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Revista de psicología - Escuela de Psicología, Universidad Central de Venezuela

versión impresa ISSN 1316-0923

Rev. psicol. - Esc. Psicol. Univ. Cent. Venez. v.25 n.2 Caracas dic. 2006

 

ARTÍCULOS

 

Familias separadas y apego

 

 

Rosa Di Domenico

Escuela de Psicología, Universidad Central de Venezuela

Dirección para correspondencia

 

 


RESUMEN

El apego es un fuerte vínculo afectivo que establece el ser humano a temprana edad y que para muchos autores es determinante en la organización de su personalidad. La separación de los padres, incluyendo el divorcio, es una situación que afecta, en mayor o menor grado, diferentes áreas del desenvolvimiento de quienes están involucrados en ella. Es interés de este trabajo, conocer la existencia o no de relaciones entre estos dos aspectos, específicamente en la pubertad. El artículo consta de dos partes. La primera, comprende una revisión teórica sobre el apego, y la segunda, trata sobre el impacto que la separación de los padres pueda tener sobre el apego de los hijos en el período anteriormente señalado.

Palabras clave: Apego, Separación, Divorcio, Pubertad.


ABSTRACT

Attachment is a strong affective bond that establishes the human being at an early age and that for many authors is fundamental in the organization of personality. The separation of the parents, including divorce, is a situation that affects, in greater or smaller degree, different areas of the unfolding of those who are involved on it. The interest of this work is to know the existence of any relationship between these two aspects, specifically during puberty. This article consists of two parts: the first includes a theoretical revision on attachment, the second is about the impact that separation of the parents can have on the attachment of the children in the period previously indicated.

Keywords: Attachment, Separation, Divorce, Puberty.


 

 

En 1974, Zazzo afirmó que el apego representaba un hecho novedoso de tal importancia que revolucionaría los cimientos e ideas sobre el desarrollo humano, lo que es cierto, ya que se trata de un tema que ha abierto numerosos espacios de controversia y líneas de investigación. En el ámbito teórico, ha sido estudiado fundamentalmente por tres grandes perspectivas que, integrando los criterios de López (1989) y Recagno (1999), pueden explicarse en la siguiente forma:

1. Perspectiva del aprendizaje. Plantea que la conducta del niño se conforma desde el exterior. El niño es activo al buscar satisfacer sus necesidades primarias, pero su interés por los miembros de la especie es secundario. Por lo tanto, el apego es un comportamiento aprendido. Citando un ejemplo, Dollard & Miller (1950) señalan que, durante el primer año de vida, hay muchas ocasiones en que la madre colma las necesidades del niño, estableciéndose una correlación negativa entre los estados del hambre y la ausencia de ellos, y positiva entre su presencia y el alivio de los mismos. De esta forma, en cuanto dadora de reforzadores primarios, la madre adquiere propiedades de reforzador secundario.

2. Perspectiva construccionista. Destaca que “el niño es pensado, actuado y simbolizado antes de ser práctica y presencia continua para la madre” (Recagno, 1999, p. 85). Se trata de un enfoque crítico, que cuestiona las teorías clásicas sobre el apego y destaca que este vínculo es parte de la realidad social que se construye cotidianamente. La madre y el hijo se reconocen mutuamente sin que el lazo biológico de filiación sea una garantía del amoroso.

3. Perspectiva innatista. En esta línea se ubican tres corrientes fundamental: la Etología, el Psicoanálisis y otra tendencia muy influyente, representada por Bowlby (1969) y Ainsworth (1969).

La Etología. Los estudios clásicos de Lorenz (1975) sobre la impronta, lo llevaron a proponer la existencia de esquemas innatos de comportamiento social que conducen al animal a desarrollar rápidamente una preferencia estable por cierta figura. Harlow (1958) en sus investigaciones sobre el apego en los monos, destacó que el factor fundamental en la relación madre – hijo era la experiencia primaria de contacto físico, que no se derivaba de la asociación del rostro o la forma de la misma con la reducción del hambre y la sed.

Los etólogos consideraron la existencia de esquemas de comportamiento relativamente independientes de las necesidades biológicas, cuya función es sobre todo social. Los estudios de Bonino (1980), que cuestionaron las hipótesis sobre el apego formuladas por los teóricos del aprendizaje y por los psicoanalistas ortodoxos, son antecedentes importantes para el desarrollo de la teoría sobre el tópico que estamos tratando.

El Psicoanálisis. Aunque Freud (1905/1981) no elaboró una teoría sobre el apego y sus ideas al respecto son ambiguas, sostiene que se trata de una catexis libidinal o pulsión secundaria, lo que quiere decir, que el establecimiento del mismo se produce partir de la satisfacción del hambre. El niño, al ser colmado en este sentido por la madre, progresivamente se irá vinculando afectivamente con ella, al reconocerla como el objeto que lo nutre. Esta idea es adoptada por su hija Anna Freud (1964), pero no aparece claramente aceptada por Klein (1971), quien en algunos momentos de su obra la contradice, al reconocer que en el niño hay una tendencia innata a estar en contacto y apegarse al ser humano.

Otra tendencia muy importante dentro de la perspectiva innatista, integra los enfoques anteriores pero con una postura propia y desarrolla una teoría diferente sobre el apego. Para estos autores, el origen del mismo no se basa en el aprendizaje ni en una catexis libidinal o pulsional secundaria. De esta forma, se oponen tanto a las ideas psicoanalíticas ortodoxas como a las de los teóricos del aprendizaje, previamente mencionadas. Sus representantes más influyentes son John Bowlby y Mary Ainsworth, cuyos planteamientos se acogen en este artículo.

John Bowlby fue influido por Spitz (1972), quien investigó la Depresión Anaclítica y el Hospitalismo. Respecto de la primera, describió los efectos negativos, como llantos y progresiva pérdida de peso, que la separación de la madre produce en el niño, después de una buena relación con ella durante seis meses, por lo menos. En cuanto al hospitalismo, estudió las consecuencias de la carencia total de afecto en infantes institucionalizados, observando como éstos yacían en la cama totalmente pasivos, inexpresivos, con movimientos extraños. Bowlby (1969), acoge también las ideas de los etólogos y algunas provenientes del psicoanálisis, como el carácter innato del apego.

Elabora dos formulaciones sobre el apego. En la primera, Bowlby (1958) desarrolla la idea de que la primitiva relación madre - hijo es única y se sostiene en instintos parciales radicados en la naturaleza humana a partir de la evolución. Estos instintos maduran en el transcurso del primer año y se expresan a través de cinco pautas de comportamiento: chupar, aferrarse, seguir, llorar y sonreír.

Bowlby (1969) revisa sus ideas y elabora una segunda formulación teórica sobre el apego, superando el concepto de instinto. Afirma que el organismo inicia su desarrolla ya provisto de un amplio, pero finito, sistemas de comportamiento estructurantes. El apego responde a un modelo cibernético según el cual, el vínculo madre – hijo es el producto de la actividad de diversos sistemas comportamentales, que resultan en la cercanía a la misma. El ser humano hereda el potencial para desarrollar dichos sistemas, cuya naturaleza y forma difieren según el entorno. En este contexto, define al apego como:

Un fuerte lazo afectivo a una figura o figuras específicas que emerge completamente durante la segunda mitad del primer año de vida cuando las conductas de apego del infante comienzan a organizarse en un sistema de control que regula la proximidad a la (s) figura (s) preferida(s). (Bowlby 1969, p. 222)

Bowlby (1969) integra los planteamientos de 1958 en sistemas mucho más elaborados, organizados y activados, que controlan el comportamiento instintivo y buscan mantener al niño cerca de su madre. Resalta la función adaptativa del apego, siendo la protección una de sus ventajas, al mantener al niño seguro, cerca de su madre.

El apego funciona sobre la base de un modelo representacional interno, por el que, dentro del mundo interior del niño, se estructura un patrón de trabajo de sí mismo y del cuidador, donde el vínculo cobra especial relevancia. De esta forma, el infante va interpretando los patrones de conducta del otro y planea la suya en función de la respuesta que recibe. Una vez formado, este modelo es difícil de modificar, aunque con el desarrollo del niño, en interacción con el ambiente y nuevas experiencias, puede ser acomodado para adecuar su función.

Según Sroufe, Carlson, Levy & Egeland (1999), la teoría de Bowlby aborda tanto la psicopatología como el desarrollo normal. En ella, el determinismo, aunque es importante, no es absoluto, pues los efectos de las experiencias tempranas sobre la personalidad del individuo dependerán de su historia y del contexto que lo rodea.

Mary Ainsworth (1969) trabaja en la línea de Bowlby (1969) y concibe al apego como:

Un lazo afectivo que una persona o animal forma entre él mismo y otro de su misma especie, un lazo que les impulsa a estar juntos en el tiempo. La característica más sobresaliente es la tendencia a lograr y mantener un cierto grado de proximidad al objeto de apego que le permita tener un contacto físico en ciertas circunstancias o comunicarse a cierta distancia, en otras. (p.50)

Según esta autora, las conductas de apego son las que favorecen, fundamentalmente, la cercanía con determinada persona, a la que el lactante se siente vinculado, y pueden ser: de expresión (llorar, sonreír, vocalizar); de orientación (ver), movimientos relativos a otra persona (seguimiento) y de contacto físico (treparse, abrazar o aislarse).

El estudio de Aisnworth (1969) con la situación extraña, está ampliamente reseñado y analizado en la literatura. En él, observó la exploración de niños entre 8 y 12 meses provenientes de casa cuna y familia, alternando episodios en que el niño estaba con la madre, con ésta y con un desconocido, solo, o solamente con el desconocido. A partir de sus observaciones concluyó: a) las figuras de apego dan seguridad para la exploración, b) la presencia de la madre facilita tareas de aprendizaje, c) la interacción con desconocidos es más positiva si está presente la figura de apego, d) sin embargo, la relación con ella se ve afectada por el tipo de relación previa.

En función de lo anterior, describió tres tipos de lazos de apego: a) Apego seguro (los niños recibían con alegría el regreso de sus madres y volvían al juego. Ellas fueron sensibles a sus señales los primeros tres meses de vida), b) Apego inseguro – evitativo (los niños evadían el retorno de sus madres y se alejaban. Ellas los cargaron con menos afecto y fueron insensibles a sus señales los primeros meses de vida), c) Apego inseguro – ambivalente (los niños buscaban el contacto corporal pero mostraban rabia y conducta resistente. Las madres fueron inconsistentes en su sensibilidad hacia las señales que emitieron sus hijos, los primeros meses de vida).

En 1990, Main & Hesse (c.p. Bretherton, 1992) describieron un cuarto tipo de apego al que llamaron inseguro – desorganizado. En este caso, los niños muestran una combinación de conductas fuertemente evitativas con resistencia a la reunión y comportamientos fuera de contexto, como respuestas de miedo fugaz al retorno de la madre, quien ha sido caracterizada como controladora.

La situación extraña abrió una importante línea de investigación que sigue vigente. Algunos trabajos, por ejemplo, encontraron que la sensibilidad y responsividad materna son predictores de vínculos seguros y desarrollo de habilidades sociales (Velázquez, 1996). Asimismo, el apego seguro posibilita a los niños desarrollar un sentido de sí mismos como agentes activos en el mundo, auto - eficientes e independientes (Meins, 1997); los protege de disfunciones en la conformación del auto concepto (Beeghly & Cicchetti, 1996) y con la figura paterna, les permite ser más autónomos e incrementar sus habilidades espaciales, sensorio motrices, el conocimiento del cuerpo y el placer por nuevas experiencias (Smorti, 1990). Por su parte, los niños con apego inseguro y madres ansiosas presentan dificultades en el desempeño social, depresión y problemas somáticos (Friedman, 1997), así como agresividad importante en la relación con sus pares (Constantino, 1996).

 

Características y Evolución del Apego

El desarrollo de la noción de permanencia de objeto y de la habilidad motora favorecen el desarrollo del apego. Por una parte, el niño es capaz de representarse la figura con sus correspondientes cuidados y anticipar su presencia. Por otra parte, puede desplazarse hacia ella buscando seguridad y contención en caso de ser necesario, ya que la figura de apego es una fuente de seguridad para él, en un momento de su desarrollo en que va a ir experimentando tanto placer por la exploración y la independencia, como sentimientos de ansiedad o temor ante la separación.

El apego se va conformando a partir de un proceso interactivo, o sistema diádico sincronizado (López, 1989). Tanto el niño como la figura de apego poseen una serie de características que aportan a la relación y realizan determinadas actividades para que ella se conforme. El infante nace con una situación de indefensión y necesidad, pero también con una activa tendencia a buscar las figuras humanas. La madre es quien complementa estas características ya que tiene la capacidad para cuidarlo y satisfacer sus necesidades; está socializada y, además, posee una inclinación especial para interactuar con él. En este escenario, ambos ejecutarán actividades que irán formando ese vínculo particular que es el apego. El niño, por su parte, realizará conductas procuradoras de contacto corporal, sirviéndose de los reflejos y su tendencia a buscarlo. Emitirá señales de comunicación social como gestos, llantos y sonrisas, prefiriendo estímulos sociales.

La madre, por su parte, desplegará conductas hacia el niño, tales como caricias, abrazos, besos. Se comunicará con él hablándole, sonriéndole, tocándolo. En ese proceso de interacción permanente, la relación se conformará y fortalecerá, siendo importantes factores como la calidez afectiva de la figura de apego, su responsividad o capacidad de entender y responder a los mensajes que emite el niño, y la reciprocidad, aspectos que Sroufe, Weinfield & Ogawa (1997) han denominado diálogo mutuo.

Como se mencionó, el apego va desarrollándose en el tiempo. En las etapas que proponen, tanto Bowlby (1969) como Ainsworth (1969) coinciden en que la preferencia por figuras de la misma especie, hacia las que el niño se orienta y emite señales, es fundamental para la conformación del lazo afectivo. Éste evoluciona desde la indiferenciación de las señales hasta la progresiva discriminación y reconocimiento del objeto con el que se establece la relación especial y la búsqueda de contacto, proximidad y reciprocidad. Es interesante resaltar que a lo largo del ciclo vital el apego no desaparece, sino que se va expresando de diferentes maneras como, por ejemplo, en la disminución de sus manifestaciones.

Las conductas de apego son importantes ya que, por estar al servicio de la proximidad, interacción y contacto con la (s) respectiva (s) figura (s), favorecen la supervivencia de la especie, el desarrollo cognoscitivo, afectivo, emocional y social, ofreciéndole tanto protección como seguridad al niño.

 

Apego y Reacciones a la Separación

Los autores han descrito, básicamente, tres reacciones a la separación respecto a las figuras de apego: la angustia de los ocho meses (Spitz, 1972), la ansiedad ante los extraños (Bowlby, 1969) y la ansiedad ante la separación y pérdida (Bowlby, 1975). En la primera, el niño, entre los 6 y 8 meses, distingue entre amigos y extraños. Si un desconocido se le acerca activamente y la madre desaparece, él baja los ojos, grita, llora, se esconde o se tapa la cara porque tiene miedo.

Esto demuestra que la madre es su objeto libidinal y que ha formado una auténtica relación objetal con ella. La segunda se manifiesta entre los 8 y 11 meses. El miedo a los extraños se evidencia también con la madre presente y sus manifestaciones son iguales a la anterior. El tercer tipo se observa en niños que son abandonados, separados o que pierden a sus figuras de apego. Las reacciones se expresan en tres etapas, a) Protesta (llantos, gritos, inapetencia), b) Ambivalencia o desesperanza (entre 8 días a un mes: llanto desconsolado, angustia, desinterés u hostilidad si la figura de apego reaparece), c) Adaptación o desapego (olvida a la figura de apego, puede formar nuevos vínculos).

 

Separación de los Padres y su Relación con el Apego

En el apartado anterior se describieron las reacciones a la separación que el niño pequeño puede presentar con respecto a su(s) figura(s) de apego. Asimismo, en la introducción de este trabajo, se presentó una interrogante referida al posible efecto que pueda tener o no la separación de los padres, como pareja, sobre el apego del niño en la pubertad, entre los 9 y 12 años de edad aproximadamente.

La separación de los padres, que incluye el divorcio, tiene una serie de consecuencias en el mundo emocional y psicológico del niño. Según Gallino (1997) este impacto es mayor en el rango de edad señalado. Podríamos pensar, siguiendo la teoría del apego, que las reacciones antes descritas serían diferentes en la pubertad, lo que significa que el niño es capaz de mostrar un manejo más adecuado de sus emociones. Sin embargo, no puede obviarse que el apego permanece a lo largo del ciclo vital. En este sentido, si bien las manifestaciones ante la separación parecieran ser más controlables, están presentes y pueden ser intensas, ya que toda situación que implique un cambio en la organización vital del ser humano, a cualquier edad, tiene determinadas consecuencias en su personalidad. Éstas se pueden manifestar en diferentes esferas: emocional, social, cognitiva y particularmente, en el apego (Pierce, Vinokur & Buck, 1998).

Boles (1999) señala que durante la pubertad y adolescencia temprana se va a producir un segundo proceso de individuación, por lo que es importante la presencia de los padres que aporten seguridad emocional, lo que garantiza un mejor ajuste en la adolescencia tardía. Es por ello, que la separación de los mismos va a representar un evento perturbador en dicho proceso, pudiendo generar sentimientos de soledad y nostalgia en el niño, así como, disfunciones en la consolidación del auto concepto, ideas que comparten autores como Goosens, Marcoen, Van Hess & Van de Woestijne, (1998), Polan & Hofer, (1999) y Thurber, (1999).

En este orden de ideas, según Barber (1998) cuando los padres se separan, el apego de los hijos hacia ellos puede declinar, lo que lleva a predecir el posible desarrollo de conductas manipuladoras y menos altruistas, inseguridad en las relaciones interpersonales, menor eficiencia académica y baja probabilidad de desarrollar un apego seguro con sus hijos.

Si bien la separación de los padres no significa un abandono hacia el hijo, es evidente que se trata de un cambio en la forma como éste se vincula con sus progenitores. En este sentido, diversos autores han investigado la importancia que revisten aspectos como la responsividad materna, las redes de apoyo y el tipo de apego en la forma como los púberes van a enfrentar dicha separación.

Así, en cuanto a la responsividad materna, según Tavecchio & Thomeer (1999) la carencia de ésta y del soporte emocional de los padres hacia el púber, producen fuertes sentimientos de nostalgia y pérdida ante el divorcio de los mismos.

En relación con las redes de apoyo, para Reibstein (1998) una vez que el púber está involucrado en el proceso de divorcio, ante el sentimiento continuo de pérdida, el vínculo persiste, aún cuando pareciera lo contrario, debido a los intensos sentimientos de rabia y resentimiento subyacentes. Según este autor, el apego también aparece en el contexto de las relaciones que establecerá el niño con las figuras que de alguna manera van a representar para él, un apoyo psicológico durante y después de la separación de sus padres. En este caso, es importante la presencia de figuras sustitutas, como los abuelos y tíos, y la calidad de la relación que se establezca con ellas.

Siguiendo la línea establecida por Ainsworth (1969), diversos autores han estudiado la importancia del tipo de apego conformado en los primeros años, sobre la forma cómo la separación de los padres impactará en el desarrollo de la personalidad, el ajuste y el desenvolvimiento social en la pubertad. Resaltan Fraley, Davis & Shaver (1998) que el apego, tanto en este período como en la adolescencia y la adultez, se organiza de manera similar que en los niños.

Así, el modo como se afrontará una separación en dichas edades se asocia con la manera en que se manifestó en la infancia. Un apego seguro en edades tempranas favorece al púber en cuanto al establecimiento de vínculos más armoniosos con los demás, con menor presencia de conductas desviadas, y en general, de un mejor ajuste psicosocial (Newcomb & Loeb, 1999).

Asimismo, le ayuda a resolver con mayor eficacia, menor confusión y conflicto los cambios propios de la edad y las situaciones de estrés que se presenten, como el divorcio de los padres (Allen, Moore, Kupermic & Bell, 1998). La probabilidad de desarrollar conductas desviadas será baja, y mostrarán una mayor regulación emocional durante la separación, menor cantidad de síntomas físicos e inseguridad y una favorable disposición a confrontar y resolver los problemas negociando directamente con los padres. En general, su percepción de las relaciones posteriores al divorcio será más positiva (Grossmann, Grossmann & Zimmermam, 1999).

El apego inseguro, relacionado con una historia de maltrato, carencia afectiva y abandono, no permite una adecuada organización de la personalidad, generando diversos trastornos y conflictos en la pubertad y la adolescencia (Carlson, 1998), reflejándose en bajos niveles de adaptación, pobre auto concepto y variada sintomatología psicopatológica. Asimismo, provoca más estrés y angustia antes, durante y después de la separación de los padres. (Cooper, Shaver & Collins, 1998).

Hazelton, Lance & O’Neil (1998), estudiaron el efecto a largo plazo del divorcio de los padres sobre el apego de los hijos en la pubertad y adolescencia, describiendo resultados contradictorios con la teoría. Los niños que tuvieron apego inseguro con progenitores rechazantes antes del divorcio, cambiaron de manera favorable sus relaciones de apego con ellos, posteriores al mismo. Esto lo explican señalando, que después de la separación de los padres, el rechazo de éstos hacia sus hijos se reduce, mejorando el vínculo entre ellos.

Por su parte, los hijos de hogares intactos con apego inseguro y padres igualmente rechazantes, sí mostraron efectos negativos en sus relaciones interpersonales y apego con los padres, en edades posteriores. Pareciera ser que la separación, al aliviar las tensiones de la pareja, también mejora la relación con los hijos, que quizás era difícil por formar parte de un ambiente conflictivo. Asimismo, esto confirma la idea sobre la modificabilidad del modelo representacional interno, relativo al funcionamiento del apego, propuesto por Bowlby (1969).

De igual forma, en las edades consideradas, si bien decrece la dependencia hacia los padres, la cercanía y aceptación de éstos, independientemente de su status marital, hacia los hijos, ayuda en el desarrollo de relaciones de apego seguras con otras personas y con los pares. Para Ensign, Scherman & Clark (1998) un divorcio altamente conflictivo, se asocia con bajos niveles de intimidad y confianza en los vínculos afectivos con los iguales.

 

Críticas

Se han formulado numerosas críticas a la teoría del apego. Por ejemplo, Burman (1998) asumiendo una postura feminista radical, señala, entre otros cuestionamientos, que el enfoque de Bowlby (1969) culpabiliza a las mujeres, confirma su lugar en el hogar y excluye a los hombres de los roles de crianza. Desde un enfoque transcultural, LeVine (1990) destaca el desconocimiento, por parte de la teoría del apego, de los contextos socioculturales y su efecto en las pautas de crianza.

Si bien estas críticas no pueden ser ignoradas, también se debe resaltar que la dependencia que caracteriza al neonato lo obliga a establecer relaciones de apego con su(s) cuidador (es) y a éste (os), a su vez, a establecer algún tipo de vínculo con el mismo. Es posible que la forma como el lazo afectivo se va a conformar y las características que tendrá, estarán matizadas por la cultura, pero también por otras variables, como las peculiaridades de la(s) figura (s) de apego, el temperamento del niño, la historia de apego del cuidador (es), el significado del niño para el mismo, la representación de la maternidad y del cuidado infantil, entre otros elementos que le dan un carácter complejo y multidimensional al tema tratado. Es por ello que no pueden asumirse posturas radicales frente al tema, cuyo estudio debe continuar, así como los debates que en torno a él se puedan abrir.

En cuanto al vínculo entre separación de los padres y apego en la pubertad, se trata de un área aún no suficientemente investigada, pero tiene un carácter novedoso e interesante. Se hace necesario, por ejemplo, estudiarlo en diferentes contextos sociales, especialmente en Venezuela, pues no se encontraron trabajos al respecto, así como en diversas poblaciones, con el fin de dar respuestas a un problema contemporáneo de alta incidencia.

 

Conclusiones

El tema del apego es fascinante y complejo, aunque por momentos aparece poco sistematizado y contradictorio en sus planteamientos. Por sus características, se abre a múltiples posibilidades de debate e investigación dentro de la teoría del desarrollo.

En este artículo, resultó interesante indagar acerca de la teoría del apego y abordar la perspectiva de la separación de los padres y su relación con el mismo en los púberes, como una de esas interesantes líneas de investigación, que si bien no cuenta con gran cantidad de trabajos, ofrece la posibilidad de intentar dar respuesta a una situación que afecta directamente al niño, en un período evolutivo altamente vulnerable. Así, pudimos observar que el efecto de la separación de los padres sobre el apego de sus hijos púberes depende de múltiples variables y tiene diversas connotaciones.

Si bien no puede adoptarse un punto de vista estrictamente determinista, los diversos estudios apuntan, en general, a un mejor ajuste en las diferentes esferas de la personalidad y a un manejo más efectivo de dicha situación en púberes que tuvieron un apego seguro durante los primeros años de vida.

 

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Dirección para correspondencia
Rosa Di Domenico
E-mail: rdomenicopsi@cantv.net