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Junguiana

 ISSN 2595-1297

Junguiana vol.43  São Paulo  2025   25--2025

https://doi.org/10.70435/junguiana.v43.285 

Artículo Original

La contaminación de la paranoia: enfermedades colectivas y literatura distópica

Raul Alves Barreto Lima, idea original, redacción inicial, ajustes posteriores* 

Psicólogo, Máster y Doctor en Psicología Clínica por la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP)


http://orcid.org/0000-0002-3605-0777

Liliana Liviano Wahba, Psicologa, revisión, conceptualización, ajustes posteriores** 
http://orcid.org/0000-0002-6316-2010

* Profesor de Psicología en la Universidad Presbiteriana Mackenzie (São Paulo).

** Psicóloga, Profesora de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, Miembro Analista de la Sociedad Brasileña de Psicología Analítica (SBrPA) y de la Asociación Internacional de Psicología Analítica (IAAP).


Resumen

Este artículo objetiva reflexionar sobre la paranoia a partir de ejemplos magníficamente representados en la imaginación de la literatura y el cine del género distópico. Se reflexiona sobre el trastorno paranoide en la psiquiatría dinámica y el fenómeno conocido como cultura de masas y sus manifestaciones contemporáneas. Uno de los enfoques se centra en la sociedad tecnológicamente dependiente y su nivelación utilitaria. El estudio contempla la exacerbación emocional del discurso y las conductas de odio, fomentadas por los componentes paranoicos de la psique individual y colectiva. Así, se producen ideas y sentimientos paranoicos, instigados por figuras de poder sin escrúpulos: el perseguidor y el perseguido. Considerada en psiquiatría como una enfermedad del significado y la extrañeza, un trastorno psíquico basado en convicciones rígidas y conspiraciones constantes que se confirman en sí mismas, se genera una transposición en las relaciones del sujeto paranoico consigo mismo y con el mundo. Ocurre un fenómeno de desconexión de la realidad, el encierro en un circuito de proyecciones y defensas contra supuestos enemigos. La soberanía del significado único que repele la multiplicidad crea situaciones de miedo y resentimiento en un mundo controlado por la información inmediata e impregnado de incertidumbre, lo que estimula el narcisismo, la desconfianza y el consumismo mediático. ■

Palabras-clave: Paranoia; Masificación; Distopía; Psicología Analítica

Resumo

Este artigo objetiva uma reflexão sobre a paranoia usando exemplos magnificamente retratados no imaginário da literatura e do cinema de gênero distópico. São tecidas considerações sobre o transtorno paranoide na psiquiatria dinâmica e os fenômenos de cultura de massa e suas manifestações contemporâneas. Um dos focos versa sobre a sociedade tecnológico-dependente e seu nivelamento utilitarista. Aborda-se a exacerbação emocional em discursos e comportamentos de ódio fomentados pelos componentes paranoides da psique individual e coletiva. Incentivam-se, assim, ideias e sentimentos de cunho paranoide, instigadas por figuras de poder inescrupulosas: o perseguidor e o perseguido. Considerada na psiquiatria uma doença do significado e da estranheza, uma desordem psíquica fundamentada por rígidas convicções e constantes conspirações que se autoconfirmam, há uma transposição para as relações consigo e com o mundo do sujeito paranoico. Ocorre o fenômeno de desligamento da realidade, o fechamento em um circuito de projeções e defesas contra supostos inimigos. A soberania do significado único que repele a multiplicidade cria situações de temor e de rancor em um mundo controlado por informações imediatas e permeado por incertezas, que estimula o narcisismo, a desconfiança e o consumismo midiático. ■

Palavras-Chave: Paranoia; Massificação; Distopia; Psicologia Analítica

Abstract

This article aims to reflect on paranoia using examples magnificently portrayed in the imagination of dystopian literature and cinema. Considerations are made about paranoid disorder in dynamic psychiatry and the phenomena of mass culture and its contemporary manifestations. Technologically dependent society and its utilitarian leveling is one of the focuses. The study addresses the emotional exacerbation in hate speech and behaviors fostered by the paranoid components of the individual and collective psyche. Thus, paranoid ideas and feelings are promoted, instigated by unscrupulous figures of power: the persecutor and the persecuted. Considered in psychiatry as a disease of meaning and strangeness, a psychic disorder based on rigid convictions and constant conspiracies that confirm themselves, there is a transposition of the paranoid person to the relationships with oneself and with the world. The phenomenon of disconnection from reality occurs, the closure in a circuit of projections and defenses against supposed enemies. The sovereignty of the single meaning that repels multiplicity creates situations of fear and resentment in a world controlled by immediate information and permeated by uncertainty, which stimulates narcissism, distrust and media consumerism. ■

Key words: Paranoia; Massification; Dystopia; Analytical Psychology

La loro paranoia è integrata nella vita.

Luigi Zoja

El arte en general exhibe inquietudes tanto históricas como actuales. Hay momentos en que se agudiza la precariedad del ser en el mundo. Las relaciones en las sociedades modernas padecen acentuadas divisiones, radicalismos, sospechas y resentimientos, constituyéndose en facciones cargadas de enemistad. Las redes sociales instan a un lenguaje inmediatista desprovisto de reflexión en el que basta un eslogan persuasivo para congregar grupos enfurecidos, justificados en identidades colectivas cohesionadas. El Otro se convierte en diferente, extraño, desprovisto de legitimidad y objeto de proyecciones sombrías. Algunas comunidades alcanzan extremos agravados de acceso legal de armamento, que desemboca en el estallido de brotes de asesinato. Sin embargo, no se necesita que las armas se materialicen para componer un escenario de guerra con los justos de un lado y los infieles de otro.

En una cultura dominada por la presión constante de la comunicación y el culto de la información (Han, 2018; 2022), los mensajes simplificados inducen contenido emocional que apela a la acción impulsiva. La aceleración temporal ni siquiera permite el arrepentimiento; imperan la sospecha, la defensa, la preservación de una supuesta seguridad grupal. Esta es la paranoia contemporánea, casi psiquiátrica, unos contra otros, perseguidores y perseguidos en papeles complementarios. Las alucinaciones paranoides endosan verdades inamovibles, el delirante no se reconoce en el delirio, menos aún cuando este es colectivo.

Reflexionar sobre esta condición es objeto de la filosofía, de la política, de las ciencias humanas, del arte en general y específicamente de la literatura y del cine. En ellos leemos nuestros mitos contemporáneos, nuestras utopías y distopías. Se manifiesta un desorden social, la anomia1 de Durkheim, estructurada en torno de lo que entendemos por paranoia. Impera el miedo al otro que nos amenaza, incitando actitudes defensivas y rabiosas. La fantasía y el imaginario abren espacio a la confusión, al enredo devorador, denunciando lo que somos, anticipando finales catastróficos, alertando una conciencia dominada por el vértigo. Jung (1922/2013, p. 84, § 131) anticipó la función del arte como “proceso de autorregulación espiritual en la vida de las épocas y las naciones”.

Con el objetivo de promover una reflexión sobre el malestar contemporáneo derivado de las paranoias y sus efectos deletéreos en la sociedad y en los individuos, este artículo pretende destacar la experiencia y los componentes sociales y relacionales grupales que estimulan ideas y sentimientos de naturaleza paranoide, ilustrados a través del imaginario distópico en la literatura y el cine.

El trastorno paranoide

En psiquiatría, el trastorno paranoide, según el DSM-5, se incluye dentro del espectro de la esquizofrenia, principalmente caracterizado como Trastorno de la Personalidad Paranoide. Puede derivar en actos antisociales al interpretar hechos y acciones inocuas como amenazas, lo que puede llevar a la persona a reaccionar de forma vengativa, iracunda y agresiva debido a la desconfianza y sospecha hacia los demás, quienes podrían perjudicarla, engañarla, explotarla, traicionarla o exponer información personal en su contra.

Bleuler y Jaspers fueron los primeros en añadir una perspectiva comprensiva de carácter clínico, más allá de la mera descripción en la psicopatología de la esquizofrenia. Bleuler (1960) incorporó componentes comprensivos e interpretativos, sin dejar de lado la descripción y sistematización. Kraepelin (1996) también resaltaba que las ideas erróneas no eran accidentales, sino que responden a necesidades internas de los pacientes; destacadas por Bleuler (1942) como necesidades afectivas, generadoras de delirios significativos vinculados a la personalidad del sujeto y a su historia.

Según Jaspers (1979), el delirio propiamente dicho implica una transformación en la aprehensión total de la realidad y se manifiesta en juicios patológicamente falseados. Se distingue de fanatismos, supersticiones o errores normales de juicio que, en teoría, podrían corregirse con el tiempo. Sus características son: convicción inamovible, impermeabilidad a otras experiencias y/o a la contraargumentación, tener un contenido imposible en términos de realidad fáctica, incorregibilidad y certeza subjetiva.

Cabe destacar, en el contexto de este artículo, que Jaspers (1979, p. 98) se refiere a sensaciones primarias de extrañeza: “no estoy seguro de qué se trata, pero algo está ocurriendo”; irrumpe un sentimiento de perplejidad. Hay algo en el aire, una tensión misteriosa, la desconfianza y la incomodidad se apoderan de la persona. Algo insoportable que produce un enorme sufrimiento y sólo disminuye cuando se formula una idea. Todo adquiere un nuevo sentido, una conciencia del significado alterada irrumpe, causando gran extrañez, aplacando la perplejidad con explicaciones.

Respecto al contenido, este deriva de una distorsión radical en la interpretación de los hechos y vivencias. Sonenreich (apudDalgalarrondo, 2008) señala una relación con el mundo sin cuestionamiento ni experimentación de soluciones posibles. El sujeto se torna inflexible y empobrece, recurriendo a ideas automatizadas, simplificadas y prefabricadas. El delirante es el sujeto con más certezas que existe, no admite dudas, por eso, carece de libertad existencial. A su vez, Hillman (2016, p. 65) subraya que se trata de una enfermedad del significado, pues “siempre que revelamos el significado de algo, atraemos un potencial paranoico”.

El funcionamiento paranoide apunta a un mecanismo en el cual la sospecha está constantemente presente. Luigi Zoja (2013), en Paranoia: la locura que hace la historia, sostiene que la paranoia no es en sí misma una patología ni está necesariamente anclada en teorías conspirativas. La humanidad, en su instintividad, se basa en la autopreservación, y la desconfianza y la sospecha en cierto grado hacen parte del funcionamiento normal del desarrollo y de las relaciones. Sin embargo, la paranoia colectiva – que se abordará aquí – representa un modo de funcionamiento exacerbado de proyección de agresividad, que se perpetúa cíclicamente y obstaculiza las posibilidades mínimas de autorreflexión necesarias para el pensamiento crítico sobre hechos y fenómenos. Según Zoja (2013), la proyección es el camino inicial hacia la paranoia, que materializa los problemas externos sin posibilidad de autocrítica ni diálogo interno.

Fuera del ámbito psiquiátrico, los psicoanalistas observan aspectos de la vida social que pueden estimular lo que Zoja denomina funcionamiento paranoide no patológico, una ideación que recibe contaminación colectiva. Esta contaminación es la amalgama que une la masificación de grupos, que es facilitada en las sociedades contemporáneas por la dependencia tecnológica y la comunicación digital. En regímenes abiertamente autoritarios o de tendencia autoritaria, los medios de comunicación y redes sociales se utilizan como sistemas eficientes de control social.

La psicología de masas

Una de las ideas importantes trabajadas por Jung en la obra Civilización en transición se basa en teorías sobre la masificación. Es necesario recordar que Jung vivió en una época atravesada por dos guerras mundiales y conflictos geopolíticos, donde la destrucción constante representaba un símbolo potente de ese tiempo. Es posible entonces comprender el porqué de su temor y fuerte oposición a la aglutinación del sujeto en masas, dado que, en esas condiciones, poco rastro de individualidad sobresale, de ese modo el individuo tendería a recaer en dinámicas regresivas, atraído por ideas totalitarias, sin la mínima reflexión crítica sobre sus propios pensamientos y acciones. El anclaje en un sentido de cohesión e integridad interna actuaría como contrapeso frente a la avalancha de los movimientos indiferenciados.

Tanto Jung como Freud fundamentaron sus propuestas en la teoría de Gustave Le Bon y su obra Psicología de las masas (2008). Freud escribió Psicología de las masas y análisis del yo (1921/1969), en esta obra, él señala que el individuo inmerso en la masa/grupo2 tiende a liberarse de las represiones de sus impulsos inconscientes, lo que favorece un estado de relajación de la conciencia y una disminución del sentimiento de responsabilidad. Otras características importantes del funcionamiento de las dinámicas masa/grupo son: sugestionabilidad y contagio, impulsividad, excitación, inclinación a los extremos, reducción de inhibiciones individuales, carencia de sentido crítico, aumento de la emocionalidad, y el compartir intereses comunes en torno a ideas u objetos, así como el deseo de ser amado por el líder (Freud, 1921/1969). Freud afirma que:

[...] el individuo en un grupo está sujeto, por influencia de este, a lo que con frecuencia constituye una profunda alteración de su actividad mental. Su sometimiento a la emoción se intensifica extraordinariamente, mientras que su capacidad intelectual se reduce notablemente; ambos procesos se dirigen evidentemente hacia una aproximación con los otros individuos del grupo (Freud, 1921/1969, p. 99).

En esta línea, Jung escribe:

Así como el individuo, el grupo está influenciado por muchos factores típicos como el entorno familiar, la sociedad, la política, la cosmovisión, la religión, etc. Cuanto mayor es el grupo, más funciona en él la persona como ser colectivo, y esto es tan fuerte que puede rebajar la conciencia individual hasta el auto-olvido (Jung, 1959/2011a, p. 218, § 891).

Jung (1957/2012a) también hacía énfasis en la masificación orientada a la atomización de los individuos, lo cual genera desconfianza en las relaciones y, en consecuencia, aislamiento, subyacente en la literatura distópica que aquí se analiza.

Los movimientos grupales garantizan cohesión, pero no ofrecen seguridad, ya que implican una dependencia inherente y un temor constante a la exclusión. La sociedad de la incertidumbre, por un lado, estimula narcisismo e idolatría, y por otro, acopla mecanismos de facilitación utilitaria ajenos al individuo. Es decir, la persona se vuelve cada vez más dependiente de lo que desconoce, alimentando paranoias. Recordemos que el propio Jung advirtió en múltiples ocasiones sobre los riesgos y consecuencias del exceso de racionalismo científico y del uso indiscriminado de la técnica, como en El símbolo de la transformación en la misa, texto en el cual destaca un síntoma de desarraigo del individuo de las poblaciones industriales, derivado de los sistemas económicos y del progreso técnico. Estos cambios trajeron en primer plano la priorización de la racionalidad de la conciencia, la cual tiende a reprimir todos los factores psíquicos de naturaleza irracional (Jung, 1942/2011b), conduciendo a unilateralidades tanto individuales como colectivas que resultan perjudiciales para la salud psíquica. En Presente y futuro, Jung también retoma estas ideas:

[...] uno de los principales factores de la masificación es el racionalismo científico. Este derriba los fundamentos y la dignidad de la vida individual al despojar al hombre de su individualidad, transformándolo en una unidad social y en un número abstracto dentro de la estadística de una organización (Jung, 1957/2012a, p. 18, § 501).

Jung (1957/2012a) parte de estos principios del funcionamiento colectivo regresivo para advertir que será aprovechado por estados totalitarios, los cuales se apoyan en la inconsciencia y en componentes simbólicos activos y presentes en la psique del grupo, en busca de un líder que encarne esas proyecciones inconscientes. El gobernante, a su vez, se vale de esa fuerza grupal para dominar y manipular mediante propaganda, intensificación de órdenes y, especialmente, el fomento de nacionalismos. Pensar un Estado dictatorial de control extremo y vigilancia, en una sociedad altamente estratificada y deshumanizada, fueron las ideas base de diversas obras clásicas de ciencia ficción, claramente inspiradas en acontecimientos históricos del mundo y en los ejemplos de gobiernos totalitarios.

Automatización y tecnología

Con respecto a la automatización y su vertiginosa tendencia hacia la alienación, Jung declara que cuanto más ascendemos la montaña de los logros científicos y técnicos, más peligroso y demoníaco se vuelve el mal uso de nuestras invenciones (Jung 1939/2011a). Además, reflexiona que el individuo se convierte en esclavo y víctima de las máquinas, las cuales le “arrancan su tiempo y su espacio” (Jung, 1957/2012a, § 524).

Sin duda los avances tecnológicos y los dispositivos que utilizamos en la vida cotidiana han facilitado la realización de múltiples actividades, otorgándoles velocidad y alcance, al tiempo que acortan las distancias físicas y temporales. Las necesidades materiales e intelectuales son suplidas por herramientas y dispositivos que estructuran la vida contemporánea.

No obstante estas facilidades innegables, problematizadas por distintos autores, cómo el uso y abuso de la tecnología puede amplificar los conflictos humanos e interferir directamente en la forma en que existimos y nos relacionamos con los demás. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en sus libros Sociedad de la transparencia (2017) y Sociedad del cansancio (2015), expone las ideas de una sociedad de la disciplina, de la exposición y del control, que funciona como un modelo social dependiente de las formas en que nos mostramos públicamente para certificar nuestro valor: el llamado valor expositivo. Sin embargo, al tiempo que el sujeto se expone ante el otro, el grupo o los medios de comunicación, también entrega información codificada de carácter personal que eventualmente será utilizada por sistemas públicos – ya sean políticos o financieros – con fines particulares.

Aproximándose a los planteamientos de los autores distópicos, Han describe una sociedad que ha ido más allá del modelo disciplinado tradicional, en la que las formas de coerción pierden su carácter más explícito y violento, dando paso a una introyección y conformación en la cual el individuo se declara libre, autónomo y deseante, sin percatarse de su propia inconsciencia y dependencia, que se revierten en su contra, como si la sujeción externa hubiera sido reemplazada por amarras internas.

Resumiendo estas ideas, la autora Shoshana Zuboff (2018), en su texto “Big Other: Capitalismo de vigilancia y perspectivas para una civilización de la información”, analiza el impacto del gobierno algorítmico en nuestra época, estableciendo un paralelismo con uno de los símbolos distópicos más emblemáticos: el Big Brother de 1984. Con agudeza señala que, aunque el Big Brother exigía ciertas fiscalidad e imposición mediante fronteras presenciales, hoy estaríamos viviendo bajo la figura del Big Other, una extensión máxima de la tecnología y su capacidad de gobernar sobre toda la información que compartimos, ya sea voluntaria o involuntariamente, estimulando la supuesta idea de un sentimiento de libertad. En esta dinámica del Big Other, las fronteras tienden a desaparecer, ya que se trata de una red compleja que está en todas partes y, al mismo tiempo, en ninguna.

Un libro que plantea un escenario actual muy próximo a la literatura distópica es Ciudades sitiadas: el nuevo urbanismo militar de Stephen Graham (2016), donde se describen sistemas militarizados de rastreo, selección y control como parte de los procesos de urbanización. En el provocador capítulo “Sueños de un robot de guerra”, se abordan investigaciones de seguridad y defensa en los Estados Unidos que incluso llegan a proyectar la construcción de robots con capacidad para matar. Se trata de fantasías tecnológicas de omnipresencia y omnisciencia, que, como señala Graham (2016), se inserta en imaginarios omnipotentes racistas y coloniales.

Este supuesto avance tecnológico prevé que las máquinas serán capaces de discernir quién es enemigo y quién debe vivir o morir (Graham, 2016). Son estas las tinieblas resurgentes del pasado, con sus efectos devastadores en forma de máquinas para matar: bombas atómicas, cámaras de gas, misiles de destrucción, guerras bacteriológicas. En este contexto se ilustra a gran escala la denuncia de Huxley sobre el uso de la tecnología desprovista de ética y discernimiento: la mecanización de la destrucción. En esta misma línea Harari (2018) advierte que, por primera vez en la historia, dispositivos tecnológicos como la inteligencia artificial adquieren un grado de autonomía capaz de procesar y formular decisiones basadas en lógica algorítmica.

Ficción distópica

Los grupos en los cuales la individualidad es anulada, que siguen ideas panfletarias y son manipulados por gobernantes y sistemas de poder autocráticos basados en la vigilancia, son magníficamente retratados en las ficciones distópicas. Utopía (del griego topos: lugar) significa ‘no lugar’; distopía, en cambio, sería el ‘lugar del mal’ o de la dificultad (dis). Estas narrativas constituyen metáforas de una realidad social y material. Particularmente, lo que más llama la atención es el modo peculiar en que esta producción literaria exagera circunstancias reales, proyectando futuros cercanos o lejanos. Las distopías clásicas presentan a veces escenarios hipermodernizados junto a entornos completamente precarizados, de vidas precarizadas, trasluciendo desigualdades, estratificación, gentrificación, control, vigilancia, alienación, maquinaria y maquinaciones, terror; pero también subterfugios para hallar una fingida armonía, formas de embotar los sentidos ante los desarreglos sociales y el embrutecimiento de las relaciones humanas, o, como diría Huxley (1932/2009, pp. 20, 362), una población que ama su servidumbre, “rehén de una buena cantidad de vicios amables”.

En Nosotros de Ievguêni Zamiátin (2017), la sociedad aparece estructurada por un Estado único con funcionamiento totalitario, donde el control es la metáfora clave. Predomina la privación del libre albedrío, de la individualidad y de la libertad de expresión. Todo está mecanizado y los sujetos son desprovistos de nombres. Más significativo aún es el hecho de que la imaginación es tratada como una enfermedad que debe ser extirpada. A partir de la lectura de Nosotros, no es difícil reconocer similitudes con Un mundo feliz (1932/2009) de Aldous Huxley, pudiendo incluso haberle servido de inspiración al autor. La sociedad se muestra dividida en clases, donde las personas son creadas en laboratorios, aceptan su servidumbre y se entorpecen en sus adicciones con una droga llamada soma. Aunque también se revela a través de la metáfora del control, la vigilancia no se presenta de forma tan obvia ni coercitiva, lo que apunta a la capacidad humana de alienarse ante las formas de opresión e interiorizar un modelo de organización social y relacional sin cuestionarlo críticamente. La subordinación y las miserias sociales se convierten en productos de espectacularización y entretenimiento.

Otra distopía clásica es 1984 de George Orwell, publicada originalmente en 1949. Esta se asemeja más a Nosotros en la representación de cómo se estructura la sociedad, inclusive el propio Orwell escribió una reseña de Nosotros en 1946 (Orwell, 2017). La sociedad en 1984 no llega a parecer tan automatizada en relación al avance tecnológico, no obstante, se muestra atomizada y mecanizada en su organización y en sus relaciones humanas. Ambas novelas comparten semejanzas en sus metáforas de control social a través de mecanismos altamente coercitivos.

En estas obras se destacan elementos que favorecen un ambiente de paranoia. El primero es el control por parte de modelos sociales altamente autocráticos y/o utilitaristas en alto grado, y lo que deriva de esas formas de control: totalitarismo, vigilancia, persecución, estratificación, desigualdad social, automatización, atomización, destrucción, que contribuyen a la pérdida de individualidad, deshumanización, alienación, violencia, y fomentan la desconfianza, intolerancia, sospecha, inseguridad, terror; en suma, el miedo asociado al odio. El segundo apunta a las contradicciones entre libertad y automatismo, lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo, lo que se refleja en las tensiones propias de la contemporaneidad.

Con el propósito de metaforizar la realidad y alimentar la imaginación de forma crítica, otra obra aborda directamente el desgarramiento de las relaciones humanas: Yo, robot (1950/2014) de Isaac Asimov, es un notado clásico de la literatura de ciencia ficción que plantea interrogantes sobre el avance tecnológico y su interferencia en la vida cotidiana, cuestionando hasta qué punto la humanidad puede ser engullida por sus propias invenciones. La obra consta de relatos entrelazados de forma secuencial, en los que las tres leyes de la robótica – inicialmente diseñadas para proteger a los humanos – van tornándose progresivamente frágiles:

Primera: un robot no puede dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño [...]. Segunda: un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, salvo si contradicen la primera ley [...]. Tercera: un robot debe proteger su propia existencia, en tanto tal protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley (Asimov, 1950/2014, p. 65).

Muy cercano a la temática de Yo, robot está el también clásico y adaptado al cine Blade Runner (2019), de Philip K. Dick, publicado originalmente en 1968 bajo el título original ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esta obra distópica reúne muchos de los elementos aquí presentados. Al igual que en Yo, robot, la narrativa abarca conflictos existenciales que problematizan la interpenetración de las fronteras entre aquello que se constituye humano y aquello que constituye el mundo de las máquinas, algo como humanos robotizados y androides humanizados. Nótese que, en Un mundo feliz, la droga soma tenía la función de entorpecer mediante la precariedad de lo cotidiano, y en Blade Runner, aunque es posible elegir el estado de ánimo y sentimientos mediante un sintetizador emocional, hay una fuga de la condición de vida disminuida. No resulta difícil trazar un paralelo con las sustancias adictivas que a veces entorpecen, a veces exaltan o son afrodisíacas, destacando que el estado psíquico paranoide – acá, en la sospecha de quién es o no humano – provoca una aceleración mental y emocional que contrasta con el vacío interior y el olvido de sí.

Anular al otro es más eficaz si se anulan sus pensamientos. En Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1953/2012), los bomberos, bajo el mando de un gobierno despótico, tienen la tarea de incendiar libros, algo que también ocurre de otras maneras en la actualidad bajo regímenes de naturaleza totalitaria, por ejemplo: mediante la prohibición de autores o su destierro. Se vuelve necesario inhibir la cultura, el arte y la ciencia, que estimulan la libertad de pensamiento y el acceso a información veraz. Predomina el culto a la ignorancia y el desprecio por el conocimiento, mediante negacionismos históricos y científicos, acompañados por una represión de los posibles caminos de emancipación del pensamiento y de la imaginación crítica.

Si no quieres un hombre políticamente infeliz, no le des los dos lados de una cuestión para resolver; dale solo uno. Mejor aún: no le des ninguno [...]. Si el gobierno es ineficiente, despótico y ávido de impuestos, es mejor que sea todo eso antes que las personas se preocupen por ello [...]. Llena a la gente de datos incombustibles, sácialos con ‘hechos’ para que se sientan repletos, pero absolutamente ‘brillantes’ en cuanto a información. Así creerán que están pensando, tendrán la sensación de movimiento sin salir del lugar. Y serán felices, porque los hechos de esa índole no cambian. No los pongas en terreno resbaladizo, como la filosofía o la sociología, que les permitan comparar con sus propias experiencias (Bradbury, 1953/2012, p. 84).

La construcción paranoide

La construcción de la subjetividad está permeada por componentes internos y por el entorno y la cultura en que la persona está inmersa. Por ello, ante el escenario descrito de individualismo y de un distanciamiento de la presencia, que se vuelve bidimensional y carente de concreción, ocurre un fenómeno de atrincheramiento en el que circulan sentimientos e ideas similares. Salir de allí representaría un riesgo frente al inmediatismo que se alimenta de certezas operativas mediante respuestas rápidas y unívocas. La extraña sensación de estar siendo controlados es abstracta y remota, por tanto, se proyecta sobre quien parece diferente.

Como consecuencia, impera la desconfianza. El otro representa una amenaza, debe ser neutralizado o peor, combatido, en circunstancias extremas, incluso aniquilado. Nótese que no se trata de supervivencia, sino de rechazar lo diferente, tan diferente que se vuelve mortífero. La pandemia de COVID-19, una amenaza fáctica de contagio y enfermedad grave, además de su materialización, añadió matices simbólicos ante el otro como amenaza invisible: si no sé quién está infectado, cualquiera puede matarme. El clima de sospecha, potenciado por la pandemia, fomentó la paranoia que, psiquiátricamente, es caracterizada por el delirio persecutorio, dejando a la persona permanentemente en estado de alerta y sospecha ante un posible ataque inesperado e imprevisible. Desconfía, por tanto, de todo y de todos.

Al respecto, no es difícil pensar en diversos ejemplos vividos actualmente en distintos países, incluido el nuestro, que revelan una forma paranoide de relacionarse y de interpretar los acontecimientos del mundo. Los escenarios políticos de los últimos años son reveladores, al igual que toda suerte de conflictos emergentes en las relaciones íntimas, como en el ámbito familiar y en los vínculos interpersonales. En Brasil, se vivió una polarización política extrema entre izquierda y derecha, que provocó distanciamientos entre familiares y amigos. Incluso la vacunación, un tema de debate científico, se tornó objeto de disputa partidaria, algunos se opusieron a ella como una forma de afirmar su identidad grupal.

Una vez más, las distopías nos acercan a realidades devastadoras. Zoja (2013) analiza el funcionamiento monolítico de la paranoia de masas y el cultivo del odio, ejemplificado por el propagandista central del nazismo, Joseph Goebbels. En 1943, Goebbels anunció ante una multitud enloquecida que habría una guerra total y, mediante un discurso retórico, observó cómo la masa respondía de manera alucinada con un constante “sí” a su líder. Luego declaró que había llegado la “hora de los idiotas” y que, si les hubiera pedido lanzarse desde el tercer piso del lugar donde estaban, lo habrían hecho (Zoja, 2013).

Los dos minutos de odio implementados por el Estado en la obra 1984 representan el odio paranoico irracional que sirve a los propósitos de un estado de guerra. En la actualidad, no es necesario estar en guerra para que estos dos minutos sucedan como ritual coercitivo. Las personas de la masa son fácilmente manipulables porque ya se encuentran en un estado de desconfianza. En palabras de Zoja (2013, p. 260): “con el aumento de las comunicaciones masivas, aumentan las posibilidades de difundir la paranoia colectiva”. Cotidianamente vemos a personas destilando odio a través de medios digitales: amenazas, degradaciones, discriminaciones, exposiciones y humillaciones bajo el amparo de una supuesta libertad de expresión – aunque se oculten en cuentas falsas. Son guerras ideológicas y partidarias de las cuales se aprovechan gobernantes sin escrúpulos, pues al final “la guerra es paz; la libertad es esclavitud; la ignorancia es fuerza” (Orwell, 2009, p. 14).

El funcionamiento paranoico se presenta como la negación de la alteridad, el reflejo en el rostro del otro de Lévinas (2010) se transforma en desconfianza nacida, en última instancia, del miedo de la existencia. El ser aislado e individualista encuentra apoyo en elementos materiales y utilitarios, pero estos no alivian su temor de aniquilación, sintiéndose encapsulado, rodeado por entidades ajenas que lo amenazan. La literatura y el cine de zombis exploran bien esta imagen.

El otro que amenaza es hostilizado por múltiples razones: por una idea, una creencia, una religión, una nacionalidad, un lugar, un género, una orientación sexual, una etnia, una clase social, o cualquier forma de alteridad que desafíe los modelos hegemónicos de existencia. La sombra individual y colectiva subyace aquello que es negado y proyectado en el otro, imposibilitando la alteridad e introduciendo la violencia; el rostro oculto no puede ser tolerado.

El analista junguiano Warren Colman realiza consideraciones clínicas sobre el sentimiento de paranoia individual entrelazado con lo colectivo:

A pesar de que el fenómeno cultural colectivo no puede ser reducido a explicaciones en términos de psicología individual, considero posible mantener un enfoque dual que reconozca los modos en que las cuestiones colectivas impactan el mundo interno del individuo, y al mismo tiempo, los modos en que el mundo interno de los individuos moldea la construcción del mundo social (Colman, 2010, p. 7).

El texto de Colman es esclarecedor para pensar en ese enfoque dual, ya que presenta un caso clínico como ilustración, contemplando elementos clínicos ofrecidos por su paciente a través de narrativas e imágenes del filme The Matrix. Las narrativas sobre teorías conspirativas se alinean con su historia infantil y con una sensación de abandono, con sentimientos de impotencia, miedo y rabia. El autor expone que, tras años de interpretar esos contenidos desde los significados de la psicología individual del paciente y sus propias proyecciones, necesitó luego reconocer la importancia de la dimensión sociopolítica, particularmente aspectos que componían la fantasía del paciente: la hegemonía del racionalismo científico materialista, el impacto destructivo de la globalización, el crecimiento de la agenda neoliberal en los campos social, económico y político de la vida. En suma, las circunstancias culturales eran necesarias para fundamentar una comprensión más profunda de las fantasías personales paranoides del paciente, que resonaban con una paranoia colectiva.

Uno de los temas que el autor destaca relevante para esta reflexión, además de la interfaz entre circunstancias externas e ideación individual, es la complejización de un mundo cada vez más inaccesible y remoto, que se experimenta a través de medios indirectos y alienantes como los de la comunicación tecnológica y mediática. Como describe Galimberti:

[...] nos vemos forzados a comprender que las tecnologías no son los medios a disposición de los individuos, sino el medio por el cual el individuo experimenta transformaciones. La tecnología representa un momento absolutamente nuevo y, quizá, un irreversible momento histórico, en el cual la cuestión ya no es ‘¿qué podemos hacer con la tecnología?’, sino ‘¿qué hará la tecnología con nosotros?’ (Galimberti, 2009, p. 15).

En este dominio y manipulación tecnológica se configura una sociedad dividida entre dominadores y dominados, aunque todos a merced de un Señor abstracto. El ex-machina griego del destino se transforma en una máquina. Yo, robot y la serie de ficción Black Mirror logran ilustrar los posibles alcances de esta vivencia distópica contemporánea: un fenómeno altamente complejo que muestra la absorción humana por sus propias creaciones tecnológicas. Estas llegan a interferir en nuestras vidas, nuestras relaciones, e incluso en nuestras formas de sufrir.

La sombra está vinculada a aquello que nos hace sufrir, y surgen defensas para evitar ese sufrimiento, ya sea derivado de angustias existenciales, traumas o dolores registrados. La sociedad contemporánea ha añadido la tecnología a sus mecanismos de escape supuestamente manejables, comprendiendo que la paranoia proviene de una proyección masiva de lo que se teme reconocer en uno mismo, de la sombra que todos llevamos. El antídoto, según Jung, es tener el coraje de reconocerla, en lugar de lanzarla sobre los oponentes. El proceso de individuación implica la diferenciación del yo, la salida del conglomerado indiferenciado, la posibilidad de reflexionar sobre uno mismo y sobre la vida en comunidad. Se activa así el instinto de reflexión, característico y peculiar de la psique humana, según Jung en La naturaleza de la psique (1936/2011c), así como la necesidad de un anclaje interior (Jung, 1957/2012a).

No obstante, la vida colectiva no se reduce a esta faceta inhibidora y nociva, ya que Jung nunca dejó de reconocer y enfatizar el valor de las relaciones y de los vínculos humanos, de la necesidad del otro para nuestra individuación. La comunidad humana podría dejar de ser una masa anónima para convertirse en una “comunidad consciente” (Jung, 1946/1977, § 227). Retomando el desarraigo, la automatización y la pérdida de una vida simbólica más saludable e integradora, cabe su poético citado en Ab-reacción, análisis de los sueños y transferencia: “Lo que falta en nuestro mundo es una conexión anímica” (Jung, 1946/2011d, § 539). Justamente esta conexión se rompe en la paranoia: la interioridad se convierte en un pozo oscuro cuyas emociones indiferenciadas, aunque potentes, son rebosadas fuera de sí. Ciego respecto de sí mismo, el paranoide no ve al otro, y es perseguido por su ceguera y su visión delirante, su impotencia, falta de amor, miedo y agresividad transformados en un espectáculo de persecución de sombras.

Consideraciones finales

El presente artículo se propuso ilustrar, mediante obras ficcionales distópicas, la problemática del individuo incorporado en los grupos. Abordó el fenómeno de la masificación en detrimento de la individualidad, con sus efectos de oscurecimiento de la capacidad de discernimiento. Los escenarios distópicos del imaginario nos permiten reflexionar sobre los efectos aniquiladores de la avidez y la violencia, sobre la inmoralidad de una tecnología al servicio de la dominación y el control, sobre las tiranías necropolíticas – ostentadas o encubiertas –, y sobre aquello que se anhela como proyecto de sociedad y de cultura.

El comportamiento y la ideación de naturaleza paranoide pueden observarse colectivamente cuando se quiebran los rumbos orientadores. Emergen entonces certezas ficticias, fundamentadas en la desconfianza hacia el otro, percibido como perseguidor o enemigo. Desde la psiquiatría se aprende que la paranoia se origina en proyecciones de sentimientos hostiles negados, el agresor es ubicado afuera. Se configura además una condición existencial de extrañeza, de malestar insoportable, alterando el significado del entorno y de la propia identidad.

La paranoia colectiva nace de estas proyecciones como forma de evitar lo intolerable en sí mismo, y fomenta odios intensos cuando se agrupan personas sin autocrítica. Estos colectivos actúan por sugestionabilidad y contagio emocional, siendo fácilmente manipulables por líderes o sistemas de poder.

Convertidos en estadísticas, sin conciencia de aquello que los gobierna, los individuos se aferran ciegamente a identidades que prometen seguridad, guiados por quienes detentan el poder en beneficio propio. Las emociones son peligrosamente inducidas, desembocando en una exaltación paranoide que contrarresta el vacío interior. Las multitudes enfurecidas no tienen dudas ni inseguridad, el miedo se disipa y la sospecha y el ataque imperan.

Las distopías exageran escenarios futuros precisamente porque son capaces de imaginar la extensión de la estupidez, la crueldad y el odio; nos incitan a reflexionar sobre futuros posibles y a considerar elecciones que inhiban el riesgo de demolición de las individualidades, promoviendo en cambio la cooperación y la sostenibilidad. El tiempo pausado de la reflexión se opone al ritmo acelerado del inmediatismo y la impulsividad.

Este artículo no abordó la diferencia conceptual existente entre grupo y masa, aquí tomados como términos equiparables. Otras corrientes teóricas podrían contribuir a elucidar la temática planteada, así como otras obras literarias de ficción podrían haber sido consideradas. Se trata de un enfoque particular, cuyo objetivo es incitar una discusión actual y pertinente en un mundo globalizado cada vez más tensionado por oposiciones étnicas, nacionales y por la polarización de identidades grupales. ■

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1 La anomia sería un estado de desorden social. Durkheim, E. (2013), La división del trabajo en la sociedad. Macmillan.

2 En estos escritos no se diferencian las nociones de grupo y masa, como en sociología.

Financiación: No se declara financiación.

Recibido: 16 de Abril de 2025; Aprobado: 29 de Junio de 2025; Revisado: 14 de Julio de 2025

Conflicto de intereses:

No se declara conflicto de intereses.

Editor:

Rosana Rubini

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