema democrático (esto se expresó, en parte, en las últimas votaciones, con la aparición de candidaturas independientes y las actuales marchas y reclamos de la ciudadanía por la mejora de sus condiciones de vida y acceso a salud, empleo y educación) (López Martínez, 2019).

El saldo de víctimas de este período, circunscribible en la etapa mencionada a alrededor de cincuenta años de enfrentamientos, resulta desolador. Según el do Centro Nacional de Memoria Histórica (2018), la cantidad de personas muertas se aproxima a las 261.219, considerando 352.786 hechos documentados entre los años 1958 y 2018; el número de desaparecidos es de 68.431 personas, y el desplazamiento forzado alcanzó a alrededor de 6.000.000 de sujetos, que debieron abandonar su hogar, en muchos casos para hacinarse en la periferia de las grandes ciudades.

Dada la necesidad de reparación a este enorme número de víctimas, contemplada también en los acuerdos firmados con las Farc, y los aspectos psicosociales considerados en dichos procesos, el desafío para el campo de la intervención en salud mental se presenta como particularmente complejo y, al mismo tiempo, configura una tarea relevante y necesaria.

Numerosas intervenciones a cargo de organismos del estado e internacionales, así como de ONGs, han intentado dar cuenta de dichas demandas a través de metodologías y propósitos diversos. Entre ellos, se pueden mencionar estrategias basadas en el diagnóstico inicial, en general hecho de forma individual, y la aplicación posterior de técnicas padronizadas de intervención, como en el caso del denominado trastorno de estrés postraumático (Bell et al., 2012; Londoño et al., 2008; Valencia et al., 2017). Así mismo, dichas técnicas conviven con otras, presentadas como alternativas, que integran un universo variopinto donde conviven las energías positivas, la prescripción del bordado o diseño de mandalas, o metodologías más extravagantes, como las del denominado hoponopono. (Giraldo & Ríos, 2018; González Cruz, 2020; Soriano Ruiz & Silveira Martins, 2018).

Ambos paradigmas desconocen las particularidades culturales, sociales e individuales de las poblaciones a intervenir, ya que parten de diseños de intervención preestablecidos y padronizados. Otras intervenciones, por el contrario, desde una perspectiva psicosocial, toman en cuenta estas dimensiones y reivindican el papel del sujeto y grupos victimizados en los procesos reparatorios a desarrollar.

En este sentido, se pueden mencionar la perspectiva planteada por Rodríguez y Miranda (2002), que ofrece una lectura amplia de las formas de intervención dirigidas a víctimas de conflicto armado, involucrando a la propia comunidad en su implementación. Moreno Camacho y Díaz Rico (2016) reivindican también el papel activo del sujeto en estos procesos, lo que le daría a la intervención un verdadero carácter psicosocial.

Así mismo, enmarcando estos escenarios en su necesario orden político, Obando et al. (2017) destacan que

las víctimas de un conflicto armado no pueden ser concebidas como los típicos pacientes del servicio de salud que pueden ser exitosamente intervenidos desde una lectura privada de su dolencia; ellos vivencian una circunstancia existencial constituida a partir de la alteración de un orden social y político. (p. 386) De esta manera, la propia noción de trauma toma otra dimensión, ya que si bien el impacto de una experiencia adversa puede impregnar la vida cotidiana en un primer momento, su permanencia per se no se hace tan evidente, pues ello reclama la convergencia de cualidades biológicas, psicológicas y sociales, que se inscriben de manera dinámica en procesos culturales, políticos e históricos. (Estrada Mesa et al., 2010, p. 106)

En esta diversidad de métodos de intervención y demandas de reparación y atención en salud mental dirigidas a víctimas del conflicto armado, un tema en particular cobra especial relevancia a los fines de este trabajo: la cuestión del perdón, entendida con frecuencia como una exigencia que parece relacionarse con el fin del conflicto y la abertura subsecuente de una etapa de reconciliación nacional. Así mismo, en algunos casos, ese perdón se vincula a una cura en el aspecto psicológico, que aliviaría al sujeto de una carga de dolor y resentimiento por la agresión sufrida. La cuestión del perdón entonces es necesariamente polisémica, dados los varios discursos que la atraviesan, y tiene implicaciones personales y sociales que resultan de particular interés comprender.

De esta manera, este texto se propone analizar como el discurso del perdón incide en familiares de víctimas de crímenes del estado de la ciudad de Cali, de qué manera éste pudo haber afectado sus demandas de verdad y reparación, y su relación con otros discursos concomitantes, como el de la reparación, el olvido y la reconciliación. En este caso, la pertenencia de las personas entrevistadas a una ONG defensora de derechos humanos, configura un aspecto particular a considerar, en cuanto a su posible incidencia en la forma en que dichos discursos se produjeron. Este análisis hizo parte del proyecto de investigación denominado Memoria y sentido en familiares de desaparecidos, que contó con el apoyo de la universidad Icesi.

Marco teórico

De la Corte et al. (2006) intentaron destacar los aspectos psicológicos presentes en los conflictos armados. Entre ellos mencionaron la necesaria existencia de dos grupos que se consideran incompatibles, la atribución a ese otro social de todos los problemas de la sociedad, y la existencia de una serie de actos violentos, que se van extendiendo en número y gravedad. Los mismos autores otorgan una relevancia particular al miedo, como una reacción paralizante asociada a las situaciones anteriores. Al mismo tiempo, la tolerancia al dolor ajeno y la deshumanización de las víctimas completan el cuadro descripto. En este último caso, se trata de “despojar al otro de todo atisbo de humanidad, cosificar, transformar a alguien en un objeto.” (Moreno & Sabucedo, 2004, p. 41). Serían entonces “vidas indignas de ser vividas” (Bauman, 2019, p. 29).

En este orden, Emcke (2017) menciona el concepto foucaultiano de parresia, como referencia contra estas políticas de odio, en una dirección de análisis que intenta contribuir a restituir una identidad colectiva universal e incluyente.

Esos escenarios violentos justifican entonces la violencia y la victimización de personas y grupos sociales. En el campo de la salud mental, la afectación traumática que estos hechos provocan es obvia y se expresa en síntomas diversos, cuyo desarrollo y progreso depende de cada persona afectada y circunstancia victimizante.

Como ya fue mencionado en la introducción, las respuestas terapéuticas frente a estos efectos traumáticos son diversas. En este sentido, Martín-Baró (1984) enfatiza la dimensión psicosocial del trauma, que implica reconocer los aspectos culturales, políticos, sociales y subjetivos del fenómeno, entendiendo que el efecto traumático puede mantenerse en tanto no se modifiquen las circunstancias sociopolíticas que permitieron dicho suceso. Por esto, “el clima social dominado por el miedo, el odio, la ansiedad, el trauma psicosocial, la pérdida de la autoestima, la desesperanza, y la sensación de injusticia de las víctimas pueden facilitar la perpetuación de la violencia.” (Alonso, 2014, p. 35).

Así mismo, un cambio de esas condiciones políticas abre nuevos escenarios que, en sí mismos, no garantizan una mejor tramitación de ese sufrimiento psíquico. Cuando el conflicto productor de esos hechos es amplio y estructural, su finalización puede habilitar a la producción de otros discursos, que intentan vincular ese nuevo contexto con la necesidad de un necesario perdón y olvido de lo sucedido, justificado en general por un supuesto imperativo político de reconciliación.

En particular, la cuestión del perdón resulta polémica en varios sentidos, considerando aquí sus efectos políticos, subjetivos y el linaje discursivo e histórico en que dicho término se instala.

De una forma general, el perdón puede ser definido como “un sentimiento que permite sobreponerse al resentimiento frente a un agresor.” (Murphy, 2003, citado por Sardi & Gómez, 2017, p. 15). Llorente Sardi y Narváez Gómez anclan este concepto a una cultura ciudadana de la reconciliación, que el Estado podría propiciar fomentando lo que denominan como emociones públicas, principalmente el amor, que restauraría el contrato social afectado.

Todo esto transformaría a ese ejercicio del perdón en una virtud política, más allá de personal, cuya condición necesaria reposa también en las denominadas capacidad de absorción y capacidad de tolerancia de las afrentas sufridas (Narváez Gómez, 2017). El mismo autor indica cinco errores frecuentes relacionados al perdón: considerarlo una decisión personal, no un deber moral que derivaría en un mayor bienestar social e individual; vincularlo necesariamente al perdón del agresor; considerar que el mismo no puede ser exigido; vincularlo al olvido y a la reconciliación.

Este marco general de exigencias, si pronunciado en un púlpito religioso, tendría el mismo sentido y, quizás, una filiación discursiva más definida. La metafísica de los sentimientos en la que se basan estos principios, parte de suponer un orden social basado en el afecto, donde las condiciones materiales y las circunstancias políticas que puedan generar tensiones sociales y exigencias jurídicas deben ser relegadas en nombre de la armonía y la convivencia, aún si esta se construye contra la voluntad de las víctimas. Esto se manifiesta de manera más clara en la siguiente afirmación:

la cultura de sacrificar al otro como chivo expiatorio (violencia contra el otro) tendrá que ser reemplazada por la cultura del perdón - misericordia (violencia contra sí mismo para frenar la venganza), como acto político supremo y como logro del significado más profundo de la existencia. (Narváez Gómez, 2017, p. 55)

Producto de estas exigencias, Lillo (2014) considera que

Este exceso de moralismo ha contaminado al concepto de perdón, hasta el punto de generar una cierta renuencia. Ha hecho del perdón una norma a cumplimentar y si no se hace se atenta contra la propia naturaleza humana, que ve como suyo amar incluso a quienes nos dañan. (p. 2)

En un sentido más crítico, Duica (2017) vincula tres conceptos: perdón, arrepentimiento y culpa, considerando que no hay una relación necesaria entre los dos últimos. Pedir perdón (aquí se incorpora el lugar del victimario) implica culpa, no necesariamente arrepentimiento. El reconocimiento de la responsabilidad complejiza más esta relación planteada, considerando que esta sería de carácter más público que el perdón y el arrepentimiento. Aunque se referencia también en un orden cristiano de pensamiento, el autor acertadamente indica que no se puede otorgar perdón a quien lo solicita si no existe también una valoración moral de los hechos (no solo la culpa), garantía parcial de no repetición.

Así mismo, y para que esto sea posible, el victimario debe “sentir vergüenza moral, aceptar la indignación de los demás y renunciar al resentimiento dispone para esperar la sanción o para pedir el perdón” (E. López, 2004, p. 40)

Estos posibles condicionamientos del perdón son mencionados también por Sáez, cuando indica que “el perdón de la víctima no es negociable, porque carece de dimensión económica o política y porque no responde a una estrategia o a un programa.” (Sáez, 2012; citado por Saéz, 2012, p. 63).

Arendt (2001) aporta un argumento interesante a esta polémica, al considerar que el castigo y el perdón persiguen un mismo objetivo: la no repetición de los hechos. No obstante, el primero tendría un trámite más fácil que el segundo que, al menos en la perspectiva derridiana, ofrecería un aspecto paradójico y limitante, ya que solo se podría perdonar lo imperdonable (Derrida, 2002).

Ahondando más en este último aspecto, siempre de acuerdo con Derrida, existirían dos tipos de perdón: el condicional, que está relacionado al castigo y a una reconciliación posible, y el incondicional, donde se trata de perdonar sin condiciones, este último considerado una tarea imposible (Bravo, 2016). De esta forma, este segundo tipo de perdón, cuando obedece a una imposición externa a la voluntad del sujeto, se relaciona con “una estrategia política o una economía psicoterapéutica.” (Derrida, 2002, p. 32; citado por Bravo, 2016, p. 124).

En este sentido, García-Peña Jaramillo (2017) señala que el perdón “no siempre es justo: puede ser arbitrario, sinónimo de complicidad, de encubrimiento, de impunidad” (p. 150). Así mismo, Gamboa y Herrera (2019) consideran que

no cualquier especie de perdón que se dé entre un ofensor y un ofendido es moralmente aceptable, si ello implica restaurar una moral asimétrica en la que no se reconoce la ofensa que sufrió la víctima, o si esta se reconoce, es la víctima la que tiene que asumir todos los efectos negativos que esta conlleva. (p. 199)

A partir de esta reflexión anterior, cabe agregar: cuando se coloca al perdón como objetivo terapéutico, debe sumarse la revictimización a esos efectos mencionados. En este caso en particular, imponer el perdón en una intervención clínica, imprime una dirección a ese proceso vinculada a un objetivo moral, también de carácter político, que desconoce los deseos y la voluntad de las personas o grupos a las que se dirige.

Esto puede suceder por varios motivos, entre ellos, la falta de formación teórica y clínica de quienes intervienen, el escaso tiempo disponible para estas intervenciones (lo que lleva a improvisar metas consideradas inmediatas) y/o la dificultad para escuchar relatos cargados de dolor y horror, por lo que evitarlos a través de este tipo de imposiciones aliviaría a quien los debería escuchar. En todos los casos, hay aquí una falla ética indisimulable, que de manera consciente o no, colabora con impedir los procesos de construcción de verdad en torno a los hechos sucedidos.

De esta manera, una política del perdón se presenta como una tragedia griega ya que ésta, según Zuleta (2005), no consiste en un hecho triste, sino en la imposibilidad de conciliar proposiciones contradictorias. En este caso, la contradicción tendría que ver con perdonar en nombre de un supuesto beneficio para el orden social y la convivencia, y no perdonar como un derecho inalienable de la víctima.

Por todo esto, Hilb (2019) afirma, desde una perspectiva arendtiana, en que nos encontramos inermes, “en que solo podemos decir de estos crímenes que no deberían haber sucedido y que no podemos castigarlos ni perdonarlos en tanto no podemos comprenderlos, puesto que no son subsumibles bajo las categorías con las que comprendemos y juzgamos” (p. 210).

Para sumar otros aspectos relacionados a esta polémica, es pertinente mencionar

aquí la cuestión de la venganza y el olvido. La primera suele ser presentada como una posibilidad que se deriva de la falta del perdón al ofensor; el segundo se considera con frecuencia como un resultado de ese perdón otorgado, que liberaría a la persona del resentimiento y la carga sofocante del recuerdo permanente del hecho (López, 2015).

Caben aquí algunas consideraciones generales: la venganza no está necesariamente

asociada a la falta de perdón y ese deseo y/o esa conducta puede eventualmente producirse también cuando el perdón es impuesto, más allá del deseo de la víctima. Ya sentimientos como el odio o resentimiento hacia el agresor o los agresores, son también legítimos y hacen parte de un derecho de cada sujeto a tramitar ese proceso de la manera en que su conciencia y principios se lo indiquen.

En lo que hace al olvido, este debe entenderse como la posibilidad de vivir con el dolor producido por el hecho victimizante, sin que este sofoque la vida del sujeto y le impida construir nuevas formas de relación y proyectos vitales. No es, por lo tanto, la ausencia del recuerdo.

De esta manera, esta cuestión del perdón y sus efectos relacionados, se inscribe en una disputa política, con matices discursivos que la aproximan a cuestiones religiosas, éticas, ideológicas y culturales, que atraviesan también las intervenciones dirigidas a poblaciones y sujetos victimizados. Considerar esa dimensión política permite situar al perdón en un contexto histórico determinado y entender su carácter polisémico a partir de su relación con los procesos sociales que le otorgan sentido y efectos individuales y colectivos.

Metodología

Para este trabajo, se realizaron en el año 2019 siete entrevistas a familiares de víctimas de crímenes del estado, vinculadas a la Fundación Guagua, organización que trabaja en la atención, reparación y demandas de justicia de personas y grupos victimizados por el conflicto colombiano desde el año 2000. Posteriormente, se hizo un grupo focal con estos mismos participantes, donde se retomó y profundizó la información surgida del primer ejercicio metodológico. El criterio de inclusión de las personas que hicieron parte de esta investigación se basó en una convocatoria general hecha a todos/as los integrantes de esa organización. Las entrevistas se realizaron en diversos espacios (sede de la ONG, domicilios y sitios de trabajo de las/os participantes) garantizándose el sigilo necesario en cada caso; el grupo focal se desarrolló en un club de la ciudad, en un salón reservado a este propósito1.

Ambos espacios de diálogo se construyeron de una manera flexible, de forma de no encorsetar la información en un formato previo que limite la expresión la expresión del sujeto. La misma, en una perspectiva cualitativa que rescate el carácter constructivo interpretativo del conocimiento, “debe ser estimulada, de manera que los indicadores aparezcan como una expresión de la propia construcción del sujeto y no como una imposición de nuestras aproximaciones metodológicas.” (González-Rey, 2000, p. 65).

De esta forma, “la lógica centrada en el instrumento es reemplazada por el diálogo, lo que lleva a la expresión propia y espontánea de los participantes sin las restricciones impuestas por los dispositivos metodológicos usados.” (González-Rey & Mitjáns Martínez, 2016, p. 9). En relación a los objetivos de esta investigación, esta propuesta dialógica permite que los aspectos históricos, culturales y sociales que atraviesan la cuestión del perdón puedan expresarse, confrontando eventualmente las propias representaciones del investigador/a a este respecto.

Los temas generales abordados en ambos momentos tuvieron que ver con la noción de perdón que cada persona tenía, su aceptación posible, los motivos de la misma, las eventuales presiones sufridas para ejercer ese perdón y la forma en que el mismo (o su negación) influenciaba otros aspectos de su personalidad y sus prácticas sociales.

A cada participante se le garantizó la confidencialidad y el sigilo de la información suministrada, a través del uso de consentimientos informados. También en referencia a aspectos éticos, la elección de este tema de investigación en particular incorporó la necesidad de no volver a preguntar a las víctimas sobre el hecho traumático sufrido, lo que puede resultar revictimizante, dada la frecuencia con que este tipo de propósitos se repite. Cabe, en este sentido, destacar el comentario de una de las personas participantes, que mencionó que era la primera vez que participaba de una investigación que no le hiciese llorar.

Este proceso de investigación concluyó en una reunión con todas las personas participantes, realizada a inicios del año 2020, donde se expusieron los resultados del análisis de las entrevistas y el grupo focal realizados. Ese diálogo final responde a una exigencia ética de darle voz y opinión a los sujetos involucrados en la investigación acerca de lo producido en la misma, al mismo tiempo que hace parte del proceso metodológico de producción de información.

Resultados

A partir de la información producida en las entrevistas y grupos focales, se definieron tres categorías de análisis. La primera se relacionó con la definición de perdón que cada participante tiene y a quien iría dirigido su eventual ejercicio; la segunda tuvo que ver con el sentido del perdón, considerando como posibles aspectos vinculados a la reparación, el olvido u otro tipo de intereses colectivos; la tercera categoría relacionó al perdón con cuestiones individuales como la salud, la calma, el amor al prójimo y/o aspectos próximos a creencias religiosas de algún tipo.

En relación a la primera categoría, llama la atención que no se produzcan, en general, definiciones concretas de perdón en las entrevistas y grupos focales. Frente a la pregunta que intenta indagar acerca de dicho significado, las respuestas mayoritariamente se dirigen a aspectos relacionados al mismo, pero sin definirlo.

Esto puede comprenderse desde la dificultad que un término tan polisémico implica para su conceptualización, teniendo en cuenta también sus múltiples atravesamientos de carácter político, social y cultural, principalmente. De esta forma, la imposibilidad del perdón mencionada por Derrida (2002) en cuanto ejercicio, se puede extender a su definición.

Esto se manifiesta en la información producida de las siguientes maneras: “es una palabra muy grandota, de mucho significado” Sujeto 1, entrevista.“El perdón para mí significa mucho, perdón para mí es una paz interior” Sujeto 2, entrevista.“Sí, pero…eso es muy difícil.” Sujeto 6, entrevista. “El perdón para mí significa muchas cosas” (Sujeto 1, grupo focal).

Castrillón Guerrero et al. (2018) habían señalado también ese carácter polisémico del perdón, entendido como un proceso o un tránsito, que puede tener orígenes y temporalidades diferentes

La misma indecibilidad y dificultad se extiende a la caracterización del objeto de ese perdón, siendo que las respuestas varían de los perpetradores directos, los responsables políticos, a las instituciones involucradas: “el que lo haya hecho, el que se haya llevado a mi hija”. Sujeto 1, entrevista. “Pues como al Estado. En mi caso, es al Estado.” Sujeto 3, entrevista. “El sistema o quien sea, ¿cierto? Porque puede ser uno, una…” Sujeto 3, entrevista. “Bueno, pues, a una persona, a un grupo, al Estado, primero habría que organizar, cambiar…” Sujeto 7, entrevista.

De forma algo paradójica, tanto la dificultad para definir el perdón como su eventual destinatario indican cierta claridad política en las personas entrevistadas. Lo contrario implicaría probablemente un disciplinamiento discursivo y político que acotaría ambos aspectos a una expectativa ajena, vinculada a la imposición de un cierto orden social.

Por esto, es pertinente afirmar que la necesidad de contribuir a la armonía social “no desconoce la necesidad de balancear este bien máximo con otros valores importantes, como justicia, responsabilidad, estabilidad, paz y reconciliación.” (Crocker, 2007, p. 205).

Sobre la segunda categoría, que vincula el sentido del perdón con la reparación y el olvido, se pueden destacar las siguientes expresiones, que muestran como dichas asociaciones no se producen en las personas entrevistadas de forma automática y natural:

“Perdón y olvido…no, que uno olvide nunca lo va a olvidar, de perdonar si lo puede perdonar.” Sujeto 1, entrevista. “No al olvido, eso sí, eso lo tengo muy claro.” Sujeto 3, entrevista. “Tienen que reparar a la gente que dañaron” [ ] Le dan dos pesos a uno y con eso ya lo arreglaron, ya quedó todo ahí. No sería una reparación justa.” Sujeto 4 entrevista.

“pero si voy a decir yo perdono, pero no olvido, no estoy perdonando.” Sujeto 7, entrevista.

Cabe considerar aquí la posible confusión conceptual derivada de la cantidad y diversidad de discursos en torno a estos temas señalados donde, por ejemplo, el concepto de perdón se suele confundir con el de reconciliación (López-López et al., 2016).

La relación más clara que emerge del material producido es la que vincula la posibilidad del perdón con la necesidad de verdad en torno al hecho victimizante y sus perpetradores: “pero por ese perdón, quisiera saber claramente que…por qué pasó lo que pasó y saber de mi hija.” Sujeto 1, entrevista. “Yo digo que para uno perdonar tiene que salir todo, ¿cierto?, saber uno la verdad.” Sujeto 3, entrevista. “Sería conocer la verdad, saber por qué lo hicieron. Tener ese conocimiento.” Sujeto 7, entrevista. “Y cómo voy a perdonar seis años de sufrimiento, seis años de angustia, seis años de tristeza, cuando ni siquiera le dan a uno el derecho de enterrarlo.” Sujeto 6, grupo focal.

Esta relación entre el perdón y el necesario acceso a la verdad sobre los hechos victimizantes ya había sido mencionada por Tojeira (1997); Vásquez (2007) y López-López et al. (2013), entre otros.

La justicia transicional puede propiciar esa relación, sin ser una garantía absoluta de la misma. Este tipo de mecanismo jurídico va acompañado y propicia otros, de carácter reparatorio. De esta forma, “monumentos, audiencias, reconocimientos de la ilegitimidad de la violencia empleada, expresiones de arrepentimiento y solicitudes de perdón, tienden a erigir puentes que conduzcan a la restauración de la dignidad de las víctimas.” (Jaramillo & Pacheco, 2005, p. 97).

Así mismo, particularmente durante el grupo focal, se situó como principal responsable de los episodios violentos que involucraron a las/os participantes, al ex - presidente Uribe, representante de la derecha colombiana más recalcitrante y con vínculos políticos con grupos paramilitares y crímenes de Estado. Esta figura política parece condensar un modelo de Estado y de sociedad basado en la exclusión y el control violento de las disidencias, cuya vigencia y continuidad opera como un obstáculo para cualquier proceso de cambio que posibilite poner en cuestión las representaciones sociales asociadas al conflicto y sus consecuencias.

En relación a la tercera categoría de análisis, el perdón se vincula con muchos sentimientos diferentes, en muchas ocasiones aproximando el dolor a la rabia o, inclusive, al deseo de retaliación. Este tipo de asociación estuvo más presente durante el grupo focal.

“yo hubiese querido tener un arma y fumigar a esa gente que iba allí.” Sujeto 3, entrevista.

“uno tiene el rencor, y cada uno que lo vea pues…está la fatiga, el odio, está la rabiecita por allá dentro.” Sujeto 4, entrevista. “eso me está afectando a mí, físicamente me ha afectado, pero yo no perdono.” Sujeto 6, grupo focal. “y uno se vuelve como hasta malo, uno dice: yo algún día mando matar a todos esos hps.” Sujeto 3, grupo focal. “usted está en paz con todo, pero lo que yo no puedo es estar en paz con esa gente.” Sujeto 5, grupo focal.

En relación a este tipo de asociaciones, Villa Gómez (2016) refiere al perdón como “un sentimiento complejo que es capaz de sobreponerse a emociones de odio, ira y deseo de venganza” (p. 2). Cabe considerar aquí que esta posibilidad mencionada puede ser producto de un proceso, condicionado por circunstancias particulares y precedido por maneras diversas y particulares formas de establecer esa relación entre el perdón y los sentimientos asociados.

En lo que hace al vínculo entre un posible perdón y sus creencias o prácticas religiosas, dos de las personas entrevistadas manifestaron encontrar condiciones para perdonar en estos espacios y discursos: “cuando yo tenía tanto odio, me acerqué a una iglesia cristiana; desde ahí aprendí a ver las cosas de una manera diferente.” Sujeto 2, entrevista. “En el evangelio, Dios nos enseñó a perdonar, de hecho Dios nos enseña a perdonar que aun siendo nosotros pecadores, él cuida de nosotros.” Sujeto 7, entrevista.

No obstante, la mayoría consideró que existe una distancia entre ambas dimensiones, que en algunos casos involucra la crítica a las instituciones religiosas como dispositivos de poder. Entre las personas que no vinculan sus creencias religiosas con el perdón, se destacan estas expresiones: “yo soy demasiado católica, pero si me resisto a perdonar, por ahí no importaría la religión.” Sujeto 1, entrevista. “en la religión nos enseñaron que tenemos que pedir perdón” [ ] “yo soy muy aparte de todo eso [ ] “tiene mucha relación la religión con la política.” Sujeto 3, entrevista. “porque desafortunadamente la religión se manipula” [ ] “como una herramienta para que las situaciones sigan como se presentan.” Sujeto 5, entrevista.

“a mí me parece que esto es un arma que ha cogido el gobierno, usted no ha visto que siempre el gobierno va en mano con la iglesia, con las iglesias pa´ someter a la gente.” Sujeto 4, grupo focal.

Cabe destacar que esta resistencia a aceptar el perdón como producto de una imposición institucional y discursiva, en este caso la religiosa, presente en la mayoría de las personas entrevistadas, se traslada también a la actitud adoptada frente a otro tipo de discursos que ejercieron la misma coerción, en este segundo caso, en nombre de un ideal terapéutico.

“a mí me hicieron reuniones con una psicóloga y dicen pues que sería bueno perdonar.” Sujeto 6, entrevista, “A mí hasta el médico me ha dicho: si usted no perdona, usted no se va a aliviar, va a coger un cáncer, va a coger una diabetes, un infarto, un derrame.” Sujeto 4, grupo focal.

No obstante estas diferencias entre las personas que manifiestan haber perdonado producto de sus creencias religiosas y las que no lo hicieron, en el grupo focal todas/os los participantes estuvieron de acuerdo en que el perdonar sin contraprestación alguna (verdad en torno a lo ocurrido, castigos penales, etc.) equivaldría más a una resignación que a un ejercicio legítimo de perdón.

De esta manera, el acto de perdonar no responde a una capacidad psíquica (Horwitz, 2006), innata o derivada de una imposición religiosa o terapéutica, sino que se deriva de procesos sociales y políticos más amplios, donde encuentran también su legitimidad (Jaramillo & Pacheco, 2005).

Discusión

En función de la información analizada, se puede afirmar que el acto de perdonar, entendido como absoluto, posible de ser realizado en cualquier contexto y circunstancia desde una mera voluntad individual, es un ejercicio imposible, como Derrida (2002) indicó. Esta imposibilidad tiene que ver con las circunstancias temporales e institucionales que el filósofo argelino destacó, así como con la falta de esclarecimiento en torno a los hechos victimizantes y el castigo a los perpetradores.

Así mismo, estos límites se extienden a los discursos y políticas asociadas al perdón, como la reparación y el olvido, por ejemplo. Eventualmente, los mismos se presentan como metas deseables (sobre todo la reparación), pero imposibles de proyectar concretamente en tanto se las proponga desde la impunidad de los crímenes cometidos, como ya fue destacado.

Lo anterior afirma entonces la noción de trauma de Martín-Baró (1984) y su carácter psicosocial, que resiste a las demandas institucionales y terapéuticas de perdón y olvido, sobre las cuales existen los necesarios cuestionamientos éticos expresados en el marco teórico y en la propia voz de las personas entrevistadas en esta investigación.

De esta forma, se considera que el discurso del perdón está atravesado por varios otros discursos (religiosos, terapéuticos, jurídicos, morales, etc.) que no consiguen disciplinar el concepto y las prácticas políticas asociadas en el sentido de establecer un trayecto lógico, que supondría que perdonar es necesario, que el perdón cura y contribuye a la paz y armonía social, por ejemplo (Duica, 2017; López-López et al., 2016).

Esta indecibilidad del perdón, que impide conceptualizarlo de manera precisa y vincularlo a otros discursos de forma lineal, debe ser entendida como un acto de resistencia, donde las demandas por verdad y justicia se mantienen y enfrentan todas estas presiones. Dicho acto no puede ser reducido a una respuesta natural por parte de las personas afectadas, sino que se produce en la asociación, el debate y la movilización permanentes, como el que la ONG Guagua, entre otras organizaciones, promueve.

Estos actos de resistencia son los que contribuyen a restablecer un tejido social dañado por hechos de violencia como los que marcaron el conflicto armado colombiano (López-López et al., 2019) y que aún hoy, firmados los acuerdos de paz y reintegradas las Farc a la vida civil, se siguen produciendo. Esta acción política, “conlleva un proceso de producción de conocimiento que conduce a revelar causas, a establecer conexiones, a levantar el velo de la ignorancia necesaria para el mantenimiento de un estado de cosas, acarrea un proceso de desideologización.” (Montero, 2004, p. 127). La noción de desideologización se aproxima a la formulada por Martín-Baró (1990) que le otorga a la misma el propósito de “poner al descubierto lo que de enajenador hay en esos presupuestos en que se enraiza la vida cotidiana y que fundamentan la pasividad, la sumisión y el fatalismo” (p. 106), siendo que el perdón como imposición política puede generar estos efectos enajenantes. Esta discusión, vinculada a los procesos de paz en curso, puede aportar a la construcción de una paz verdadera, basada en la justicia social.

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Nota

01. Las entrevistas y grupos focales fueron realizadas con la colaboración de Laura Victoria Caicedo Lasso, estudiante de pregrado de la carrera de psicología de la universidad Icesi, y Alejandro Durán, estudiante de la maestría en Intervención Psicosocial de la misma universidad.

Recibido: 01 de Marzo de 2022; Revisado: 28 de Junio de 2023; Aprobado: 31 de Julio de 2023

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