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Psicologia da Educação

versão impressa ISSN 1414-6975

Psicol. educ.  no.28 São Paulo jun. 2009

 

Una mirada integradora de la resiliencia parental: desde el contexto hasta la mente de las madres y los padres en riesgo psicosocial

 

Um olhar integrador da resiliência parental: do contexto à mente de mães e pais que vivem sob stress psicossocias

 

An integrative approach to parental resilience:from context to the parent's mind under psychosocial risk

 

 

Maria José Rodrigo López

Dra. Catedrática de Psicología Evolutiva. Facultad de Psicología. Universidad de La Laguna. España. E-mail: josefa.rodrigo@gmail.com

 

 


RESUMEN

Es bien sabido que la presencia de estresores psicosociales dificulta una adecuada realización de la tarea de ser padres. Sin embargo, algunos padres son capaces de educar adecuadamente a sus hijos incluso estando bajo la presión de dicho estrés psicosocial. Son aquellos que demuestran tener lo que se podría denominar resiliencia parental. Definimos la resiliencia parental como un proceso dinámico que permite a los padres desarrollar una relación protectora y sensible ante las necesidades de los hijos/as a pesar de vivir en un entorno potenciador de comportamientos de maltrato. En este capítulo se exponen dos aspectos fundamentales para avanzar en el estudio de la resiliencia parental. En primer lugar, se realiza una evaluación del riesgo psicosocial y del apoyo social de las madres resilientes en relación con aquellas con comportamientos de maltrato hacia sus hijos. En segundo lugar, analizaremos el tipo de funcionamiento cognitivo-conductual de dichas madres resilientes en relación con aquellas que presentan conductas coercitivas y negligentes y en comparación con un grupo de control del mismo nivel educativo. A partir de este perfil cognitivo-conductual de la resiliencia parental se darán algunas claves para el trabajo profesional y para fomentar la resiliencia en los padres bajo estresores psicosociales desde una mirada integradora de la misma.

Palabras clave: resiliencia parental; conductas de maltrato; riesgo psicosocial.


RESUMO

Sabe-se que a presença de estressores psicossociais pode impedir a adequada realização da tarefa de ser pais. No entanto, alguns pais são capazes de educar adequadamente seus filhos, mesmo sob pressão de estresse psicossocial. Estes, são aqueles que demonstram o que poderia ser chamado de resiliência parental. Resiliência parental define-se como um processo dinâmico que permite aos pais desenvolverem relações protetoras e sensíveis às necessidades dos filhos, apesar de viverem em ambientes potencializadores de comportamentos de maltratos. Este artigo aborda dois aspectos fundamentais para o avanço do estudo da resiliência parental. Em primeiro lugar, foi realizada uma avaliação de risco psicossocial e do apoio social de mães resilientes em relação àquelas com comportamentos de maltratos com seus filhos. Em segundo lugar, será analisado o tipo de funcionamento cognitivo-comportamental destas mães resilientes em relação àquelas que apresentam conduta coercitivo e negligente e em comparação com um grupo controle de mesmo nível educacional. A partir deste perfil cognitivo-comportamental e de um olhar integrador da resiliência parental pode-se ter algumas pistas para o trabalho profissional e assim promover a resiliência dos pais que vivem sob estresses psicossociais.

Palavras-chave: resiliência parental; comportamentos de maltratos; risco psicossocial.


ABSTRACT

It is well known that the presence of psychosocial stressors involves difficulties in the parenting role. However, some parents are able to parent adequately even under the pressure of psychosocial stress. They exhibit what might be call parental resilience. Parental resilience is the process by which parents are able to develop a protective and sensitive relationships with their children in spite of living in a environment that promote maltreating behaviors. This paper addressed two main aspects to advance in the study of parental resilience. First, we performed an assessment of psychosocial risk and social support of resilient mothers in comparison to those who showed maltreating behaviors towards their children. Second, we analyze the cognitive-behavioral functioning of resilient mothers in comparison to those non-resilient and control mothers. Finally, we provide some clues for professional work to promote parental resilience under at-risk circumstances from an integrative approach.

Keywords: Parental resilience; Maltreating behavior; Psychosocial risk.


 

 

1. Contexto psicosocial de la resiliencia: riesgos y apoyos

En la vida diaria nos enfrentamos a un buen número de estresores que tienen importantes repercusiones sobre nuestro funcionamiento personal y familiar. Hay que distinguir entre tres niveles de estrés según su menor o mayor gravedad: a) el estrés cotidiano que se produce en el cumplimiento de múltiples obligaciones, horarios apretados, atascos de tráfico, sobrecarga laboral, etc.; b) el estrés crónico que va asociado a situaciones de violencia doméstica, dolor crónico, graves dificultades económicas y laborales, vivienda en barrios inseguros y violentos, inmigración; y c) la presencia de sucesos vitales negativos como pérdida de un familiar, divorcio, incapacidad debida a accidente o enfermedad, cárcel, desalojo de la vivienda, embarazo no deseado, etc.

La presencia de alguno o varios de estos estresores, sobre todo en la medida en que pertenecen a los niveles más altos de la jerarquía, obliga a cambios importantes en el funcionamiento familiar y, en particular, en el sistema parental. La necesidad de realizar dichos cambios aumenta la vulnerabilidad de los padres para hacer frente a los mismos. Por lo que se pueden dar con mayor probabilidad desajustes que provienen de la necesidad de llevar a cabo un buen afrontamiento de la situación mediante reestructuración cognitiva, un manejo adecuado del estrés, búsqueda de apoyos sociales, entre otros. Concretamente, la tarea de ser padres en presencia de estresores psicosociales se lleva a cabo con grandes dificultades que provienen de la sobrecarga que supone la atención a dichos estresores que compite con la necesaria atención e implicación que requiere la labor educativa. Por ello, la presencia de dichos estresores en la vida de la familia desvía el foco de la atención de los padres hacia otros temas más acuciantes, los hace insensibles hacia las características de sus hijos y a sus reacciones en la vida diaria, promueve una toma de decisiones rígida y automática, y no permite prestar atención a las consecuencias de sus acciones educativas sobre los hijos. Todo ello disminuye la capacidad de atención y evaluación reflexiva de las situaciones cotidianas promoviendo respuestas poco flexibles y articuladas ante dichas situaciones.

Sin embargo, algunos padres son capaces de educar adecuadamente a sus hijos incluso estando bajo la presión de dicho estrés psicosocial. Son aquellos que demuestran tener lo que se podría denominar resiliencia parental. Definimos la resiliencia parental como un proceso dinámico que permite a los padres desarrollar una relación protectora y sensible ante las necesidades de los hijos/as a pesar de vivir en un entorno potenciador de comportamientos de maltrato. Este es un concepto relativamente nuevo, a pesar de que una serie de autores ya señalaran la importancia que tiene un ambiente familiar cálido y acogedor y unas buenas relaciones padres-hijos como factor protector y potenciador de la resiliencia de los hijos (Baldwin y cols., 1992; Masten y Coatsworth, 1998; Ackerman y cols., 1999; Wyman y cols., 1999). Asimismo, en otros estudios se ha descrito la llamada resiliencia familiar como aquellos procesos que posibilitan a las familias, que tienen que lidiar con situaciones de crisis o estrés crónico, salir fortalecidas de dichas situaciones (Yunes, 2006; Walsh, 1998; 2003). El concepto se refiere por tanto a procesos de afrontamiento y adaptación de la familia como unidad funcional ante tales estresores. Nuestro concepto de resiliencia parental se limita al componente del sistema educativo parental, una parte muy sensible del sistema familiar que, como hemos señalado más arriba, puede quedar muy afectada en aquellas familias que viven bajo situaciones de estrés psicosocial.

¿Cuáles son los indicadores de riesgo psicosocial que aparecen relacionados con ese funcionamiento inadecuado del sistema parental del que pueden derivar situaciones de maltrato o que, al menos, constituyen predictores de su posible aparición? La respuesta a esta importante pregunta ha ido ligada, en un primer momento, a los diferentes modelos etiológicos que se han planteado para explicar la aparición de dichos comportamientos parentales. Citaremos a dos de los modelos que han propiciado un enfoque más integrador al problema. Belsky (1980) propuso que las características individuales de los padres, el microsistema o ambiente inmediato de desarrollo, el exosistema o comunidad de la que forma parte la familia y el macrosistema o valores sociales y culturales son los cuatro factores que contribuyen de manera conjunta y probabilística a la ocurrencia de comportamientos de maltrato por parte de los padres. Por su parte, Cicchetti y Rizley (1981) presentaron un modelo ecológico transaccional, en el cual describen la existencia de factores potenciadores y compensadores del riesgo de maltrato, que están presentes en los distintos niveles que influyen en el desarrollo. Tanto los factores potenciadores como los compensadores pueden ser transitorios o duraderos. Las relaciones entre ellos determinan la cantidad de riesgo biológico, psicológico y social que el individuo tiene que afrontar, y así, el maltrato tiene lugar cuando los factores de riesgo superan a los de protección. En ambos modelos queda patente que la acumulación de múltiples factores de riesgo es más relevante para determinar un posible resultado evolutivo que la presencia de algunos de ellos por separado (Garmezy y Masten, 1994).

El apoyo social es uno de los factores de protección que puede contribuir a contrarrestar el efecto del riesgo. Lin y Ensel (1989) definen el apoyo social como el proceso por el cual los recursos sociales que proporcionan las redes formales e informales de apoyo permiten satisfacer a las personas necesidades instrumentales y expresivas en situaciones cotidianas y de crisis. Los servicios formales de ayuda implican a profesionales especializados que operan de modo unidireccional a partir de un sistema de categorías explícitas para evaluar las necesidades, decidir quiénes se van a beneficiar de los servicios, seguir reglas formales y protocolos estándar para actuar en los diversos casos y establecer criterios objetivos acerca de lo que constituye éxito o fracaso de la ayuda (Gracia, 1997; Gracia, Herrero y Musitu, 1995; Lila y Gracia, 1996). Por su parte, las redes informales de apoyo son la red natural como la familia, las amistades, los vecinos, etc. y las organizaciones de ayuda informal como las organizaciones voluntarias y grupos cívicos solidarios (Cowen, 2000; Navarro, 2004). En las redes informales la ayuda forma parte de un sistema ecológico de intercambios mutuos más privados, plurales y continuados, donde las personas desempeñan roles complementarios e interdependientes de ayuda dentro de un marco amplio de derechos y obligaciones en el grupo primario, vecindario, comunidad o cultura.

Ambos sistemas no son incompatibles sino que se recomienda que los sistemas formales fortalezcan el rol de los sistemas informales para que descubran nuevos recursos existentes en la comunidad, potencien la utilización de los mismos y actúen como facilitadores de los grupos y colectivos que pueden llegar a asumir funciones de apoyo (Garbarino, 1977; Litwak, 1978; Navarro, 2004). Las fuentes de apoyo informal no suelen menoscabar los sentimientos de competencia y de control de las personas sobre sus propias vidas, a diferencia de lo que puede ocurrir cuando se acude a una ayuda profesional. Tienen una accesibilidad natural, se utilizan espontáneamente en el lugar y momento apropiado, están enraizadas en las relaciones interpersonales, son muy variables y se adaptan a muchos tipos de problemas y necesidades y suelen reportar mayor beneficio psicológico al proveedor (Gottlieb, 1983). Por ello, las personas tienden a buscar en primer lugar estas fuentes informales de apoyo cuyo uso incrementa los propios sentimientos de competencia y de control sobre sus vidas y potencia el compromiso, la reciprocidad y la responsabilidad por el cuidado de los otros.

En los dos siguientes apartados describiremos los resultados de estudios que analizan los indicadores de riesgo y las fuentes de apoyo social en las madres resilientes comparadas con las que presentan conductas de maltrato.

1.1 Factores de riesgo psicosocial en la resiliencia y el maltrato

En la Comunidad Canaria hemos llevado a cabo una evaluación extensa de los niveles de riesgo psicosocial observados en las familias usuarias de los Servicios Sociales municipales que están en situación de riesgo psicosocial (Rodríguez, Camacho, Rodrigo, Martín y Máiquez, 2006). Entendemos por familia en situación de riesgo psicosocial a aquella en la que los responsables del cuidado, atención y educación del menor, por circunstancias personales y relacionales, así como por influencias adversas de su entorno, hacen dejación de sus funciones parentales o hacen un uso inadecuado de las mismas, comprometiendo o perjudicando el desarrollo personal y social del menor, pero sin alcanzar la gravedad que justifique una medida de amparo, en cuyo caso se consideraría pertinente la separación del menor de su familia. La intervención que se lleva a cabo con estas familias desde los servicios sociales municipales sigue una filosofía de preservación familiar, según la cual la familia es una fuente importante de estabilidad y de apoyo para el menor, por lo que deben hacerse todos los esfuerzos necesarios para que pueda seguir manteniendo estas funciones del modo mejor posible.

La existencia de tales programas de preservación familiar ha sido posible a partir de que en 1997 se promulgara la Ley 1/97 de Atención Integral al menor y a la Familia que promueve, entre otras acciones, una organización multi-nivel de los servicios de protección a la infancia. En dicha ley, las funciones de los servicios autonómicos, insulares y locales se articulan según sus competencias respectivas en materia de protección ante el riesgo y el desamparo del menor. Con esta distinción se inaugura un nuevo espacio de actuaciones preventivas con los menores y sus familias que, aún presentando una serie de indicadores de riesgo psicosocial que comprometen en mayor o en menor medida el desarrollo del menor, pueden seguir manteniendo a sus hijos con ellas. La puesta en práctica de la ley ha puesto de relieve la importancia crucial que tiene la evaluación del grado de severidad del riesgo psicosocial que afecta al menor. Hay que tener en cuenta que, si la evaluación del riesgo no es adecuada, pueden tomarse decisiones incorrectas respecto al futuro del niño, ya sea en la familia o fuera de ella.

El estudio que describimos tuvo como primer objetivo analizar qué perfil o perfiles de riesgo psicosocial permiten discriminar mejor entre tres niveles de riesgo: bajo, medio y alto. Para ello se parte de la valoración caso por caso, llevada a cabo por los técnicos especializados de los servicios municipales, de la ocurrencia de una serie de indicadores de riesgo que reflejan la gravedad de la situación familiar en términos de su peligrosidad para el desarrollo del menor. En esta evaluación del riesgo psciosocial de estas familias se han tenido en cuenta factores contextuales (Redes de apoyo, la Organización familiar, y la Historia personal y las características del padre/madre) y factores proximales de riesgo (Relación de pareja, las Prácticas educativas de riesgo y los Problemas de adaptación del hijo/a), con el fin de observar de qué modo se combinan unos y otros para dar lugar a los diferentes perfiles de riesgo. Asimismo, para cada caso los técnicos emitían un juicio global de severidad del riesgo, calificándolo como bajo, medio o alto. Mediante análisis estadísticos, se pretendían obtener aquellos perfiles de riesgo psicosocial que mejor discriminan entre tales niveles de riesgo.

El estudio fue llevado a cabo con 468 casos de menores y sus familias de las islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma. Todas las familias eran usuarias de los servicios sociales de su comunidad e iban a participar en el programa de formación para padres elaborado por la Universidad de La Laguna y la Fundación ECCA. Del total de familias, 245 eran biparentales y 223 eran monoparentales, según que convivieran los dos o un solo miembro de la pareja en núcleo familiar. La valoración del riesgo fue realizada por 45 profesionales de los servicios sociales municipales que conocían los casos de primera mano (a razón de 8 a 10 casos evaluados por cada profesional). Los resultados indican que existe un perfil de indicadores que describen una situación de desventaja psicosocial que caracteriza tanto a las familias de riesgo medio como a las de riesgo alto. Estos indicadores comunes son los siguientes: Estructura familiar con alta presencia de monoparentalidad femenina; Insuficiencia de recursos e inestabilidad laboral; Historia personal de abandono; Malestar psicológico; Deprivación sociocultural; Relación de pareja inestable/conflictiva. Se trata de indicadores que reflejan una situación de virtual exclusión social.

Sin embargo, las familias con comportamientos de maltrato hacia sus hijos presentaban además de los anteriores los siguientes indicadores de riesgo que componen un perfil que podríamos denominar de violencia familiar y maltrato: Dificultades en la organización doméstica; Falta de higiene y control sanitario del hijo/a; Historia personal de maltrato físico y de conducta antisocial; Relación padres-hijos conflictiva; Relación entre hermanos conflictiva; Retraso y absentismo escolar; Problemas de conducta del menor en el ámbito escolar, familiar y social. Se trata de indicadores que reflejan una mayor desorganización en la vida familiar, un mayor deterioro de las relaciones familiares y un mayor desajuste del menor. En suma, mientras que las familias con un nivel de riesgo medio presentaban una media de 7 indicadores de riesgo, las familias con un nivel alto presentaban una media de 14 indicadores de riesgo con repercusiones mucho más negativas en la vida familiar. Las familias de riesgo bajo no se asocian a ninguno de los perfiles anteriormente citados. Como pudimos comprobar posteriormente en otra investigación con madres resilientes y madres que maltratan, el perfil de riesgo de las primeras equivale al perfil de las de riesgo medio, mientras que el perfil de las que maltratan equivale al perfil de riesgo alto (Rodríguez, 2005; Rodríguez, Rodrigo, Janssens y Triana, en prensa).

1. 2. Relación entre el nivel de riesgo y el apoyo formal e informal

Veamos ahora cómo son los apoyos sociales de las familias según sus niveles de riesgo psicosocial, pues ahí podemos encontrar algunas claves diferenciales que permiten analizar los factores de protección con los que cuentan unas familias y otras. En este estudio, la muestra estuvo compuesta por 481 madres, 235 referidas por los servicios sociales de la Comunidad Autónoma de Castilla y León y 246 madres no referidas por dichos servicios, pero todas ellas asistiendo al programa de educación para padres organizado por nosotros en dicha comunidad (Rodrigo, Martín, Máiquez, & Rodríguez, 2007). Tras evaluar el nivel de riesgo psicosocial de las madres referidas por los servicios sociales, siguiendo el mismo protocolo que en el estudio anterior, se obtuvo que 140 madres presentaban un nivel bajo de riesgo, 60 presentaban niveles medios y 35 niveles altos. A todos los grupos se les administró una Escala de Apoyo Personal y Social, adaptada de la Escala de Apoyo social en los sistemas informales y la Escala de Apoyo social en los sistemas formales de Gracia, Herrero y Musitu (2002). Consta de 8 items que evalúan la percepción de ayuda derivada de la red personal y la institucional, en dos tipos de circunstancias: cuando se tiene un problema con alguno de los hijos/as y cuando se tiene un problema personal.

Los resultados obtenidos por medio de un análisis discriminante para comparar las diferencias en las variables de recibir apoyo de las redes personales e institucionales indican que los mayores apoyos percibidos para el grupo sin riesgo proceden del colegio y de la pareja, mientras que para el grupo de riesgo proceden de los servicios sociales, de Caritas, de la policía y en menor medida de la Dirección General del Menor, del vecino y del amigo. Por tanto, lo distintivo de las familias sin indicadores de riesgo es que concentran principalmente su ayuda en dos pilares del microsistema (familia, escuela) y su posible relación en el mesosistema, mientras que lo que caracteriza diferencialmente a las de riesgo es que tienen restringidas las ayudas del microsistema y se dirigen a fuentes de ayuda situadas en el exosistema, tanto hacia aquellas instituciones tradicionalmente de ayuda como a personas no pertenecientes a la familia (vecinos y amigos). Ello indica que estas familias son muy vulnerables ante los entornos sin recursos ya que dependen para su buen funcionamiento de los apoyos sociales del exosistema que, a menudo, requieren de una buena planificación y provisión de recursos (Garbarino, 1977).

Dentro del grupo de riesgo, los mayores apoyos percibidos para el grupo de bajo riesgo proceden de los amigos, de la pareja, de los vecinos y de la escuela, mientras que para el grupo de medio-alto riesgo proceden de otras instituciones (sanidad, Cruz Roja u otras ONGs), otras personas, la Dirección General del Menor, la policía y los abuelos. Es comprensible que los padres de riesgo alto, las madres que son las que mayoritariamente contestaron al cuestionario, con tales perfiles de violencia y maltrato, en muchos casos pidan ayuda a otras instituciones y a la policía. Sin embargo, parece sorprendente que en el riesgo medio-alto, donde nos encontramos con situaciones de gran deterioro de la convivencia familiar, se vuelva a contar con la familia cercana. La clave puede estar en que estos miembros familiares hacen labores de apoyo y de sustitución cuando los padres se encuentran en la imposibilidad de atender a sus hijos, lo que sucede muy a menudo en sus circunstancias. Los Servicios Sociales conocen y valoran también la presencia de este apoyo "incondicional" de los abuelos que se pone en marcha en numerosas ocasiones de crisis y que puede llegar a ser permanente.

En suma, mientras que en el grupo de riesgo en comparación con el de no riesgo se observan redes en el exosistema más difusas, que dependen del buen funcionamiento de las instituciones, en el bajo riesgo frente al medio alto se observa más integración comunitaria, y menos dejación de funciones parentales.

 

2. Perfil cognitivo-conductual de las madres resilientes y las que maltratan

Una vez analizado el contexto psicosocial en el que se mueven las familias ahora se trata de analizar, de modo más micro, el funcionamiento cognitivo de las madres en situación de resiliencia y contrastarla con la de las madres con comportamiento de maltrato. Estos aspectos más mentalistas son muy importantes para entender por qué se reacciona de una manera o de otra ante los estresores psicosociales. A continuación nos plantearemos también la observación de su comportamiento en situaciones interactivas con sus hijos.

La muestra del estudio estuvo compuesta en este caso por 100 madres de varios municipios de Tenerife y su hijos/as preadolescentes (Rodríguez, 2005; Rodríguez, Rodrigo, Janssens y Triana, en prensa). La mitad de estas madres presentaban comportamientos de maltrato (25 negligentes y 25 coercitivas), 25 de ellas no manifestaban maltrato hacia sus hijos a pesar de tener que lidiar en sus vidas con adversidades (resilientes) y las otras 25 eran un grupo de madres de control con el mismo bajo nivel educativo que las otras para poder establecer comparaciones. Debemos aclarar que la clasificación de madres resilientes surgió de una definición operativa proporcionada por los técnicos de los servicios sociales. Esto es, preguntábamos por aquellas familias que a pesar de tener un nivel de riesgo medio o alto no parecían tener a juicio de los técnicos problemas importantes en la educación de los hijos e hijas e incluso éstos no presentaban problemas de ajuste significativos, si exceptuamos un cierto retraso escolar. Una vez detectado el grupo se trataba de indagar empíricamente sus teorías y praxis educativas y compararlas con las de los otros grupos.

A partir de la entrevista semiestructurada de Newberger (1980) que pregunta sobre las concepciones que tienen las madres sobre los hijos, sobre su relación con ellos y sobre su papel como madres, se obtuvo un perfil de contrastes entre los cuatro tipos de madres. Para ello se analizó la estructura de razonamiento de las madres obtenida en la entrevista articulada en cuatro niveles de complejidad, cualitativamente diferentes entre sí y ordenados jerárquicamente, que suponen cada vez mayor flexibilidad y capacidad para integrar la información desde varias perspectivas. Estos niveles los citamos a continuación:

Orientación egoísta (nivel 1). Los padres se centran en sus propias necesidades, intereses y sentimientos, y esperan que sus hijos comprendan cuáles son estas necesidades y deseos como padres.

Orientación convencional (nivel 2). Los padres consideran las costumbres, tradiciones y normas prescritas por la sociedad; la paternidad se define siguiendo las costumbres sociales predeterminadas, y está dirigida a que los hijos alcancen las conductas socialmente deseables.

Orientación subjetivista (nivel 3). Los padres adoptan la perspectiva de cada niño particular, teniendo en cuenta sus necesidades; la paternidad implica construir una buena relación emocional con el niño y respetar sus necesidades evolutivas.

Orientación a la relación (nivel 4). Los padres se ven a sí mismos y a los niños como individuos con sus propios intereses y necesidades, pero formando parte de una relación de intercambio mutuo, que está en constante cambio.

Cada uno de los niveles introduce una nueva perspectiva que no se tenía en cuenta en los anteriores, funcionando en cada caso como una matriz organizadora del pensamiento a través de la cual los padres se representan la relación con sus hijos y organizan sus acciones respecto a ellos. Los diferentes niveles indican un desarrollo de la flexibilidad cognitiva y de la capacidad de integrar información procedente de diferentes puntos de vista. A medida que se avanza en ellos, se logra alcanzar una mejor comprensión del significado de la parentalidad, lo cual puede subyacer a las actitudes y creencias de los padres acerca de la relación parento-filial.

Los resultados indican que la estructura del razonamiento de las madres resilientes era muy similar a las madres control ya que ambas tienden a razonar centradas en las necesidades del niño (nivel 3) lo que indica que lo han individualizado y han construido un rol parental concreto no un rol genérico. Por su parte las madres con tácticas de coerción y negligencia presentaban un perfil similar entre sí y diferente del anterior ya que tendían a razonar (sobre todo las madres negligentes) centradas en sus propias necesidades.

A partir de los datos de la misma entrevista, se realizó un estudio de los esquemas interpersonales o modelos de relación que presentaban las madres. Estas son estructuras cognitivas que las personas desarrollan para representar los patrones de relaciones interpersonales, y que funcionan como mapas cognitivos para navegar en el mundo social. Desde esta perspectiva, el foco de interés no está en las cogniciones sobre los demás o sobre el propio individuo, sino en las cogniciones sobre las relaciones interpersonales en sí mismas. Para el presente estudio analizamos las siguientes dimensiones interpersonales:

1) La dimensión de poder, que entiende la relación en términos de autoridad, control, establecimiento de normas, restricciones, y obediencia. En ella podemos describir dos extremos, en uno de ellos se encuentra el esquema interpersonal de alto poder, y en el otro el esquema de bajo poder.

2) La dimensión de reciprocidad, que entiende la relación en términos de confianza, mutualidad y como forma de compartir vivencias e inquietudes. Se valoran dos polos, la presencia de reciprocidad y la ausencia de reciprocidad.

3) La dimensión de afecto, que conceptualiza la relación como un intercambio de cariño, amor y armonía. Sus dos extremos se encuentran en el afecto y/o aceptación, y en la Falta de afecto y/o rechazo.

4) La dimensión de apoyo, que considera el papel de guía, ayuda y sostén emocional e instrumental. Se tiene en cuenta dos polos, por un lado el apoyo parental, y por otro el apoyo filial (inversión de roles).

Los resultados indicaron que tanto las madres resilientes como las del grupo de control tienen un esquema de reciprocidad para las relaciones con sus hijos basado en la comprensión y confianza mutua y no basado en el poder o la jerarquía. Sin embargo, las madres coercitivas y negligentes tienen un esquema de bajo poder según el cual perciben que no pueden dominar a sus hijos aunque desearían hacerlo y sienten que salen adelante gracias al apoyo del hijo/a (inversión de roles). En suma, las madres resilientes y control demuestran más perspectivismo y más reciprocidad en las relaciones con sus hijos que las madres que maltratan.

A estas mismas madres, se les tomaron registros de video mientras que interactuaban con sus hijos preadolescentes durante una tarea cooperativa. Esta tarea consistía en hacer una serie de recados en lugares situados en un plano imaginario de un barrio, para lo cual tenían que elegir la ruta más corta. También se observó el comportamiento de los hijos. Las categorias de conducta observadas tanto en la madre como en el hijo fueron las siguientes: Calidez (mostrarse afectuoso con el otro, mostrar placer y entusiasmo sobre lo que hace el otro, sonreir, hacer bromas); Afecto negativo (mostrar hostilidad, falta de respeto al otro, agresión física o verbal); Pasividad (desentenderse de la tarea, no hacer nada, no mostrar iniciativas); Evitación (no hacer caso a las demandas del otro y resistirse intencionalmente a la interacción); Intrusismo (controlar la conducta del otro e interferir en sus planes de modo impositivo); Sensibilidad (responder de modo contingente a las demandas del otro, apoyarle y animarle cuando lo hace bien); y Comentarios sobre la tarea (hablar con el otro sobre la estrategia utilizada, sobre los planes a seguir).

Los resultados indican que las díadas resilientes y de control tendían a tener madres menos pasivas, hijos menos evitativos, los hijos resilientes más centrados en hacer comentarios sobre la tarea, los hijos control más cálidos, y las madres control más cálidas y sensibles. Sin embargo, las díadas de Coerción/negligencia se caracterizaban por el siguiente perfil: Madres negligentes más pasivas, menos responsivas e hijos menos cálidos y más evitativos; hijos coercitivos más intrusivos (conflicto de poder).

En suma, las díadas resilientes eran las más activas y centradas en la tarea pero eran menos expresivas y sensibles que las de control. Por su parte, en las díadas coercitivas o de negligencia se observaban problemas en la capacidad de colaborar con sus hijos adecuadamente en la tarea interactiva, dándose comportamientos de evitación, pasividad y de conflictos sobre el poder. En general se observa además menos calidez en las interacciones y eso que se trataba de una tarea sin estrés y con tiempo ilimitado. Parece pues que tener un mayor nivel de perspectivismo induce a las madres a mostrarse mucho más cálidas y sensibles a las necesidades de los hijos y mucho más cooperativas en sus interacciones diarias con sus hijos e hijas, que es donde se vehicular la mayor parte de los aprendizajes relevantes para éstos. Es interesante que las madres resilientes no llegaran al nivel de ajuste óptimo como las madres del grupo de control, pero el hecho de que se concentraran en la tarea indica un afán por llevar a cabo acciones concretas y cumplir con las demandas, actitud que puede facilitar un modelaje positivo para los hijos.

 

3. Claves para fomentar la resiliencia

A partir de los resultados anteriores podemos definir una serie de claves que debemos tener en cuenta cuando se llevan a cabo programas de intervención con estas familias. Es muy importante el fomento de características resilientes, no de las "ideales" puesto que estas condiciones podrían no funcionar en situaciones donde el balance entre el riesgo y el apoyo está desequilibrado a favor del primero. Por tanto no nos tenernos que basar en los modelos parentales que sólo funcionan en aquellas poblaciones que no están tan sometidas a factores de riesgo como los que hemos analizado (Rodrigo, Máiquez, Martín & Byrne, 2008).

Hemos organizado las claves en dos grandes grupos que hacen referencia al contexto psicosocial y al perfil cognitivo/conductual que hemos trazado en los anteriores apartados.

3.1. Mejorar sus relaciones con el contexto psicosocial y fortalecer su rol de padres

En primer lugar, hay que lograr como decíamos antes un balance más equilibrado entre riesgos y apoyos sociales. Una de las claves es fomentar no solo la búsqueda de apoyos formales, que a menudo promueven la dependencia del técnico, sino también algunos apoyos informales sobre todo aquellos provenientes de fuentes comunitarias: amigos y vecinos, además del apoyo de los abuelos. Con ello se logra que la familia normalice más su funcionamiento ya que estos apoyos son naturales y refuerzan el sentimiento de valía personal.

En segundo lugar, hay que fomentar el reconocimiento de su papel central como padres. Muy a menudo son padres muy poco implicados que no consideran que su papel sea importante o bien lo trivializan suponiendo que ya lo han cubierto haciéndose cargo de las necesidades materiales de los hijos e hijas. Los padres tienen que verse a sí mismos como figuras importantes en su papel protector y educador de los hijos y no como actores secundarios que casi salen fuera de la escena familiar.

En tercer lugar, hay que promover el reconocimiento de que lo que ocurre en la familia afecta al niño. Los padres suelen buscar factores causales sobre el comportamiento de los hijos que están fuera de su alcance. Ellos no sienten que lo que les ocurre pueda tener que ver con sus comportamientos y actitudes. No se trata de culpabilizarlos al respecto sino de que asuman que tienen capacidad para cambiar favorablemente la vida de sus hijos y la de ellos mismos.

En cuarto lugar, hay que fomentar la colaboración para llevar el mensaje a los padres de que el cambio es posible. Si el técnico les dice lo que les pasa, lo que deben hacer y luego les controla para ver si han cumplido con la tarea, es muy difícil que los padres se sientan protagonistas de su proceso de cambio y que colaboren activamente en la propia definición y comprensión de la situación y de sus necesidades.

Por último, hay que darles estrategias de afrontamiento ante las dificultades que seguro van a experimentar. Ayudarles a seleccionar aquellos retos que es posible afrontar y que produzcan cambios más positivos en sus familias y enseñarles a buscar los apoyos necesarios para salir adelante.

El gran reto es conseguir todo lo anterior logrando la autonomía de los padres en la toma de decisiones y que éstos no tengan que pasar a depender del técnico

3.2 Mejorar la evaluación de situaciones educativas

En primer lugar, hay que conseguir que las cogniciones de las madres y padres se basen en cogniciones más centradas en el niño y sus necesidades. El reconocimiento de su papel central como padres es fundamental ya que, como señalábamos en la introducción, es muy frecuente que estos padres se focalicen en las duras condiciones de la vida diaria y desvíen su foco de atención de los hijos. Asimismo es importante que sepan que lo que ocurre en la familia puede afectar al menor para que comprendan que su papel como padres es muy importante.

En segundo lugar, hay que conseguir que los padres conciban las relaciones con sus hijos desde un punto de vista más horizontal. Ello no indica dejadez, ni negligencia, ni dejar al niño a su aire, sino todo lo contrario darle más entidad y protagonismo como un ser en construcción, una persona que merece respeto y atención. Es en definitiva concebir las relaciones con mayor reciprocidad basadas en las relaciones de confianza y comunicación. Pero para ello deben aprender a interesarse por los hijos y a supervisar sus actividades diarias.

En tercer lugar, deben tener mayor capacidad de perspectivismo y reflexión para poderse poner en el punto de vista de otros y poder valorar y tener en cuenta las circunstancias atenuantes. A menudo, no se puede evitar que la conducta de los padres se dispare sin mediar reflexión alguna pero cuando esto ocurre sistemáticamente, los padres quedan a merced de sus impulsos y pueden ser arbitrarios al no valorar adecuadamente que el niño estaba cansado, que quería jugar un poco más, etc.

En cuarto lugar, hay que ampliar el repertorio de conductas de los padres. A menudo se equivocan porque no conocen alternativas a sus propias reacciones. Deben saber que no hay una sola forma de actuar que es la correcta cualquiera que sea la situación sino que hay muchas opciones que hay que saber elegir para cada caso. En general hay que saber combinar dos tipos de tendencias. De un lado, la supervisión y el control del niño, señalando normas y límites a su conducta y demandando un comportamiento más maduro por parte de éste. De otro, los padres deben mostrar sensibilidad hacia las necesidades de sus hijos, afecto y cariño y sobre todo apoyo en todo lo que debe hacer, de modo que pueda alcanzar el éxito.

Por último, hay que fomentar en los padres el compromiso de cambio y la autocorrección de sus propias pautas en función de las consecuencias que observan en los hijos. Ningún padre o madre, sea de riesgo o normalizado, está libre de equivocarse con sus hijos. Pero la diferencia estriba en el grado en que están dispuestos a cambiar sus comportamientos cuando han observado reacciones adversas en los hijos y, sobre todo, hasta qué punto piensan siquiera sobre ello.

El gran reto es conseguir todo esto mejorando la percepción de sus capacidades parentales y su implicación en la tarea. Para todo ello es muy importante que los padres se sientan con fuerzas y tengan confianza en sus propias capacidades pues es muy peligrosa la sensación de falta de capacidad que a menudo aparece como consecuencia del comportamiento de los "expertos" que critican excesivamente y terminan retirando el control a los padres. Es importante que estos padres enfrenten los sucesos adversos con optimismo y posibilismo en lugar de sentirse víctimas de las circunstancias y llegar a creer que ya no hay nada que hacer. Solo así tendrán motivación para cambiar y participar activamente en su propia mejora como padres y como familia.

 

4. Conclusiones

El enfoque de la resiliencia parental que hemos presentado combina los enfoques ecológicos y comunitarios, centrados en analizar factores de riesgo y protección, con los enfoques más psicológicos, centrados en analizar mentalidades y praxis educativas. Estamos de acuerdo con Yunes (2006) en que sólo desde un enfoque integrador que ponga el acento en los procesos transaccionales que tienen lugar entre los padres y sus contextos psicosociales es posible vislumbrar algunas características de esta parentalidad resiliente. Cualquier postura reduccionista que ponga el acento sólo en el contexto o sólo en el individuo resulta insuficiente a todas luces. A partir de los resultados de nuestros estudios hemos observado que las madres resilientes, en contraste con las que presentan comportamientos de maltrato hacia sus hijos, cuentan con un balance más equilibrado entre riesgos y apoyos sociales. Presentan menos indicadores severos y cuentan con una red más adecuada de apoyos sociales, entre los que destacan los que provienen de la comunidad. No es extraño que con esta proporción más favorable de factores de riesgo y de protección sean capaces de cubrir mejor las necesidades de los hijos y proporcionarles un entorno educativo más adecuado.

También hemos hecho un viaje al interior de la mente de estas madres resilientes y hemos detectado concepciones más adecuadas (perspectivismo y reciprocidad) sobre la relación con sus hijos y su papel como madres. Además hemos observado que presentan interacciones con sus hijos más adecuadas, centradas sobre todo en que los hijos realicen las tareas, si bien en este apartado les queda mucho por aprender para mejorar la calidad de la interacción y mostrarse más sensibles e interactivas con sus hijos. Todo ello es indicativo de que ese mejor balance y equilibrio entre riesgo y apoyos que señalábamos anteriormente va asociado a una mejor disposición mental y conductual para educar adecuadamente a sus hijos. Probablemente algún papel pueda jugar el hecho de que estas madres interpreten su situación de riesgo de modo más positivo y constructivo. Observaciones incidentales de los técnicos nos indican que estas madres no adoptaban una postura de víctimas ni aludían a su futuro de modo fatalista. Por el contrario se mostraban optimistas y dispuestas a intentar el cambio, lo cual es bien sabido que es un factor de pronóstico favorable en la intervención.

Pero quizás lo más interesante y prometedor de todo ello es que el enfoque de la resiliencia puede suponer un cambio muy importante de mentalidad para los técnicos. En primer lugar, frente al pesimismo sobre las posibilidades de recuperación de las familias en situación de riesgo (Yunes y Szymanski, 2003) y el abuso de términos negativos como familias multiproblemas, disfuncionales, desintegradas, etc., hay que reconocer sus puntos fuertes y sus potencialidades, entre las que se cuenta la resiliencia parental. En segundo lugar, porque gracias a este concepto podemos dejar de buscar modelos ideales para guiar la intervención familiar. Los modelos a seguir no serán ya los de las familias normalizadas sino los de las familias resilientes que son las que han podido salir adelante en tales entornos. En tercer lugar, porque dada la gran variabilidad de situaciones familiares y de posibles formas de resiliencia en función de la especial combinación de factores de riesgo y protección de las familias, vamos a dejar de hablar de "recetas" que los padres deben seguir. En su lugar vamos a ayudar a los padres a que hagan de su parentalidad "un traje a medida" y no el traje estándar que se supone que deben realizar. Finalmente, porque para promover la resiliencia hay que fomentar un planteamiento en positivo centrado en el desarrollo de capacidades y competencias tanto para los padres como para los menores. Tomado de este modo, el concepto de resiliencia puede resultar un buen heurístico para cambiar las filosofías asistenciales en los servicios sociales y pasar a enfoques más preventivos y de promoción del desarrollo de las personas como usuarios de estos servicios.

Contamos para ello, como recursos imprescindibles de cara al trabajo con familias en situaciones de riesgo, con un conjunto de programas grupales dirigidos a los padres y a los hijos e hijas de estas familias usuarias de los servicios sociales que pueden ayudarles a desarrollar las competencias necesarias para mejorar su ajuste personal y familiar. Estos programas se están llevando a cabo en varias comunidades autónomas de España (v.g., Canarias, Castilla y León, Aragón). Con el programa dirigido a las madres y padres: Apoyo Personal y Familiar, podemos lograr cambios positivos en varias facetas fundamentales del funcionamiento parental de las madres y padres que maltratan a sus hijos o que los educan de modo muy inadecuado, mediante interacciones grupales con otros padres que duran unos ocho meses con hora y media a la semana (Máiquez, Rodrigo, Capote y Vermaes, 2000; Martín, Máiquez, Rodrigo, Correa y Rodríguez, 2004; Rodrigo, Máiquez, Martín y Rodríguez, 2005; Rodrigo, Correa, Máiquez, Martín, y Rodríguez, 2006; Rodrigo, Máiquez, Correa, Martín, & Rodríguez, 2006). Es decir, que tomando como objetivos de la intervención, entre otras, las modificaciones cognitivo-conductuales antes indicadas, podemos obtener algunos cambios muy positivos que nos permiten seguir confiando en su papel como madres y padres. Contamos también con programas grupales para menores de 6 a 12 años, el "Programa La Caseta", y el programa "Construyendo mi futuro" para adolescentes (Rodrigo, Máiquez, García, Medina, Martínez y Martín (2006), ambos destinados a fomentar competencias personales y sociales en los hijos e hijas de estas familias. Sin duda, nos queda mucho por avanzar pero los lindes del camino están señalados y también la meta. Asimismo, debemos perseverar y seguir en el camino del fortalecimiento de la colaboración institucional que está haciendo posible estas experiencias de intervención. De este modo, es como mejor servimos a aquellas familias que necesitan una nueva oportunidad para rehacer sus vidas.

 

Agradecimientos

Mi reconocimiento a la profesora María Luisa Máiquez, y al profesor Juan Carlos Martín por la participación en las investigaciones descritas en este trabajo y en el diseño, e implementación de los programas dirigidos a padres y a los menores en riesgo psicosocial. Mi agradecimiento también a los Cabildos de Tenerife, Gran Canaria y La Palma, a los técnicos de los Servicios Sociales Municipales de la Comunidad Canaria y a los técnicos de los Servicios Sociales Municipales y Diputaciones y de la Junta de Castilla-León que han colaborado en la ejecución de dichos programas. Asimismo, quiero expresar mi agradecimiento a las familias que han participado en nuestros estudios y en nuestros programas. El diseño y análisis de los estudios descritos han sido financiados por el Proyecto del Ministerio de Ciencia e Innovación. SEJ2007-67082/PSIC.

 

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