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Natureza humana

versão impressa ISSN 1517-2430

Nat. hum. v.8 n.2 São Paulo dez. 2006

 

ARTIGOS

 

La función del psicoanálisis de niños en la deconstrucción del psicoanálisis tradicional

 

The function of the psychoanalysis of children in the deconstruction of traditional psychoanalysis

 

 

Ricardo Rodulfo

Universidad de Buenos Aires

Dirección para correspondencia

 

 


RESUMEN

Se plantea un examen de la función histórica retroactiva del psicoanálisis “de niños”, examinando sus consecuencias clínicas y teóricas de alcance general, poniendo especial énfasis en como reconstruye las categorías y nociones básicas del psicoanálisis tradicional.

Palabras clave: Historia; Retroacción; Posición Teórica; Especificidad de una clínica.


ABSTRACT

This text is an essay destinated to a deep exam of the clinical and teorical consequences of the so called “child psychoanalysis” upon the “main” one, searching particularly how “that” psychoanalysis deconstructs the principal issues of the traditional one.

Keywords: History; Feed-back; Theorical position; Clinical issues.


 

 

Sostendremos la siguiente tesis: la función política – y no solo “teórica”- del psicoanálisis de niños es dar por terminado – después de aprendérselo bien- el psicoanálisis tradicional. Esta enunciación escueta requiere varios niveles de elucidación: qué hay que dar por terminado en el psicoanálisis en el plano de sus contenidos y sistemas conceptuales; qué hay que dar por terminado en el plano de las operaciones que engendran aquellos conceptos; qué en lo que hace a los procedimientos; institucionalmente instituidos, de escritura. Finalmente, se debe incluir una muy seria pregunta en cuanto a que es dar por terminado. Y tener en cuenta, esto es esencial, que dar por terminado es índice de un querer seguir, de que hay algo que vale la pena proseguir. Herencia.

¿Y qué vale la pena del psicoanálisis, hoy? ¿Su abrumadora reiteración de sus propios lugares comunes u otra cosa distinta, extraviada en la Babel de léxicos, pero viviente? ¿Valen la pena el complejo de Edipo, la pulsión de muerte, la segunda tópica, la doctrina del significante, con su corolario reverencial a los “grandes nombres”? ¿Es eso lo que vale la pena o vale la pena otra cosa? Una cosa, por cierto tan tenue que no se lleva bien con lo que evoca una cosa, la suspensión en el aire de un colibrí en pos de las gotas perdidas de una regada iluminada por un rayo de sol inestable. Apenas una manera de pensar y de tomar en consideración. Pero esa manera de pensar, precisamente, es la que se ve entorpecida por la recurrente, fatigada, manera de aplicar el psicoanálisis al psicoanálisis. El psicoanálisis aplicado a sí mismo se devora esa manera, propiamente psicoanalítica, de pensar.

Vayamos ahora punto a punto.

 

I – El trabajo con niños y con adolescentes ofrece una buena oportunidad para tomar conciencia de lo vetusto e inadecuado de los conceptos más habituales del psicoanálisis y de lo más vetusto e inadecuado aún de la manera de usarlos. Ya podríamos introducir una corrección: los conceptos suelen ser, no solo anticuados sino endebles en su constitución misma (v. para el caso “narcisismo” surgido de la colisión entre la no-lectura de un mito con nociones populares –v. el “egoísta”, el “vanidoso”, etc. etc.- atestadas de valoraciones prejuiciosas sobre una supuesta antinomia entre amar a otros y amarse a sí, rubricado todo esto con diversos efectos de un vocabulario pretencioso que pasa por “teorizar” y aún por pensar, que imaginará diversas “metapsicologías” del narcisismo. Todo tan real en su fundamentación como las manipulaciones físicas y mentales de los alquimistas), pero lo peor radica en la relación del psicoanalista con ellos, en su mezcla de reverencia y de pereza intelectual que lo induce a tomarlos por buenos, por consistentes. El psicoanálisis ¿necesita de conceptos consistentes? Caso que pudiera tenerlos. Como manera de pensar se las puede arreglar bien, y hasta le puede servir mejor a su naturaleza “judía” la precariedad de ellos; ¿en qué radica, por ejemplo, “lo judío”, en una idea establecida, congelada o en la insistencia, insistente, de preguntar del preguntar?

Una genuina experiencia psicoanalítica – es decir, aconteciendo un encuentro con la singularidad de un “paciente” – con un bebé o un niño muy pequeño pone de relieve, con cierta facilidad si se quiere, que todas las elucubraciones acumuladas sobre lo “autoerótico”, lo “narcisista” y aún lo “autístico normal” de él son completamente insostenibles e inadecuados a la realidad clínica con que el analista se mide. La banal imagen de una trayectoria desde aquel autoerotismo-narcisismo hasta una nunca plena “objetalidad” y primacía de un “principio de realidad” es moralizante y falsa de cabo a rabo. Pero ¿no se puede hacer el duelo? Con variaciones –lacanianas por ejemplo – se la sigue sosteniendo. Los pocos autores independientes que levantan el inventario de ese desacople – Jessica Benjamin, Bleger, Stern, Winnicott – no son precisamente los más leídos. Otras veces, los verdaderos problemas se desplazan a detalles de menor importancia, como fue el caso a propósito de si había que traducir “Trieb” por “instinto” o por “pulsión”, en lugar de poner de relieve la consistencia metafísica que dota de su inconsistencia al concepto tanto en un caso como en el otro: si somos mónadas, hay que postular “fuerzas” con “energía” que nos vinculan.

Pero acaso no hay nada tan específicamente psicoanalítico como considerar – y tratar – al concepto como un obstáculo, un obstáculo que deja pasar o entrever algo de lo que obstruye. En lugar de eso, los psicoanalistas en su conjunto, como institución, (que no es necesariamente el “mismo” psicoanalista en la soledad de su consultorio) maniobran con los conceptos, las categorías y las nociones de su disciplina a la antigua ingenua usanza, “prefreudiana” en todo caso. Consideran conceptos a los conceptos, los conceptualizan conceptualmente y sin ninguna reconstrucción.1 Esto desaprovecha el funcionamiento virósico del psicoanálisis, su capacidad (no en tanto teoría, en cuanto manera de pensar) para apropiarse lúdicamente de diversos programas teóricos y usarlos para reproducirse a su modo, o sea, reproduciéndose como manera de pensar. (Homóloga reificación llevó a asimilar la práctica –artesanal – a una técnica aplicable y hasta a fetichizar muebles, como en el caso del diván, o dispositivos temporales – como el de los “cincuenta minutos”).

 

II – El plano de las operaciones es aún mucho más insidioso, ya que el resplandor que para los psicoanalistas emana de los conceptos que han aprendido los enceguece para detectar las operaciones subyacentes que los constituyen en el psicoanálisis tradicional. Consideremos por ejemplo la analogía, un procedimiento caro a Freud. ¿Por qué caminos una analogía basada en una lectura caprichosa y arbitraria en sus cortes cree “descubrir” a Edipo en todo niño? La analogía inspira una identidad: el niño es Edipo, el Edipo leído por Freud, encima de todo. Las disensiones y variaciones posteriores se apoyarán en take it for granted: “a qué edad” empieza “el” Edipo – o sea, la plena realización del ser del niño en tanto ser edípico -, si su implantación es de adentro para afuera o procede de afuera para adentro, etc. etc.

Todo niño, escribimos. Quedó señalada al pasar otra operación clásica en la formación de los conceptos psicoanalíticos, la universalización apresurada, tan contraria a lo que podríamos llamar “espíritu científico”, aún en dosis moderadas. En efecto – y no será el único caso – Freud no lo enuncia bajo la forma de “he hallado en tal número de casos que ...” sino que de inmediato se lanza a la proposición de un Edipo universal e intemporal, sobre una base tan endeble como el “auto-análisis” de algunos de sus sueños. Con eso parece bastarle. Cuando años más tarde dude de la posibilidad de un psicoanálisis de niños porque a estos habría que “prestarles demasiadas palabras” parece entregado al retorno de una proyección: es él quien le ha prestado a Hans – sin que éste le pidiera nada prestado, pues el documento levantado lo muestra como un pequeño muy de propias palabras – palabras y toda una construcción para forzarlo a ser edípico, contra todas las particularidades del material. De donde se fecha un no-comienzo del psicoanálisis de niños: pues éste no puede nacer de una aplicación violenta del psicoanálisis de adultos sobre ellos. Tampoco podría nacer meramente de una innovación “técnica” por importante que sea, como la que introduce Melanie Klein. En fecha no unívocamente precisable, más o menos hace 50 – 60 años,2 el psicoanálisis de niños empieza su advenimiento cuando Winnicott practica, apoyado en su posición de pediatra, un giro: empezar de nuevo, desde la experiencia de estar con el bebé y con el niño, de asistir al desenvolvimiento del jugar, dejando abierta la cuestión de las superposiciones y desacomodamientos entre el retrato de niño que se irá trazando y los que proceden del niño reconstruído y patomórfico.3 De donde no nos parecerá casual su generación de términos o de un vocabulario propio para pensar (Winnicott no se apura a forjar “conceptos”, lo cual podría detener el movimiento de su pensar) y su semioculta aversión por las metapsicologías psicoanalíticas, adultocéntricas de principio.

Decir entonces, que el psicoanálisis de niños tiene su punto de partida histórica en el historial de Hans es equivalente a festejar el 12 de octubre como el día del “descubrimiento” de América. Aquí y allá, “descubrimiento” tiene idéntica función encubridora a desconstruir. Por ejemplo: el “descubrimiento” del complejo de Edipo como núcleo del ser-niño encubre la resistencia y la dificultad de aproximarse a esa diferencia en diferición que es un niño.

Por otra parte, una tercera operación (pero no decimos que sólo haya tres, claro), que acude a menudo en apoyo a la universalización a la que acabamos de hacer referencia, es la introducción de hipótesis ad hoc cuando se tropieza con hechos que desmentirían si no una afirmación teórica en si, al menos y seguro su rápida, irrestricta, generalización. Paradigmáticamente, así sucede con la tesis central del complejo de Edipo. A poco andar, Freud encuentra regularmente en los varones, o en su reconstrucción de la evolución psíquica del varón, una corriente amorosa hacia el padre que podría llevar al niño a considerar a la madre su rival. El niño alternaría frecuentemente – o coexistirían sin molestarse – ambas posiciones. Ahora bien, “técnicamente” – desde ciertos mínimos presupuestos de rigor científico que prohiben encapricharse con ideas fijas – esto obligaría a Freud a admitir que su hipótesis edípica no se cumple o no se cumple con semejante universalidad. En lugar de eso, Freud introduce como operación de salvataje la idea de un complejo de Edipo “negativo”, simétrico inverso del que ahora se llamará “positivo” (una especie de grotesca variante gay del mito: Edipo matando a Yocarta para unirse a Layo). (Esta simetría, por lo demás, constituye una deformación en cuanto a como percibir las vicisitudes del niño con su padre y con su madre. De ninguna manera convienen a la complejidad de esos hechos; es una distorsión, porque precisamente “madre” y “padre” no son posiciones que puedan simplemente invertirse en una simetría mecánica desde el punto de vista de cómo se inscriben en el psiquismo del hijo). (Análogo procedimiento se operará años más tarde al no tener Freud más remedio que enfrentar las particularidades del “complejo de Edipo” – esto es, que no es tal – de la niña. Por su parte el abigarrado concepto de narcisismo, en su larga carrera, experimentará toda una serie de retoques ad hoc a menudo incompatibles los unos con los otros).

Podría objetarse, acaso, que al decir “Edipo” en psicoanálisis se dice algo nuevo, distinto, que no tendría porqué guardar relación con su patria semántica; decir “Edipo” sería, entonces, un modo de decir desvinculado en el fondo de su origen. Al escucharlo, en el interior del campo psicoanalítico, no habría porqué evocar la tragedia de Sófocles ni nada particularmente griego. Pero es mucho pedir, nos parece, pedir por un lado una consideración hiper escrupulosa por la particularidad de la letra y a continuación y al mismo tiempo derecho de asilo para que ciertos términos uno los oiga como le conviene al que argumenta se los escuche. Sí “existe” el inconsciente, no se nos puede pedir que dejamos Edipo sin Edipo o Narciso sin Narciso. Y además, como pregunta un adolescente, ¿cuál sería? ¿No es más adecuado procurarse términos sin semejantes arrastres semánticos, que condicionen menos lo que tratamos de pensar? (tal como se ha preferido disponer, para el juego del niño en tratamiento, juguetes lo menos estructurados posible por el discurso social a fin de no reprimir lo nuevo y lo propio del paciente).

Con otro recaudo: no incurrir en la misma operación de globalización que se engulle toda diferencia: no sirve un rechazo masivo y totalizador de esos conceptos tradicionales. Hay que desarmarlos, desmontarlos, con cuidado, no de cualquier manera, con la disposición a observar que en parte y toscamente pueden dar alguna vez en el clavo y no siempre en el dedo del que martilla, deshomogeneizarlos, des-sistematizarlos a fin de liberar ciertos perfumes de verdad que puedan contener ... La desconstrucción es cualquier cosa menos una operación de reducción global, en bloque, por sí o por no.

 

III – El caso de los procedimientos instituidos de escritura – a primera vista un punto de menos “jerarquía” teórica que los dos anteriores, pero esto es sumamente engañoso – presenta especiales, y formidables, dificultades en la perspectiva de “resistencia al cambio”, (o de la “resistencia del analista”) como si dijéramos que aquí se espesan los mayores vicios y malos hábitos profesionales. No se trata ya de la formación y utilización de conceptos, ni de la detección de operaciones propias del “inconsciente teórico” de una disciplina; en cambio, tratamos aquí con cosas tan difíciles de apresar de apreciar como las maneras de escribir y de disponerse a escribir, del tipo de con-texto que se genera a partir de ciertas actitudes y del campo textual así desplegado (y con qué zonas ciegas). Imaginemos, a fin de dar imagen al asunto, una música occidental, o una de sus corrientes, que nunca entrara en contacto ni incluyera escalas y modos no occidentales, ni incorporase – a partir de determinada fecha – ningún instrumento nuevo (pensemos en el saxofón, cuya invención no tiene aún doscientos años) ni ningún recurso técnico contemporáneo (caso de la electrónica); pensemos, aún, que esa corriente o estilo tampoco dejara ingresar en su ámbito nada de ritmos y melodías populares, cerrando así sus fronteras por todas partes. A continuación imaginemos que cada una de sus producciones se ciñese a una forma canónica consagrada – la armadura de la sonata, por ejemplo – sin salirse nunca de ese molde, y que acostumbrase incorporar invariablemente a su trama melódica motivos extraídos de referentes clásicos idealizados, como citas de Bach o de Beethoven: ¿qué clase de música sonaría, y quien podría escucharla sin caer en el tedio más extremo?

Pues éste es el caso, no hemos hecho ninguna analogía. No es solo la cuestión de la rutina de las citas (tan obvia que permite de una ojeada “fichar” al responsable del escrito) y del modo de “resbalar” por los textos que es su peor resultado, no permitiendo destruirlos (en la dirección que Winnicott abrió para esta palabra) y consiguientemente recuperar o descubrir su otredad, su eventual ser –ajenos - al menos en puntos bien singulares – a los sistemas teórico-políticos que los citan y no tanto los procesan como sí los procerizan; hay efectos de obstrucción menos evidentes,4 pero capaces por sí de asfixiar el potencial creativo de cualquiera. Pienso sobre todo en el anacronismo que campea en la intertextualidad de los escritos psicoanalíticos, y no en su punto más bajo, que ya a esta altura hace su propia parodia, el de aquellos que la ciñen a una “línea” teórica destilada, ya que son muchos los analistas que advierten la esterilidad de semejante actitud y toman distancia de ella; pensamos más bien en modalidades manifiestamente más matizadas, pero que adolecen de una rigidez estructural que termina por gobernar las buenas intenciones del querer “abrirse”, pues la más seria dificultad es que el campo intertextual psicoanalítico no incorporó el hábito del injerto, que fue uno de los procedimientos de escritura que lo hicieron nacer; en este sentido, se ha mantenido más acá del estilo de Freud, de Rank, de Reik. En su emergencia, el movimiento intertextual de este campo iba y venía de la novela a la biología, de la tragedia, griega o isabelina, a la mecánica y la termodinámica, de la psicología asociacionista a los mitos y los filosofemas griegos... Un campo hecho de injertos, suplementados entre sí, y no un campo básicamente homogéneo que se adornase con algún toque de injerto seleccionado y superestructural. Lo mismo vale para el material clínico: Freud no vacilaba – y si vacilaba, se resolvía – en entramar fragmentos de éste con motivos de la novela romántica o de un poeta como Goethe o con otros extraídos de fiabe europeos. En términos de institución, sus sucesores parecen haber creído que si volvían a pasar por donde habían parado Freud y Rank y Reik, eso era intertextualidad viva, sin darse cuenta que la clausuraban. El gesto de citar lo que Freud citó de Shakespeare o de Ibsen no retiene nada del impulso que da lugar a nuevas vías de facilitación entre-textos. Esto se volverá a repetir en el “caso” de Lacan y sus seguidores (que, por supuesto, no lo siguen al imitarlo, paradójicamente, no haciendo lo que él hace al dibujar una nueva intertextualidad). Por lo tanto, en términos generales, los psicoanalistas proceden como si lo que hacen se validara citándose entre sí, en el interior de su “quintita”, como si el psicoanálisis se pudiera validar a sí mismo (lo cual solo puede funcionar en trechos o segmentos restringidos, acotados, de su práctica clínica afectada al análisis de cierto “material” o de cierta particularidad patológica, pero en ningún caso cuando se pasa de allí a las más amplias cuestiones de la constitución subjetiva y sus modos de temporalización) sin puntos de apoyo sin diálogos sin robos – robos como los que hace un bebé o un deambulador.5 Transcurrido Derrida, esto significa un gran atraso en los modos de escribir y de pensar, (y en el ámbito de lo occidental, nadie puede pasar por alto la dimensión del atraso y de la puesta al día). Derrida introdujo – de un modo acaso más calculado, más deliberado (el cálculo de quien abre la puerta a lo incalculable) que el del primer grupo de psicoanalistas que Freud nucleaba – en el campo de la filosofía un modal tan antiacadémico que hacía dudar se tratara de un filósofo, al deshacer la trama convencional donde los referentes de un texto filosófico solo podrían pertenecer a este campo y hacer caer así de golpe toda una escala de jerarquías que le permitía al filósofo, por ejemplo, hablar de Freud o de Newton o de Miguel Angel desde arriba, sin poner aquellas ideas o aquellas obras a la par del suyo; de ahora en más, dejá,6 los textos están a la par, sin consideraciones de “calidad” pre-establecidas, el texto propiamente “filosófico” pierde toda superioridad o ventaja respecto de algo escrito por Schmidh, por Artaud , por Lacan por un periodista del Le Novel observateur o el proyecto de ley de un diputado. Se desarma en el mismo golpe toda jerarquía o frontera fija entre ensayo, novela, paper científico, artículo de divulgación, tratado de derecho, collage, etc. etc. (Por supuesto, tal como podría pre-suponerse, la corporación filosófica como tal no acogió esta innovación con mayor entusiasmo ni sin los mayores recelos y reflejos de cierre; la psicoanalítica no monopoliza la estrechez de miras). La importancia de toda esta cuestión rebasa la de cualquier tópico más o menos de moda, si evaluamos que ese entretejido que designamos “intertextualidad” es el medio, facilitador o no, de un texto, de él depende el aire que ese texto reciba para desplegarse y cobrar altura, la condición de posibilidad misma de su respiración. El psicoanalista de niños se ve empujado por su práctica a tener tan en cuenta un hallazgo de las neurociencias o ciertas páginas de una novela de aprendizaje tan irregular como El lector de Schmitz o alguna penetrante observación clínica transportable a otras situaciones; como “lo que dice” algún Gran Otro en su propio campo. Y si su trabajo lo involucra con bebés y sus mamás ¿le servirá o le hará ruido la rígida partición entre psicoanálisis y toda psicología del desarrollo, tan imprescindible, según parece, para nunca dejar de “ser” psicoanalistas? (Lacan mismo, tan iconoclasta y hasta petardista en la superficie, no dejaría de censurar la explícita indiferencia de Winnicott por esa frontera am urallada).7

Un psicoanalista medio, de resultas de todo este dispositivo poco visible, está preparado para encontrar o para poner él alguna módica referencia bibliográfica no psicoanalítica en un escrito dado – sobre todo si antes la usó alguno de los Grandes Nombres – pero no concebirá fácilmente que un texto psicoanalítico funcione con un holding de referencias de afuera, con pocas o ninguna de su campo profesional. Es que cree que hay un afuera y eso mismo reprime entender la intertextualidad, el entre sobre todo, que pone en crisis definitiva las delimitaciones comunes de un “exterior” y de un “interior”. El mismo psicoanalista que parece captar y haber aprendido muy bien esto, y hasta escribe acerca de esto, en el ámbito de lo que se pone en juego al mentar el inconsciente, la transicionalidad, el espacio de inclusiones recíprocas, el mudo boromeo, permanece ajeno al entre-tejido al entre-tejer en sus hábitos de pensamiento y de escritura.

Llegados a este punto alguien bien podrá plantear si algo similar no sucede con las “referencias bibliográficas” de cualquier paper de las más diversas procedencias. El psicoanálisis no es la única especialidad cerrada que funciona citándose a sí misma.

Solo que precisamente aquí, el psicoanálisis no pensamos deba proceder con los habituales protocolos de una cierta cientificidad o, más bien de una cierta tradición académica. Su nacimiento y su formación como un pensamiento entre, intersticial, periférico, underground, lo habilita muy poco para asumir después los códigos y las maneras de una especialidad técnica con fronteras bien aseguradas. Estas, pareciendo que lo protegen, lo asfixian, porque le quitan su medio propio, que es no tener medio propio, entre lo “psíquico” y lo “orgánico” convencionales, entre lo “individual” y lo “social” convencionales. Naturaleza de suplemento.

No quisiéramos cerrar este apartado – la trascendencia de cuya problemática nos esforzamos en dejar entrever, pero es mucho lo que habría que seguir analizando-desconstruyendo esto – sin dejar sentado que, para limitarse a nuestro medio, existen casos singulares que han escapado de este cerco. Al arriesgar nombres, uno sabe que cometerá injusticias, pero quizá esto es preferible a la vaguedad de una alusión. Entonces nombro un libro como el reciente Ser humano de Julio Moreno, cuyo itinerario es independiente de las limitaciones expuestas y tanto recurre a Aristóteles como a la informática sin mayor cuidado por los jardincitos schreberianos psicoanalíticos. Nombro también la manera de trabajar el psicoanálisis en la obra de Ana Fernández y – en una dirección muy distinta – de Eva Giberti. Nombro los no muchos pero preciosos trabajos de Diego García Reinoso así como la particular máquina textual Pichon-Riviére-Bleger. Nombro los esfuerzos de Luis Hornstein y lo encarado por Silvia Bleichmar en lo concerniente a la neogénesis ... del psicoanálisis, que, en el fondo, es la que se juega. Nombro a quienes como Irene Meler y Juan Carlos Volnovich han confrontado con especial vigor y apertura el falocentrismo tan inherente al psicoanálisis tradicional. Nombro El niño del dibujo de Marisa Rodulfo, que se mide con ese otro rasgo inherente que es el logocentrismo, ingenuo y poco articulado al principio, asumido e intensificado con Lacan. Nombro... sin dejar de recordar, con Winnicott, a Jessica Benjamin, Loparic y Stern como autores que han sobrepasado largamente el paradigma tradicional en cualquier plano que se lo considere.

 

IV – ¿Y qué, qué del dar por terminado, dar por terminado, recordémoslo, después de aprender eso bien, dar por terminado después y a través de un estudiar a fondo eso que, al estudiarlo a fondo y precisamente por estudiarlo a fondo, se da por terminado?

No puede esperárselo de una institución, cuyo margen de maniobra como tal pone un límite muy intraspasable al cuestionamiento. En todo caso, lazos flojos, “pluralismo”, generan mejores condiciones, claro, para pensar. Pero de lo que estamos tratando es de otra cosa que de pluralismo y de cierto grado de democracia interna que desestimula sectarismos “fundamentalistas” como los que hemos padecido en el medio psicoanalítico, hoy bastante más opacados por motivos más prácticos (el mercado) que teóricos. Sí puede esperárselo de un grupo, sobre todo de un pequeño grupo, a veces un grupo más virtual que real,8 un grupo de amigos en el espíritu de Nietzsche, Levinas y Derrida, un grupo nucleado no por la idea de un enemigo común – siguiendo las concepciones schmidtlianas – pero, en cambio, por un común deseo de ser otros para así aproximarse a su “identidad”. También puede esperárselo de un sujeto solitario en lo manifiesto, pero en cuanto examinamos el caso más de cerca, entra dentro de la comunidad virtual de amigos que disloca las continuidades de espacio y tiempo convencionales.

Sea de ello lo que fuere, estamos pensando una decisión: dar por terminado no es lo mismo que la terminación, agrega el ingrediente, el elemento decisivo de la decisión, la de dar algo por terminado. Una decisión nada individualista, pues es también un don. Doy (a alguien) algo por terminado. Lo doy como herencia, lo dejo al porvenir no mío, de los otros que yo. Quizá es la herencia que un psicoanálisis de niños inspirado a partir de Winnicott, un psicoanálisis con Winnicott pero jamás de Winnicott puede legar al psicoanálisis que, sin confesárselo del todo, siempre ha sido de adultos sin tener que molestarse en asumirlo, pretendiéndose universal.

Solo que esta decisión no emana de algún Ego, sintetizador o anticipatorio. Algo a tener muy en cuenta, decisión no es voluntarismo dirigido por alguna conciencia teórica más o menos hegeliana. A tener muy en cuenta, a sopesar con cuidado. Con o sin los psicoanalistas esa decisión bien puede darla lo que confusamente no podemos sino nombrar como una época. Ahora bien, se corre un peligro (que repercute en varias direcciones) si, por quedar pegados a lo del psicoanálisis tradicional los psicoanalistas, algo de los movimientos subterráneos de una época da por terminado el psicoanálisis. Alguna que otra vez que este peligro fuera entrevisto9 por algún colega, se lo facturó al posmodernismo light y a cosas así, sin el menor ademán de vigilancia crítica... El que no sabe acompañar un cambio poco gana descalificando lo que cambia. Por ejemplo, está hoy la dimensión de velocidad, y la velocidad como ideal, que cala en la subjetividad desde las nuevas tecnologías, en particular las de expresión informática y mediática. Se pueden pensar muchas cosas al respecto, pero el psicoanálisis no consigue nada bueno oponiendo a ese imperativo de velocidad su (ideal de) lentitud; a aquella velocidad, en todo caso, tendrá que poder oponerle su propia velocidad, lo cual no es realizable sin dar cierto paradigma por terminado. Si no me gusta determinado uso de la computadora, mi alternativa es proponer otros, no reinvidicar nostálgicamente las virtudes de la escritura cuneiforme (y así añorar, pongamos el caso, the old good times de las cuatro sesiones semanales para todo el mundo). Justo he aquí un punto en el que, “de casualidad”, el psicoanálisis de niños tiene algo que decir y que proponer: módulos de trabajo acotados y discontinuos (sin por eso entrar en los carriles de las “psicoterapias breves”) óptimas para cierto tipo de casos y/o para ciertos tiempos del niño y del adolescente; tratamientos que pueden darse por terminados en cuanto el analista se aviene a los “criterios prácticos” que evocaba Freud y no se deja llevar por fantasías teóricas (que a menudo, además, racionalizan una retentividad no reconocida); series de consultas que se extienden en un territorio mal definido que ni es diagnóstico ni es tratamiento en el sentido establecido por una larga tradición; ritmos de trabajo que, por una u otra razón, no responden a las continuidades habituales; trabajos terapéuticos que van y vienen entre reuniones con la familia, con la familia y su adolescente, con el adolescente a solas, sin apurarse a una definición según los códigos de lo “individual” o de lo “familiar”; actos de diagnóstico en los que se consuma y culmina una intervención terapéutica liberadora, desaprisionadora... serie abierta.

 

Ultima paradoja, el dar por terminado posibilita una conección viva con aquello de la tradición que precisamente se reprime o se escinde en el psicoanálisis tradicional, con todas sus mañas y sus retóricas. Planteándolo en un lenguaje clásico: ¿qué es lo esencial del psicoanálisis, qué lo esencial, lo que no puede faltar para “ser” un psicoanalista, de niños o no? (es interesante que se pueda escribir “de niños o no”, pero nunca “de adultos o no”). Más y menos de lo que creeríamos. Al límite, se puede muy bien serlo sin las tópicas, las metapsicologías, sin nada menos que “lo nuclear” del sistema conceptual edípico, sin el dogma de “las tres estructuras”, sin “la ley” de la castración... No afirmo que todo esto haya que arrojarlo por la borda, digo, más bien, que jugando, si jugamos a quitar todo este equipaje tan conspicuo e importante, aún queda lo esencial de un psicoanalista, su mirada, su manera de oír (no debe escuchar para poder oír lo que vale la pena oír), su registro afectivo de estados afectivos que apenas si se trasuntan en algún gesto o andar de alguien, los ritmos con que un niño juega o vacila, y esa manera de pensar las cosas que resiste a una definición puntual y coherente pero de la cual por lo menos es levantable el inventario de algunos de sus ingredientes básicos: disposición a interesarse en la singularidad de un fenómeno sin reducirlo a; “prejuicio” respecto de lo marginal, de lo oficialmente carente de importancia; actitud de reserva crítica frente a todo efecto de sistema que cierre bien; delimitación de lo manifiesto como punto de partida; desconfianza del sentido (también del sentido “común); tendencia a no tomar muy en cuenta clasificaciones o delimitaciones o demarcaciones estabilizadas, científicas o no (porque aquello incluye poner en suspenso lo científico / no científico) y, vacilando aquí un poco, agregaríamos un rasgo al que nos tentaría asignarle un carácter fundante: actitud lúdica, capacidad de jugar que transforma un relato en material, gusto por el juego con las más diversas cosas, palabras, imágenes, ideas, sonoridades; afición bricolera y exploratoria que no retrocede ante la travesura o ante robar un poco a fin de continuar pudiendo pensar.

Vacilando un poco, dijimos, porque hacemos resistencia, creemos que debemos hacer resistencia a instituir demasiado rápido otro principio regulador. Afortunadamente, el jugar se presta poco para esto, al perderse de sí, olvidarse de sí, metamorfosearse para continuar vivo.

Dar por terminado, para dar ahora este texto por tal, no es – y menos en la experiencia de un psicoanalista – un acto puntual, un “corte”. No puede pretendérselo sin suscitar la apertura de todo un trabajo de duelo. En este caso, no se puede decir que los analistas en tanto comunidad tengan demasiado hecho de ese trabajo. Este texto apunta a que, mínimamente, lo empecemos. Que más no fuera lo empecemos a entrever como trabajo del porvenir y para un porvenir.

 

Referencias

Derrida, Jacques 1986: Glas. University of Nebraska Press.

_____ 1998: Políticas de la amistad. Madrid, Editorial Trotta.

_____ 2003: “...y mañana que”. Buenos Aires, Paidós.

Lacan, Jacques1984: Seminario “El acto psicoanalítico”. Buenos Aires, EFBA.

Reik, Theodor 1987: “El paciente desconocido”. In: Del lado del psicoanalista. Buenos Aires, Corregidor.

Rodulfo, Ricardo 1989: El niño y el significante. Buenos Aires, Paidós.

_____ 2004: El psicoanálisis de nuevo. Buenos Aires, Eudeba.

Rühs, August 1998: El psicoanálisis y su muerte. Postdata, n. 2, Buenos Aires.

Stern, Daniel 1991: El mundo interpersonal del infante. Buenos Aires, Paidós.

Winnicott, Donald 1941, “La observación de niños en una situación fija”, In: Escritos de pediatría y psicoanálisis.

 

 

Dirección para correspondencia
E-mail: myrrodulfo@arnet.com.ar

Recebido em 21 de julho de 2005
Aprovado em 20 de março de 2006

 

 

1 Sobre este punto, puede leerse el comentario de Derrida en el último capítulo de “... y mañana qué”, Paidós, 2003, Bs. As. y la diferencia que él practica entre el (o los) sistema conceptual del psicoanálisis y éste como pensamiento irreductible a aquel o a aquellos.
2 Según queramos situar este giro a partir del gran texto de 1941, “La observación de niños en una situación fija”, o en el primer escrito sobre los fenómenos transicionales, una década posterior.
3 Para un examen crítico del patomorfismo retrospectivo del psicoanálisis tradicional, y de sus múltiples consecuencias, v. de Daniel Stern El mundo interpersonal del infante, Paidos, 1991, Bs. As. Por otra parte, todo en la manera de Winnicott de pensar la regresión, dándole un nuevo sentido, se dirige contra aquel patomorfismo.
4 Sobre estos aspectos, se encontrarán distintas consideraciones y análisis en la totalidad de los libros que he publicado con mi sola firma. Por su parte, y muy tempranamente, Theodor Reik previno largamente contra una precoz esclerosificación técnica del vocabulario psicoanalítico y su incidencia negativa para el pensamiento en El paciente desconocido, en Del lado del psicoanalista, Ed. Corregidor, 1974, Bs. As.
5 Examiné en detalle este aspecto desde el punto de vista de la extracción del lugar o la instancia “cuerpo materno” operada por el bebé en El niño y el significante, Paidós, 1989, Bs. As. La retomo en diversos capítulos de El psicoanálisis de nuevo, Eudeba, 2004, Bs. As..
6 Derrida Jaques, Glas, University of Nebraska Press, 1986, EE.UU.
7 Lacan, Jacques, Seminario “El acto psicoanalítico”, en la edición de la EFBA, 1984, Bs. As.
8 Un largo análisis se encontrará en Políticas de la amistad, de Derrida, Editorial Trotta SA, 1998, Madrid. Como el psicoanálisis tradicional hizo imposible un estudio psicoanalítico de la amistad y su estatuto en la conformación de la subjetividad, haciendo del amigo un derivado “representativo” del hermano, vale la pena particularmente internarse en este bello libro.
9 Un exponente preciso y bien articulado de esta posición en el trabajo del psicoanalista vienés August Rühs, El psicoanálisis y su muerte, traducido y publicado en el Nº 2 de la Revista Postdata, 1998, Bs. As.