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Revista Cubana de Psicología
versão impressa ISSN 0257-4322
Rev. cuba. psicol. v.15 n.1 La Habana 1998
Divide y venceras
Divide and win
Carolina de la Torre
Facultad de Psicología, Universidad de La Habana
RESUMEN
El presente artículo analiza el desarrollo y estado actual de la psicología en América Latina a la luz de la situación económica, política y social del continente. Se discute el peligro de las escisiones y los mimetismos, así como de una inadecuada construcción de la identidad profesional. Se defiende la necesidad de integración entre los psicólogos latinoamericanos.
Palabras clave: Historia de la Psicología, América Latina, Identidad profesional.
ABSTRACT
This work analyzes the development and current state of psychology in Latín America from the point of view of the economical, política¡ and social situation in the continent. The danger of divisions, mimetisms an inadequate construction of professional identity is discussed. The author suggest that it is necessary an integration among latinoamerican psychologists.
Key words:History of Psychology, Latín America, Professional Identity.
LA PSICOLOGIA Y LOS PSICOLOGOS ANTE EL 2000. LATINOAMERICA, CRISIS, IDENTIDAD.
Se conoce que los primitivos pueblos americanos no fueron indiferentes a los problemas relacionados con la psiquis, que el pensamiento europeo no se depositó como en tabla rasa en los indígenas; y que los latinoamericanos, además de ser precursores en algunas áreas, vieron nacer la ciencia psicológica como árbol vigoroso con raíces propias.
Pero no figuramos en la historia de la psicología mundial, y en nuestros propios planes de estudio es muy significativa la escasez de temas dedicados a la historia de la psicología en los respectivos países y, sobre todo, a la historia de la psicología latinoamericana como conjunto.
El por qué no estamos en la historia tiene una historia. Hace poco menos de 500 años que un viejo soldado retirado, participante de la conquista de México, escribió en sus memorias todo lo necesario para imaginamos al Tenochtitlán de 1519, y para apreciar la magnitud de aquel crimen histórico:
"Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas del encantamiento que cuentan en el libro de Amadís... Algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños... Digo otra vez que lo estuve mirando, que no creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como estas... Ahora está por el suelo, perdido, que no hay cosa en pie". (Díaz del Castillo, 1963, T.1. pp. 268-269).
Tampoco quisieron dejar en pie la cultura, y como parte de la cultura, las formas de entender y tratar lo psíquico. La colonización se caracterizó por la reproducción en América de las costumbres, creencias y producciones culturales de Europa. Todo lo que fuese ajeno a la identidad de los colonizadores se reducía a su mínima expresión, se sometía a una vida clandestina o se eliminaba... como a los propios indígenas.
Los sobrevivientes recibían los supuestos beneficios del moribundo medioevo europeo, y tuvieron que sustituir la labor de los sacerdotes de la confesión, la de los sabios y la de los médicos primitivos, por otras prácticas más del gusto de los conquistadores que nos traían "el saber".
Con el tiempo, los enfermos mentales empezaron a ser tratados como poseídos del demonio. Se les almacenó en hospitales y cárceles o se les dejó vagar por las calles como mendigos. Otros, que no eran enfermos, enloquecían de pavor ante "la civilización" y se suicidaban con sus hijos. Después, los negros sufrieron una suerte casi peor. A diferencia de los pueblos sojuzgados de América, los africanos fueron traídos como esclavos por millones a través del Atlántico. Junto a las mercancías, fueron mercancía ellos mismos, y como tal fueron tratados. Pero si su vida y su efectividad en el trabajo eran apreciadas, su condición humana, su cultura y sus conceptos de salud, cura y felicidad fueron negados por prácticas "modernas", hijas de las revoluciones tecnológicas, del mercado mundial, de la filosofía de las luces del librecambismo. Muchas de esas cosas han cambiado muy poco a pesar del gran desarrollo que en estos cinco siglos la ciencia y la técnica han alcanzado.
Yo en poco tiempo no puedo hacer la historia de nuestras prácticas psicológicas, y mucho menos la de nuestros países. Pero si de mirar un poco hacia atrás se trata, tengo que decir que si en un principio lo foráneo fue impuesto por Europa, más tarde fue venerado por algunos americanos que se avergonzaban de sus razas o se debatían entre el afán de independencia y el hechizo de las culturas europeas. Y aquellas veneraciones de entonces son responsables, entre otras cosas, de las veneraciones y minusvalías actuales. Algunos hombres de letras del siglo pasado, calificados como "progresistas", no parecían muy percatados del valor de nuestros antecedentes. Sarmiento recomendaba en 1861 que no era necesario economizar sangre de gauchos porque era lo único que tenían de humano y como tal era un abono útil a la patria. (citado por Galeano, 1989)
¡No digo yo si se trata de olvidar la historia! Toda nuestra historia, como ha dicho Galeano, es subversiva. Hasta recordar lo que algunos dijeron ayer puede ser ofensivo para los que no lo pueden sostener hoy.
Pero la historia, cualesquiera que sean los cortes que demos y los límites que nos sirvan para establecer las prácticas y disciplinas con las cuales nos identificamos, sigue siendo importante para entender la realidad en que vivimos, las teorías con que operamos y la forma en que personal y profesionalmente enfrentamos ambas cosas.
En cuanto a la historia de la psicología en nuestro s países, ha estado atravesada, desde su constitución como disciplina independiente, por una permanente contradicción entre la dependencia y la identidad. Y, por cierto, que cuando hablo de independencia de la psicología no me refiero al laboratorio de Wundt o a la separación de la psicología con respecto a la filosofía. Esas son también historias dependientes que ignoran que para nosotros era más importante pensar con cabeza propia que separarnos de la filosofía. Todavía hoy en día siguen pensando algunos que la pureza química de nuestra disciplina es más importante que su orientación humanista. En fin, la cuestión es que más bien las cosas pueden entenderse al revés.
Hay quienes dicen que en nuestros pueblos hubo poco desarrollo científico porque nos desgastábamos en guerras y conflictos políticos. Resulta que los que no gastaron tiempo en las guerras ni en pensar la independencia, no fueron precisamente los que más aportaron al pensamiento latinoamericano. Los hombres más avanzados en su pensamiento filosófico, político y social fueron los que mejor entendieron su realidad y los que más se interesaron, desde sus posiciones de compromiso con las ideas revolucionarias, por la educación de sus pueblos, por la salud y por el llamado carácter nacional.
Ellos criticaron la escolástica, introdujeron y enriquecieron el pensamiento positivista, se plantearon cómo debía ser la educación en las nuevas repúblicas y analizaron los determinantes y manifestaciones de la psicología y la identidad de nuestros pueblos.
Sin pretender una evocación melancólica y nostálgica del pasado hay que reconocer en los olvidados precursores de la psicología latinoamericana la capacidad para transformar el intento de la domesticación dogmática en una vía de entrada de lo más avanzado del pensamiento mundial. Y digo olvidados porque son muchos los psicólogos argentinos que no saben quién fue José Ingenieros o Aníbal Ponce, los mexicanos que no conocen a Ezequiel Chávez o los cubanos que ignoran la riqueza del pensamiento de Enrique José Varona.
La psicología, que se hizo independiente junto con la independencia de los pueblos, se caracterizó no sólo por la amplitud, autonomía y diversidad del conocimiento, sino también por la profundidad filosófica, originalidad, criterio propio e interés en conocer todo lo que en el mundo se hacia para aplicarlo, de manera creativa, a la solución de los problemas de cada país. Era también, junto a sus particularidades propias, una psicología muy universal, donde los aportes de Spencer, Stuart Mil¡, Compte, Schopenhauer, Wundt, Kant, Lombroso, Charcot, James, Baldwin, Janet, Bergson, Claparede y de todos los que hasta la época hablan descollado, eran tan frecuentemente citados como sometidos a crítica.
Pero esto, lamentablemente, duró poco. Después, el que leía a Freud no leía a Watson, el que lela a Watson no leía a Piaget, el que leía a Piaget no leía a Fromm; es más, tampoco suelen leer a Fromm los que leen a Lacán o a Moustapha Safouan. Y casi nadie lee a Leontiev. Tendría que ponerse de moda, como afortunadamente está de moda Vigotsky, gracias a la productiva y prolija psicología norteamericana.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, a pesar del desplazamiento del pensamiento europeo por parte del norteamericano, esta forma de enfrentar la psicología, que también suponía una concepción menos fragmentada por regiones, influencias, especialidades y tendencias, era más o menos común para todo el subcontinente y se acompañaba de una muy sana y agradable costumbre de citarnos los unos a los otros. Argentinos a cubanos, mexicanos a argentinos, y todos a europeos y americanos.
Esto también duró muy poco. Todo empezó a desintegrarse no sólo por el lógico desarrollo de nuevas y diversas áreas a las cuales hay que dedicarse a tiempo completo. Ya desde inicios de siglo se veía claramente una psicología que abarcaba desde regiones , muy cercanas a la fisiología hasta las más elevadas 'y fikcas reflexiones acerca de la naturaleza humana.
La cuestión es que desde 1914, y con mucha más fuerza después de 1945, la psicología del subcontinente va a sentir la influencia de norteamérica. La psicología "americana" trajo sus tests, su pragmatismo y sus traducciones. Lo europeo nos va a llegar desde entonces procesado, como las carnes, los cereales y las pieles, por los Estados Unidos. Allport lo dice: "Los teóricos anglonorteamericanos, que son los más exigentes en cuestiones metodológicas, toman prestado, sin ninguna reticencia del trabajo de los demás. Son pocas las ideas básicas propias creadas por ellos (aparte del método), y se han apropiado para construir lo esencial de sus teorías de la obra de sus colegas filosóficos del continente europeo". (Allport, 1986, p. 474). No me queda nada que agregar.
Desarrollarse a imagen y semejanza de los centros de poder era la consecuencia inevitable de la dependencia económica y cultural. Desde México hasta el Iguazú, incluyendo las Antillas y Centroamérica, nos desarrollábamos a imagen y semejanza de los Estados Unidos. El Sur, a imagen y semejanza de Europa. Los indios siguen sin saber leer, pero los intelectuales de Buenos Aires (tal vez también de Montevideo) leen lo que nadie entiende en las universidades norteamericanas. Unos miraban a Cambridge, otros a París.
Estas cosas no pasaban inadvertidas. Basta un ejemplo encontrado en nuestros documentos. En 1950 se celebró en Montevideo el 1er. Congreso Latinoamericano de Psicología. En las actas de ese congreso se expresa la voluntad de los psicólogos de la región de organizar al menos cada cuatro años estos eventos. También se habla de la necesidad de unirnos en favor de un mayor progreso técnico y para "llevar al público una noción clara de la importancia especulativa y práctica de la psicología, mostrándole sus posibilidades de aplicación en el medio social" (Relatorio del Primer Congreso Latinoamericano de Psicología, 1950, p. 11). Al fin, "unidos íntimamente por vínculos de naturaleza y de intereses recíprocos", como decía Artigas (197x, p. X99), podríamos pensar. juntos en nuestros problemas y colaborar para sus soluciones.
Pero no, nunca más se realizó un congreso latinoamericano. de psicología. Ni siquiera nosotros (Sociedad de Psicólogos de Cuba), que realizamos un gigantezco congreso llamado "Psicología 90", lo hicimos. Primó el criterio de que unos cuantos participantes de Europa eran más importantes que recuperar un espacio perdido. Entonces le llamamos "Iberolatinoamericano". Vinieron unos cuantos españoles solidarios, pero convencidos de que venían a enseñar.
También a enseñar vinieron los psicólogos norteamericanos que participaron en el 1er. Congreso Interamericano de Psicología que se llevó a cabo en Santo Domingo bajo los auspicios de Trujillo. No me canso de decirlo: La Sociedad Interamericana de Psicología (SIP) está bien, es útil y cuenta con entusiastas promotores latinoamericanos; pero ocupó nuestro espacio. Volvamos atrás. El deseo del 50 fue convertido en la Sociedad Interamericana del 51; y el congreso que se debió repetir en el 54 fue sustituido por el que desde el 53 hace la SIP.
Después de eso, si nos reunimos los latinoamericanos, lo hacemos por especialidades, por corrientes, por parte o, todavía más fragmentariamente, por la identificación común con alguna tendencia o autor. Cualquiera diría que nuestro desarrollo obedece al mandato de "divide y vencerás".
Después de los sesenta, de los movimientos revolucionarios a favor de los negros y de las minorías; de las luchas por las reivindicaciones sociales de todos; de la contracultura, después de la Revolución Cubana y de las guerrillas latinoamericanas; después de Paulo Freire y del Che, nada siguió igual. Muchos continuaron mirando al norte (europeo o norteamericano), otros, como ocurrió en Cuba, empezaron a moverse al paso de nuestra realidad.
Pero desde todas las regiones, tendencias y especialidades se escucharon cuestionamientos a lo que se pensaba y se hacía en psicología. Cambio social fue la frase de moda. Los psicólogos latinoamericanos querían participar en el cambio. Los de norteamérica nos dieron la receta para liberarnos de ellos. Se la entregaron a aquellos que podían mirar críticamente hacia sí mismos sólo hasta el punto, históricamente determinado, de lo posible para sus modos de entender la psicología. Claro está, con el apoyo de un grupo de famosos entusiastas que creían que para construir una psicología apropiada a nuestras regiones lo mejor era copiarla de la que entraba en decadencia en los Estados Unidos. Así vino una historia que empezó con la epidemia conductista y que, como es tan reciente, muchos aquí recordarán. El Conductismo, el Humanismo, la Psicología Transnacional, la Psicología Comunitaria y otras tendencias más, hablaban de cambio.
Yo no tengo tiempo, y supongo que ninguno de nosotros deseos, para emprender aquí el análisis de esta historia. Eso lo he tratado ampliamente en trabajos anteriores. Sólo digamos que esa fue la respuesta a lo USA; con la mejor de las intenciones, pero a lo USA. En realidad fue la respuesta posible para muchos.
Hubo otra respuesta que a mí me parece mucho mejor. La del movimiento psicoanalítico más revolucionario, la de Plataforma y Documento, la que dio lugar a los Cuestionamos (1971, 1973), la que costó el exilio o la vida a tantos colegas de Argentina y Uruguay durante las dictaduras.
La tercera respuesta fue la de Cuba. En algunos lugares se pensaba que la psicología podía cambiar nuestras sociedades. En Cuba se supo que el cambio de nuestra sociedad podía cambiar los rumbos de la psicología. No era cuestión de ver qué paradigma era el más apropiado para el cambio social. Era cuestión de enrolarse en ese cambio y aprender con él.
Aquí es necesario hacer una especificación inicial. La psicología en Cuba, su desarrollo, su existencia misma, está enraizada en la condición de su escenario natural de vida: Cuba. La situación del país imprime marcas de base que si bien no definen fatalistamente los rumbos de dicho desarrollo, sí dan pautas de inevitable consideración para las instituciones que se ocupan o en las que están insertadas las praxis de los psicólogos, y dan sustento a la construcción de la propia subjetividad individual de nosotros como profesionales. Esto que puede ser un principio de análisis para pensar la psicología en cualquier punto del planeta, tiene un significado especial para el caso cubano. Significado fácilmente comprensible cuando se tiene en consideración que en Cuba no existe práctica liberal de la psicología en ningún ámbito ni especialidad profesional. No hay psicología privada. Todo el trabajo de los psicólogos se realiza en el contexto de instituciones del estado y en relación al conjunto de prioridades del país. Pero este seria, en sí mismo, suficiente tema para una charla particular. (ver De La Torre y Calviño, 1996)
Tratando de ser breve, a pesar de los matices que se le imponen a uno cuando no está en la posición de investigador histórico, sino partícipe de los hechos, y a riesgo de parecer esquemática, pudiera decir que los sesenta (en 1961 y 1962 se fundaron las carreras de psicología en Santa Clara y La Habana) fueron los años de las grandes emergencias y las soluciones creativas, que los setenta fueron años de búsquedas y asentamientos desde el marxismo y los modelos socialistas y que los ochenta vieron tanto el clímax y el fin de una psicología demasiado marcada por las influencias soviéticas, como el despegue de un pensamiento más duro y propio, favorecido también por esas mismas influencias, que por un lado nos dogmatizaron y, aunque parezca contradictorio, por otro, nos formaron.
En el resto de Latinoamérica, durante 1a llamada década perdida, el conductísmo es sometido a todas las críticas posibles hasta demostrar su ineficacia como instrumento "idóneo", "apolítico", "científicamente puro" y "neutral"- de cambio social sin violencia; pasan de moda las teorías capaces de lograr por si mismas el cambio; las corrientes comunitarias latinoamericanas dejan atrás la pretensión de ser paradigmas totalizadores para asumirse como estilos de trabajo más acordes a nuestros tiempos; y los psicoanalistas analizan sus rupturas, e1 malestar en nuestra cultura y el impacto de las dictaduras en la subjetividad y en las prácticas profesionales.
Era lógico; la esperanza democrática de los ochenta propicia el acercamiento de los profesionales de los más diversos tipos, y, junto con eso, el entendimiento más objetivo de las limitaciones, evidenciadas por el empobrecimiento y deterioro crecientes. Para la psicología, el fin de los mitos -por ejemplo el fin del mito conductista (de la Torre y Morenza, 1982)- parecía ser el inicio de la realización de las utopías. Una visión más realista no debía desactivar a la psicología, sino potenciarla.
Pero los problemas de los noventa son algo más que cifras crecientes. El mundo es unipolar, la globalización neoliberal parece irreversible, los países americanos venden las compañías de aviación por el precio de un avión, y perduran los graves problemas económicos y sociales. La pobreza, el desempleo, el ingreso desigual, el trabajo y abandono infantil, la violencia social, fa droga, las prácticas discrimatorias, la inseguridad social, fa burocracia, la corrupción y la dificultad para conciliar justicia social con democracia, son los problemas más graves que debían preocuparnos a todos. Las cifras indican recuperación, pero la pobreza y la desigualdad se incrementan a la par que el crecimiento económico.
Cada vez más, parece evidente que el proyecto de libertad y justicia para todos se hace, como dice Castoriadis, antinómico con el proyecto de dominación sobre la naturaleza y sobre los hombres que está en la esencia de la significación imaginaria del capitalismo (1996). La esencia de esa crisis, aunque los pronósticos no se cumplieran (era científico y revolucionario, no medium) estaban en la base del pensamiento y las motivaciones de Marx. El se consagró a descubrir las leyes que rigen el funcionamiento de la sociedad capitalista y demostró que eran incompatibles con la aspiración de hacer de las personas seres libres y desalienados.
En nuestro país, y desde mi óptica como una profesional de la psicología que no es especialista en ciencias económicas y políticas, no estamos exentos de muchos de esos males contemporáneos. Un país en Revolución no es necesariamente el paraíso que algunos necesitan ver. Las contradicciones son muchas y los problemas difíciles. Mantener las conquistas del socialismo en medio de un contexto que se caracteriza por la economía mixta con predominio estatal y presencia cotidiana de las leyes del mercado. Enfrentar el exceso de circulante en condiciones en que es casi imposible mantenerse con el salario. Lograr establecer y mantener valores que no siempre son reforzados por la dinámica cotidiana de la sociedad. Acompañar ciertas conquistas, como una escuela para todos, de una escuela más desarrolladora. Lograr que las escuelas secundarias, por ejemplo, sean lugares agradables para los adolescentes y no lugares donde se les tenga bajo control y a disgusto, dirigidos a veces por directores que se preocupan más por inhibir todo rasgo propio de la edad, como el largo del pelo o los aretes que las niñas (y las niños) se ponen, que pueden hacer de sus escuelas lugares donde la alegría y la responsabilidad puedan tener un espacio al lado de la instrucción.
En fin, en 1995 se realizaron la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer. Los organismos internacionales publican sus habituales y edulcorados reportes anuales. La Cepa¡ en su "Panorama Social de América Latina" dice, entre decenas y decenas de datos fragmentados (recordemos que la táctica es "divide y vencerás"): "Algunos de los países que redujeron la pobreza a comienzos de los años noventa lograron nuevos éxitos durante el período 1993-1995, y a ellos se agregó Perú, en tanto otros experimentaron retrocesos. Todos estos acontecimientos guardan estrecha relación con la mayor o menor capacidad de los países para mantener un crecimiento económico elevado y conciliarlo con la reducción de la inflación y el desempleo. Por otra parte, un numeroso grupo de países sigue mostrando tasas de crecimiento por habitante que con alta probabilidad les impiden avanzar en su lucha contra la pobreza". (1995, pág. 19). Suena blando.
Yo creo que es mejor leer las "Instantáneas" de Beatriz Sarlo recién publicadas en Argentina, o "Uselo y tírelo" de Eduardo Galeano... Tal vez nuestros alumnos deberían leer, antes de adentrarse en la psicología, "Nuestra América" de José Martí, "La América Nuestra" de José Enrique Rodó, "Calibán" de Fernández Retamar o "Las venas abiertas de América Latina" de Galeano.
De la América Latina donde vivimos, de la América Latina donde hay más de 500 millones de habitantes, y donde una persona puede vivir en uno de los más gigantescos conglomerados humanos del mundo o en condiciones de sociedad primitiva. Y lo que es peor, los de la sociedad primitiva van a parar a esos conglomerados en busca de alimentos y encuentran inhalantes. En América Latina alrededor del 50 % de la población vive por debajo de los límites de la pobreza, y cada uno de nosotros debe 1 000 dólares por concepto de deuda externa. Mientras países como Cuba alcanzan una esperanza de vida superior a los 75 años, hay otros donde no llega a los 60 años, y la mortalidad infantil, cuyo promedio es de 40 por mil nacidos vivos, puede ser superior a 150 en algunas partes.
Tal vez nos pueda parecer que los números son lejanos e impersonales, y que eso no tiene demasiada presencia en nuestras vidas o en nuestras prácticas. Pero no es así. En Colombia uno puede ser asesinado por unos pesos, en Uruguay, dicen las encuestas que el 85 % de la población cree que existe más violencia (Cepa¡, 1995) -pongo la cita de la Cepa¡ porque hoy en día si las verdades no están acordes al sistema de publicación de la American Psychological Association dejan de ser escuchadas- y en Cuba, a pesar de nuestros logros sociales, debemos, día a día, lidiar con manifestaciones más o menos severas de fraude.
Los periódicos de Buenos Aires publican artículos de psicólogos donde dan cuenta de patologías no dependientes de la dinámica interna, sino de las "nuevas" realidades sociales. Y yo me acordaba, leyendo eso, de cuando Reich entró a los barrios pobres de la misma Viena de Freud. Pero esa es otra historia, "y debe ser contada en otro momento". La cuestión aquí es que con estas realidades vivimos y por estas realidades trabajamos.
Yo creo que ser psicólogo en esta parte del mundo, que se erigió sobre las rupturas epistemológicas y ontológicas de la conquista y las migraciones forzadas o espontáneas, no es un simple asunto técnico que se resuelva con una actualizada y diversa bibliografía mundial. Hay que tener vocación y pasión... aunque parezca muy pasado de moda. Hay que tener valor para ser un buen psicólogo en cualquiera de nuestros países. El que no esté dispuesto a enfrentar la crisis existencial que para nosotros representa una profesión que en algunas partes es perversa, porque habla de salud y vive de la patología multiplicada que alimenta los consultorios, o en otras es difícil porque nos enfrenta a problemas que sería más fácil evadir, creo efectivamente, deberla dedicarse a la Psicobiología y estudiar las bases neuronales de las depresiones que llevan a miles de personas al suicidio. Hay quien escoge sus encuadres teóricos en virtud de un balance riguroso del nivel de objetividad y rigurosidad metodológica que tengan. Y de pronto no sabe uno si la ciencia existe para estar al servicio del hombre o el hombre al servicio de la ciencia.
Nuestro mundo está en crisis, pero nuestras profesiones y teorías también. No basta entender los problemas del mundo; tampoco basta buscar la coherencia interna de nuestras teorías. Hay que buscar la mayor congruencia posible entre nuestras vidas y nuestras teorías y prácticas profesionales. Hay que estudiar los problemas del medio social en que se forman las subjetividades de nosotros y de aquellos para los cuales trabajamos. Y hay que estudiar los problemas de nuestra profesión.
A primera vista, pudiera parecer que las dificultades derivadas del subdesarrollo son las responsables de muchos de nuestros problemas más concretos: de la falta de comunicación (a pesar de la técnica) entre los psicólogos del subcontinente, de la falta de bibliografía actualizada, de laboratorios y de adecuadas condiciones de trabajo -para nosotros por ejemplo se ha vuelto un problema muy serio-. También la falta de trabajo -o del crecimiento desproporcionado de los psicólogos-(en algunos lugares van a hacer falta más locos). Pero esa primera apreciación nos engaña. El asunto es mucho más serio y los estragos del subdesarrollo son mayores.
Yo quería acordarme aquí de lo que dice el personaje principal del libro y la película Memorias del Subdesarrollo. El hablaba de que el subdesarrollo es la incapacidad para acumular experiencias y correlacionar conocimientos. Un análisis más profundo nos vuelve a conducir al "divide y vencerás". Lo de menos es que un psicólogo venezolano de los 80 pudiera ser conductista dogmático, un uruguayo un psicoanalista parcializado y un cubano un marxista, dogmático también. Lo peor es que el dogmatismo de cada cual puede muy tranquilamente no haber pasado por una elección personal en base a la experiencia o los estudios. Es lo más probable.
Yo tengo alumnos que me preguntan "¿profesora, cuál es nuestra posición acerca el tal cosa?". Y yo les contesto más o menos lo que ustedes seguramente contestarían. Otros se hacen seguidores de tal o cual tendencia antes de hacerse al menos psicólogos. Y conste, que a mí me gusta que tomen partido y se apasionen por un tema. El problema es que estamos al parecer condenados a la escisión. Y lo peor es que nos escindamos a veces por tal o cual cosa de moda, ajena. Y a más escisiones, más tranquilos estamos con nuestras conciencias criticas: no somos eclécticos. Yo sigo a fulano y tú sigues a mengano. Eso es coherencia. El eclecticismo aparece como el hábito de asimilar los conocimientos aportados por diferentes estudios (por no decir teorías) y no como lo que realmente es: el tomar y utilizar teorías y conocimientos antagónicos entre sí sin pensar en la incongruencia de sus principios explicativos.
Hasta que algún europeo o norteamericano inventa otra teoría en la cual a lo mejor se puede dar el lujo de acordarse de que las personas tenemos conciencia e inconsciente, conducta y necesidades. Hasta que alguien se acuerda que el mismo ser humano que sufre y se suicida es el que piensa y recuerda. ¿Quieren que les diga una cosa?. A veces en algunas reuniones muy importantes de psicólogos, a las cuales he tenido la suerte de asistir, me ha parecido que estoy metida en un libro escolástico al que no pertenezco -por aquello del arte de la argumentación-.
Yo le decía a mis alumnos que el más criticado -también por mí- de los psicólogos contemporáneos, B. F. Skinner, tenía razón cuando decía que las teorías podían obstaculizar el conocimiento. Las teorías se construyen y pueden ser más o menos pertinentes para explicar cosas, fenómenos. Pero si empezamos a construir teorías sobre teorías, olvidándonos de los hechos, del sentido de la profesión y de la gente, acabamos enamorados más de nuestras teorías que de nuestra profesión. Es puro narcisismo profesional.
Para algunos es casi una vergüenza mencionar a Pavlov. Otros sienten que traicionan a la ciencia si se permiten una emoción ante el discurso apasionado y comprometido de ese gigante sacrificado por la dictadura militar de su país que fue Martín Baró. Y tengo que decir, en honor a los marxistas antidogmáticos (ser marxistas y antidogmáticos es, junto con la vocación y el compromiso social, la principal virtud que veo en la mayoría de los psicólogos cubanos), que nosotros si no los leemos a todos es sólo por una crisis económica que hace años viene reduciendo hasta casi cero las revistas, libros y otros medios modernos y actualizados de información.
Los otros días una buena tesis de un alumno me dejó pensando en esto. No se trata de que existan distintos principios explicativos. Se trata de que no sean congruentes. Si usted estudia los tendones y el otro la orina no es posible encontrar principios similares. En psicología, tal vez de manera menos clara, puede pasar lo mismo. Si tos estudiosos de la conducta descubren la ley del efecto y los psicólogos dinámicos las asociaciones ubres; ustedes me perdonan , pero no nos queda más remedio que ver cómo pensamos y articulamos nuestras prácticas de modo que nuestras bifurcaciones no dividan a los pacientes, clientes o "sujetos". Tenemos derecho a escindirnos, pero no tenemos derecho a escindir alas personas con que trabajamos. No le podemos decir a alguien: "mire, a mí no me hable de aprendizaje ni de hábitos, porque eso no está en mi aparato categoríal". Esa, si me lo permiten, es la otra razón por la cual el paradigma marxista en psicología me parece apropiado. Creo que permite la integración.
No creo, por último, que debamos construir nuestra identidad profesional a partir de nuestras afiliaciones más miméticas. Primero están, para mí, los problemas, el sentido de nuestra profesión, las esferas en que trabajamos y lo que deseamos alcanzar. Después, es lógico -y la psicología no está preparada todavía para otra cosa- que en función de lo que trabajemos tengamos, por decirlo de una manera suave, nuestras preferencias. No estoy por decir: "hay muchos problemas, dejemos la teoría". Tampoco por decir: "todos debemos dedicarnos a todo" o "la psicología es una ciencia que debe trabajar en la práctica siempre con un total nivel de integración".
Quiero decir que debemos ser más preocupados por el medio en que vivimos, menos dogmáticos con nuestras teorías y que debemos pensar en los ejes sobre los cuales se construye nuestra identidad profesional.
Yo no sé si el Ariel que soñaba Rodó se podrá hacer realidad; pero sí sé, y aunque parezca manida la cita tengo que repetirla, que para intentar ser mejores como pueblos, para lograr ser mejores psicólogos y hacer socialmente útil nuestra profesión, debemos recordar a Martí cuando decía: "Injértese en nuestras repúblicas el mundo: pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas". Gracias.
REFERENCIAS
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BAULEO, A.; C. BERTOLDO; M. BRASLAVSKY y otros (1973): Cuestionamos II. Buenos Aires: Granica.
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DIAZ DEL CASTILLO, B. (1963): Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. La Habana: Editora del Consejo Nacional de Cultura.
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"Relatorio del Primer Congreso Latinoamericano de Psicología". (1950): Montevideo: Editorial Cepur.
* Conferencia Magistral pronunciada el 28 de octubre de 1996 durante el Encuentro de Psicología Cuba-Uruguay Fac. de Psicología Universidad de La Habana.











