Introducción
El presente escrito tiene por objetivo hacer un análisis del mito de Áyax a partir de las herramientas de la teoría psicoanalítica con el fin de demostrar que dicho personaje representa un complejo, en términos psicoanalíticos,3 que puede encontrarse en el sujeto neoliberal contemporáneo: el homo oeconomicus. Así, para conseguir el mencionado objetivo, se busca crear un perfil de Áyax, de modo que su mito pueda ser comprendido desde un panorama completo, de ahí que se retomen, principalmente, la Ilíada, la Odisea, el Áyax, y el trabajo de Ovidio en su Metamorfosis, de modo que sea posible deslumbrar todo el panorama de dicho mito. Para conseguir lo anterior se parte el método bibliográfico documental de investigación (Botero, 2016), de modo que sea posible una reflexión de carácter teórico a partir de fuentes primarias y secundarias que posibiliten una revisión rigurosa y profunda de las bases conceptuales que se desarrollan en la investigación.
Ahora bien, la investigación aquí presente se divide en tres momentos: el primero, que busca exponer, desde la Ilíada, el modo en que Áyax tiene un reflejo en el homo oeconomicus contemporáneo; el segundo, que retoma la tragedia de Sófocles que lleva el mismo nombre del héroe para comprender cómo es que el tipo de sufrimiento por el que atraviesa Áyax tiene una semblanza con aquel por el que pasa el empresario de sí (Foucault, 2007); finalmente, el tercer momento expone el modo en que, desde la lectura que hacen Homero en la Odisea y Ovidio en la Metamorfosis, el ser humano debe tomar una decisión al encontrarse en una disyuntiva existencial. Todo lo anterior recurriendo a las herramientas conceptuales del Psicoanálisis como base orientativa para trazar la idea del complejo de Áyax, el cual se propone como una forma de describir, explicar y comprender al individuo neoliberal contemporáneo a partir de la mitología.4
Así, se retoma la tesis de Freud de que el Psicoanálisis puede arrojar nuevas luces en las investigaciones sobre la mitología y valerse de esta para comprender lo inconsciente – su tópica, economía, dinámica, etc., (Freud, 1991a, pp. 187-188). De este modo, el mito se convierte en objeto de interés para el Psicoanálisis, el cual, en el proceso, termina por arrojar luces sobre problemas contemporáneos desde narraciones de la antigüedad, demostrando la pertinencia de los mitos, específicamente los occidentales/europeos, en el contexto actual y la manera en que ellos develan, al ser complementados con el Psicoanálisis, las sombras al interior del alma humana.
Hay que dejar algo claro desde el principio, el artículo privilegia el conflicto psíquico leído a través del lente del mito de Ajax frente a la base material de la subjetivación neoliberal. Así, se diagnostica un rasgo universal a través de su expresión particular, de ahí que se haga uso del Psicoanálisis en la lectura de un fenómeno que es interno al capitalismo. Sin embargo, vale la pena subrayar que esta es una opción metodológica que inevitablemente deja fuera una serie de mediaciones que están fuera del alcance del Psicoanálisis, a saber: determinaciones económicas, históricas, políticas, entre otras, del fenómeno en cuestión.
1 Áyax: guerra, honor y… ¿competencia?
Para construir una idea de lo que representa Áyax dentro del inconsciente del ser humano en Occidente es menester recurrir, inicialmente, al modo en que es trabajado en la Ilíada. Esto debido a que la manera en que es presentado ya en la tragedia de Sófocles no alcanza para comprender un panorama completo de lo que es Áyax como personaje. Dentro de la épica homérica, después de Aquiles, es él quien es visto como el guerrero más fuerte y hábil en la batalla contra Troya. La manera en que se describe la personalidad de Áyax da a entender al lector que la capacidad del salamino no tiene rival, algo que él mismo sabe y que hace parte de su propia identidad. Ningún otro guerrero, además de Aquiles, es más capaz para la guerra que él, de ahí que su reputación, su honor, esté rodeado por la imagen de lucha y batalla contra todo enemigo que se presente: “Ayante Telamonio, baluarte de los aqueos, fue el primero en romper el batallón troyano y aportar una luz a sus compañeros, al acertar al hombre que era de mejor hechura entre los tracios [...] el noble y alto Acamante” (Homero, Illiada, VI, 5).
La Ilíada permite apreciar de modo claro y evidente que es en la lucha donde se mide el valor de un sujeto, por supuesto, dentro del contexto y cosmogonía de la Antigua Grecia esto era así (Vernant, 1995; Garlan, 1995). Más aún en los relatos épicos, que destacan la manera en que los héroes encarnan figuras a las que todo ciudadano de la polis debe tomar como ejemplo para la realidad5. No obstante, más allá de la comprensión histórica de Áyax, lo que se puede apreciar en él es un yo que está dominado por la hiperactividad y el deseo narcisista de ser reconocido por sus habilidades, las cuales él ha potenciado y pulido por sus propios medios.6 Sin dejar de lado la latencia e influencia constante que genera el ello en las acciones de Áyax, esto es importante, ya que indica, por un lado, que el rey de Salamina es un sujeto que por sobre todas las cosas, debido al sentido del honor/reputación que lo caracteriza, desea la victoria frente a sus oponentes7 y, por otro, que el respeto hacia los otros únicamente se da si los considera sus iguales, como Aquiles: “De los guerreros el mejor con mucho era Ayante Telamonio, mientras duró la cólera de Aquiles; éste era muy superior, así como los caballos que llevaban al intachable Pelida” (Homero, Ilíada, II, 770).
De este modo, Áyax, como personaje, posee dentro de su yo una constante necesidad de obtener la victoria por sobre todas las cosas, algo que va patrocinado por el narcisismo que constituye su yo.8 Ahora bien, lo anterior se ve potenciado por el contexto en que se encuentra el héroe constantemente, sépase, la guerra, que es la que termina por legitimar que Áyax pueda entregarse a lo ellóico sin que le genere reproches (contrario a lo expuesto en la tragedia de Sófocles, donde la falta de guerra no le permite entregarse a lo ellóico).9 Es decir, Áyax disfruta del ambiente de guerra por la posibilidad de competir con sus rivales, que en el caso de la Ilíada serían los troyanos, por la victoria y la gloria que surgen de luchar con otros10, ejemplo de esto es la lucha contra Héctor: “¡Héctor! Ahora vas a saber con certeza en duelo singular de qué clase son los paladines que hay entre los dánaos, aun sin contar a Aquiles, rompedor de filas, de ánimo leonino [...] entre nosotros, los que contigo podemos enfrentarnos somos muchos. Mas comienza ya la lucha y el combate” (Homero, Ilíada, VII, 225-230).
La naturaleza que presenta Áyax no es casual, ya que él es un sujeto forjado, desde antes de nacer, para disfrutar de las bendiciones de Ares: “Tendrás el hijo que suplicas, oh Telamón, y por el ave aparecida llámale de sobrenombre muy poderoso ‘Ayax’, temible en las batallas de los hombres de Enialio” (Píndaro, Ístmicas, VI, 55). La importancia de esto radica en el modo en que la cercanía con el dios de la guerra lo vuelve susceptible a toda la intrincada relación de deidades detrás de dicha divinidad (como lo pueden ser Phobos [Miedo], Deimos [Terror], Cidomios [Confusión], por nombrar algunos [Hesiodo, Teogonía, 215-230]), especialmente, y como lo describe la Ilíada, Eris [Discordia], hermana y compañera de Ares, que está presente en el campo de batalla para poder crecer dentro del corazón de los hombres (Homero, Ilíada, IV, 440).
Así pues, la intrincada relación entre Áyax con los dioses que indirectamente lo rodean, que no tenían interés en protegerlo, sino en disfrutar con el espectáculo que él generaba en los combates, permite dilucidar en el héroe cualidades en extremo humanas. Por un lado, la sed de éxito en los distintos ambientes que componen su cotidianidad, para Áyax es la victoria o nada, su persistencia en Troya refleja esto mismo, ya que su sentido del honor no se mide por su servicio ante Agamenón o Menelao, en tanto que jefes del ejército, sino que se expresa en obtener la victoria. Esto debido a que la guerra es su profesión, de cierta manera.11
Por otro, refleja la creencia en que toda decisión que se da es libre y conscientemente tomada, puesto que Áyax se piensa como un héroe que no requiere de los dioses para poder ganar (algo que luego será su hybris).12 Así, como se explicó anteriormente, aunque Áyax no rinda culto a ningún dios en específico (el nació para entretener a Ares y sus cercanos, no necesariamente para adorarlos), su personalidad está marcada por dichas deidades que indirectamente lo rodean. Lo que se presenta de Áyax en la Ilíada es a un guerrero perfecto, el cual es capaz de someterse al ello que envuelve el contexto de la guerra, pero que, desgraciadamente, es incapaz de escuchar al superyó que requiere de él una lealtad, el cual se encarna en Agamenón.
Es importante señalar que el modo en que Áyax es narrado en el mito se empalma directamente con los modos en que en la actualidad existe una obsesión por la “victoria” en la guerra, que ahora se reduce a las tareas laborales de los sujetos.13 Siguiendo lo dicho, la manera en que el héroe encarna una necesidad de ser el mejor guerrero, la presencia del narcisismo como elemento estructural de su yo y la presión para ganar por sobre todas las cosas por sus propios medios, revelan una similitud por parte de Áyax con ese homo oeconomicus estudiado por Foucault (2007). Esto no quiere decir que este héroe trágico sea una empresa de sí en un sentido estricto (ello implicaría llevar la extrapolación a unos límites extremos), lo que permite evidenciar es el modo en que el actual modelo subjetivo del neoliberalismo, que coloca la competencia y el rendimiento como conceptos base para la sociedad, parece estar asentada en ciertas figuras presentes en los mitos.14
El caso de Áyax, que es el que aquí se ocupa, no puede ser puesto de forma directa en el molde del homo oeconomicus, pero lo que sí se puede intentar hacer es extraer de él aquellas estructuras psíquicas presentes en él que tienen la capacidad de trascenderlo, de modo que pueda considerarse que el caso de Áyax pueda ser universalizado e, incluso, ser enmarcado en lo que sería un complejo.15 Lo anterior en la medida que, cuando se lee al homo oeconomicus desde la tragedia, parece haber una semejanza conceptual entre ambos que permite apreciar que la presencia de una identidad competitiva, eficiente e (hiper)activa/(hiper)estimulada lleva consigo una obsesión con la victoria y, como se trabaja más adelante, a una imposibilidad de aceptar el fracaso como realidad.16
Esto hace que la mitología detrás de Áyax, una vez se seculariza para la contemporaneidad, pero desnudada desde la psicología abisal freudiana, tenga una relevancia fundamental dentro del análisis de los efectos del capitalismo neoliberal de hoy día. Así, al poner a la luz del mito de Áyax determinadas prácticas presentes en la subjetividad neoliberal, el homo oeconomicus, se puede encontrar cómo es que desde la antigüedad la presencia de una obsesión por la competencia deviene en un problema para el ser humano; en ambos casos, el de Áyax y el del homo oeconomicus, la muerte llega tras no aceptar el fracaso, es decir, una vez el sujeto ha perdido.
De este modo, Áyax encarna al guerrero que vive estimulado por el contexto del combate, de ahí que surja la posibilidad de comprenderlo como una figura primitiva de lo que es el homo oeconomicus contemporáneo: competencia, éxito (económico o profesional) y rendimiento en su campo laboral. Lo dicho, cuando se analiza de forma psicoanalítica, permite evidenciar la presencia inconsciente de Áyax dentro de la estructura psíquica del sujeto neoliberal contemporáneo (la cual aparece como un rezago primitivo al interior de lo inconsciente), ya que el modo en que el individuo hoy en día vive parece tener una analogía directa con las acciones de Áyax durante y posterior a la guerra de Troya.17 De ahí que, siguiendo dicha lectura del mito desde el enfoque psicoanalítico propuesto, el complejo de Áyax deba pensarse como esa obsesión del sujeto con la victoria por sobre todas las cosas y la imposibilidad de aceptar el fracaso en su más mínima expresión.18
Esto último no debe entenderse solo como las grandes victorias y los fracasos de la vida, sino, y quizá con mayor razón, como las expresiones que se dan en lo cotidiana y parecen no ocultar ni resultar en nada grave. Por un lado, debido a que es en lo cotidiano donde el sujeto construye y refleja su identidad en la esfera pública,19 por otro, debido a que la muerte de Áyax no surge en la gran batalla (Troya), sino en algo tan baladí como un conflicto al no poder tener las armas de Aquiles, es decir, en una lucha cotidiana que desencadenó en la pérdida de cabales del héroe y, posteriormente, en su propia muerte debido a la incapacidad de aceptar la vergüenza de vivir tras el engaño de Atenea. Esto último, la pequeña batalla de Áyax, debe ser más profundizado para entender más lo que aquí se llama complejo de Áyax.
2 El fracaso, la verdadera locura de Áyax
Para Píndaro, lo que realmente distingue a Áyax, más que el ser un guerrero formidable, es el fracaso de no poder conseguir las armas de Aquiles: “El saber engaña cuando seduce con cuentos, y ciego tiene el corazón la gran mayoría de los hombres. Pues si le fuese dado reconocer la verdad, jamás el fuerte Áyax, irritado a causa de las armas, habría clavado en sus entrañas la ancha espada” (Píndaro, Nemeas, VII, 25). Cierto es que dentro de la narrativa homérica el héroe se presenta como una figura de lucha, combate y honor; sin embargo, en la tragedia sofoclea, Áyax debe afrontar algo que en la guerra no, el fracaso. Este último es importante dentro de la caracterización que se hace del personaje, ya que es al perder frente a Odiseo, un sujeto al que Áyax considera inferior a él, que se detona la locura del protagonista de la tragedia; lo que se indica es que el desequilibrio del héroe no se da por la alucinación de Atenea, sino que es el no poder manejar la sensación de fracaso lo que lo lleva a la decisión de asesinar a las figuras superyóicas que lo mandan (Agamenón y Menelao) y a su colega de armas Odiseo: “ODISEO. – ¿Por qué descargó [Áyax] así su mano tan insensatamente? / ATENEA. – Vejado por el resentimiento a causa de las armas de Aquiles. / ODISEO. – ¿Y por qué arremetió contra los rebaños? / ATENEA. – Creyendo que manchaba sus manos en vuestra sangre” (Sófocles, Áyax, 25).
La verdadera locura de Áyax no es la producida por Atenea, que busca castigarlo y proteger a Odiseo (por quien tiene favoritismo la diosa), sino que el punto de inflexión se da en la incapacidad del héroe por asimilar que perdió. Más allá de la división temática existente entre épica y tragedia, lo que se revela al contrastar ambas caras de Áyax es la complejidad detrás de este personaje, ya que esto permite develar matices internos que dan un panorama completo de lo que son las motivaciones y razones por las que un personaje actúa de determinada manera.20
Así, en lo que sigue es menester profundizar en un elemento fundamental para comprender la razón por la que el mito de Áyax no es solamente una narrativa de la antigüedad con ciertos elementos aplicables al individuo contemporáneo, sino que es posible comprenderlo como un complejo propio de la estructura psíquica del ser humano en su sentido universal.21 Dicho elemento es la incapacidad por parte de Áyax para aceptar que no es superior a Odiseo y que, por ende, no puede ganarle las armas de Aquiles.
La tragedia sofoclea refleja, entonces, a un Áyax débil, frágil y lastimado, que contrasta directamente con el personaje homérico, pero que permite inferir algo, el narcisismo de Áyax es igualmente proporcional a su nivel de inestabilidad emocional para lidiar con el fracaso.22 Lo que él camufla como honor se devela como la sensibilidad del niño pequeño que hace berrinche por no obtener lo que desea, la insatisfacción del héroe en la tragedia de Sófocles previo a la decisión de matar a Odiseo, Agamenón y Menelao muestra claramente esto:
ATENEA. – Bien has hablado. Pero dime una cosa, ¿has hundido bien la espada en el ejército argivo? / Áyax. – Me cabe ese orgullo y no voy a negarlo. / ATENEA. – ¿También contra los Atridas has blandido tu armado brazo? / AYAX. – De tal modo que no deshonrarán nunca más a Áyax. / ATENEA. – Muertos están, por lo que puedo entender de tus palabras. / ÁYAX. – Estando muertos ya, ¡que me vengan a arrebatar mis armas! (Sófocles, Áyax, pp. 95-100).
Más allá del héroe tomar acción para respetar su honor herido, lo que está haciendo es responder a la pulsión de muerte que lo domina tras no poder aceptar que la realidad no está a fin a sus propias ideas23. Dicha pulsión es lo que lo lleva a tomar la decisión de matar y, finalmente, a que Atenea lo castigue, agregando que dicho castigo fácilmente puede ser visto como una neurosis que surge de la dinámica inconsciente que domina a Áyax, ya que como lo señala Freud: “La neurosis es el resultado de un conflicto entre el yo y su ello, en tanto que la psicosis es el desenlace análogo de una similar perturbación en los vínculos entre el yo y el mundo exterior” (Freud, 1992c, p. 155, cursiva del original)
Continuando, lo que permite percibir Áyax son varios elementos de interés para el análisis de lo inconsciente.24 Por un lado, la necesidad de matar al superyó, encarnado en Agamenón y Menelao, debido a la falta de reconocimiento por parte de este(os), algo que revela que para el héroe no es importante seguir realmente el honor y la camaradería, sino únicamente aquello que él como individuo encuentre importante. Por otro lado, la completa entrega al ello como figura que lo lleva a entregarse a una alucinación de victoria y a una posterior sensación de vergüenza con la que no podrá vivir, ya que implica que la aparición de la pulsión de muerte condujo a Áyax a actuar con desenfreno y sin pensar en sus actos.25
Lo dicho anteriormente es importante en la medida que son formas primitivas de lo que se puede distinguir en el homo oeconomicus neoliberal, que se dan, precisamente, con aquella creación artística primitiva desarrollada por Rank (1976), la cual permite abstraer simbólicamente elementos de la vida anímica del ser humano y, al mismo tiempo, dotar dicha abstracción de un elemento concreto por medio del arte.26 Ya se habló en el acápite anterior de la asociación entre guerrero, guerra y victoria con la de empresa de sí, competencia y éxito, de modo que la presencia primitiva de los principios del homo oeconomicus en Áyax tiene cabida para mayor análisis. En este caso específico es la incapacidad para lidiar con el fracaso lo que se muestra como un elemento estructural del sujeto neoliberal. El modo en que se da una dinámica inconsciente orientada a la pulsión de muerte en Áyax producto de no ganarle a Odiseo permite aproximar el mito aún más a las formas contemporáneas de sufrimiento.27
El fracaso como fenómeno que detona los distintos elementos sintomáticos en Áyax es el núcleo de lo que sería la posibilidad de universalizar el caso del héroe a modo de complejo. Esto último debido principalmente a la manera en que se evidencia que la incapacidad de asimilar el perder frente a otro es parte de la personalidad de Áyax, es algo que constituye su identidad como sujeto y que se encuentra en lo profundo de su inconsciente, pero, además, es posible debido a la naturaleza propia de la narración de Áyax, sépase, el mito, que permite deslumbrar una preocupación desde la antigüedad por un elemento que no era bien visto entre la población griega, la soberbia, específicamente frente a los dioses.28
Esto último es importante señalarlo, en la medida en que es precisamente la soberbia ante el fracaso la hybris de Áyax. Atenea se presenta como lo real del mundo, siguiendo el lenguaje de Lacan29, que genera un choque directo con el héroe, puesto que las acciones que siguen después de no poder hacer frente a la vergüenza de perder frente a Odiseo es seguir la pulsión de muerte como única manera de sublimar su propia sensación de pérdida. Esto último puede atribuirse, principalmente, a la cercanía de Áyax con Ares, quien tiene la capacidad de enfermar los corazones humanos:
Allí estaban los dorados caballos de Ares rauda pezuña del terrible Ares; allí también el propio Ares portador de despojos, funesto -con una lanza en sus manos, incitando a los infantes y rojo de sangre como si matara hombres vivos- de pie en su carro. A su lado estaban el Terror y el Miedo ansiosos de sumergirse en la guerra de hombres. (Hesíodo, Escudo, pp. 190-195).
Así, Atenea actúa como representante del efecto neurótico al interior del ser humano al no sublimar de forma sana elementos que generan un determinado sufrimiento, específicamente, el fracaso. La locura posterior, la muerte de las ovejas creyendo que son los líderes aqueos, es producto de la misma incapacidad de Áyax de curarse de la competitividad y la necesidad perenne de victoria en tanto que empresa de sí, es ahí donde retorna la posibilidad de extrapolación del mito desde las herramientas psicoanalíticas, puesto que, al proponer el complejo de Áyax, es posible colocar en un nuevo marco simbólico aquello que fue expuesto por los antiguos griegos.30
Al colocar el sufrimiento y la locura producto de no saber tratar el fracaso, que dentro de Áyax no es una opción en tanto que individuo, sino que es un elemento intrínseco que hace parte de lo que él es, en un contexto como el del homo eoconomicus contemporáneo es posible dilucidar similitudes. Esto último en tanto que la presencia de la depresión/melancolía, la ansiedad, la agresividad, etc., son formas de sufrimiento que se presentan en la actualidad producto de no saber tratar la sensación de fracaso que el sistema impone como imperativo superyóico.31 Ahí es cuando Áyax posibilita vislumbrar que estos factores no son solamente casos aislados de no poder aprender a vivir con nosotros mismos, sino que es parte, por lado, de una estructura psíquica que surge en un contexto de hiperestimulación e idolatría a la victoria y la competencia, en el caso de Áyax sería la guerra, en el del sujeto contemporáneo el capitalismo neoliberal. Por otro lado, permite percibir, debido a su naturaleza mitológica, que es un problema que se ha presentado constantemente al interior de la humanidad, por lo que su análisis debe llevarse a cabo para poder evitar un resultado como el de Áyax.
La figura del complejo de Áyax es interesante por eso mismo, permite develar elementos de la psicodinámica del actual sistema al ser puesto bajo el fuego del Psicoanálisis. Ya que, si bien los griegos percibieron la soberbia como hybris (luego los cristianos como un pecado y los modernos como un sentimiento) en el marco del neoliberalismo contemporáneo es posible retomar dicho problema como una figura patológica que es producto de tomar esas conductas irracionales del ser humano y potenciarlas (que es precisamente lo que el sistema busca al tener como base la pulsión de muerte).
Así, con Áyax surge un Psicoanálisis del fracaso, en la medida en que, como se dijo anteriormente, es el fracasar lo que detona su posterior neurosis. La complementación de la tragedia sofoclea con la épica homérica posibilita, entonces, apreciar cómo es que la soberbia en el contexto de guerra y batalla no puede estar presente en toda la cotidianidad humana, puesto que, en otros ambientes, puede devenir enfermedad, sufrimiento y, como lo presenta Sófocles, muerte.
3 La muerte de Áyax, la flor de jacinto y el futuro del homo oeconomicus
Es menester, entonces, reflexionar sobre la última parte de lo que sería la construcción del perfil de Áyax y de la manera en que él termina por dar luces de forma certera al interior de lo que es el biotipo de ser humano neoliberal. Para esto es necesario recurrir a tres momentos de diferentes obras, por un lado, la muerte de Áyax al final de la tragedia de Sófocles, por otro, la aparición de este héroe en el Hades al momento de descender Odiseo allí y, por último, la descripción que Ovidio hace de Áyax en su Metamorfosis. Estas dos últimas obras serán comprendidas como una disyuntiva psíquica para el sujeto contemporáneo, de modo que este pueda superar su condición frente a lo que aquí se llamó el complejo de Áyax o quedarse atrapado por la caracterización inconsciente.
Así pues, entrando en la muerte de Áyax, y completando lo dicho en el acápite anterior, se debe profundizar en el modo en que el héroe toma consciencia frente a su ceder ante la fuerza de lo inconsciente, es decir, cuando despierta de la locura provocada por Atenea. Cuando se genera este efecto de choque, lo único que puede sentir el héroe es una sensación de vergüenza, pero es necesario aclarar que esta no es solamente por el modo en que él debe aceptar que ha caído en deshonra al manchar su espada con la sangre de los animales, sino que surge de distintos elementos de la estructura psíquica del guerrero.32
Por un lado, el inevitable descubrimiento por parte del superyó (los líderes Aqueos) de que él quería eliminarlo, lo cual implica, a nivel inconsciente, una sensación de temor frente a esa instancia y a lo que implica para el yo el borrarla de la estructura psíquica. La vergüenza que siente Áyax, entonces, implica el miedo a la castración como mecanismo de castigo del superyó frente a esa afrenta por parte del yo, es decir, el héroe no solamente se siente menos por una cuestión cultural, sino que dentro de su identidad se ha enarbolado todo un mecanismo de defensa frente a la amenazante presencia superyóica que desea responder al desequilibrio que el yo tiene al haberse dejado llevar por los impulsos del ello una vez Áyax fracasó en obtener las armas de Aquiles. De ahí que, aquello que el lector encuentra por el final de la tragedia de Sófocles, y que puede achacarse a temas culturales de la época griega, realmente refleja todo el sistema inconsciente detrás de un simple hecho cotidiano: fallar una vez cuando no se está acostumbrado a ello.33
Pero ¿qué implica esto en relación con el sujeto que se entiende como empresa de sí? Dentro de un ejercicio de análisis filosófico, la condición de competencia, rendimiento e individualismo constante es inevitable, todos los individuos están expuestos, en mayor o menor grado, a aceptar los principios del neoliberalismo como propios, ya que el psicopoder contemporáneo no da lugar para excepciones34. En analogía con el mito de Áyax, el individuo siempre está en una condición anímica instalada para la guerra, lo que implica que el homo oeconomicus siempre está con una dinámica inconsciente asociada a no permitir el fracaso y a generar malestar cuando este acontece. El complejo de Áyax, entonces, se presenta como ese sufrimiento profundo frente al no obtener la victoria en la “guerra” de la vida, que termina por entenderse, en el contexto contemporáneo, como un dolor estructural de la psique que surge de cualquier tipo de fracaso personal en lo cotidiano, como lo afirma Ehrenberg (2000, p. 13):
El incremento en poder de los valores de la concurrencia económica y de la competitividad deportiva en la sociedad francesa había propulsado a un individuo-trayectoria a la conquista de su identidad personal y de su éxito, suma de su progreso en una aventura empresarial. Un segundo trabajo describía cómo esta conquista se acompañaba de una preocupación inédita por el sufrimiento psíquico.
Siguiendo el contraste entre los efectos del mito en el sujeto contemporáneo, toda empresa de sí no proyecta la posibilidad de fracasar, igual que Áyax, por lo que cuando dicho fracaso llegue, y lo hará debido a los azares de la vida, la huella inconsciente del complejo de Áyax fácilmente conduce a la muerte (anímica o física), como señala Berardi (2016, p. 148): “A medida que el biosemiocapitalismo se infiltra en las células nerviosas del organismo consciente y sensible inocula en ellas la lógica tánato-política, un sentimiento mórbido que de forma progresiva está tomando el control sobre el inconsciente, la cultura y sensibilidad colectivas”. Cuando dicha muerte llega en forma anímica, debido a que la física no tiene solución, lo que surge al interior del individuo contemporáneo es la resignación frente al control y el poder hegemónico que se impone sobre el mundo de la vida. El sistema termina por colonizarlo, dando lugar a depresiones, ansiedad y demás expresiones del dolor anímico del sujeto frente al mundo. Por lo tanto, dado que todos son de alguna forma poseedores del complejo de Áyax en el marco del capitalismo, todos deben encontrar maneras de lidiar con la muerte anímica que se presenta al no poder obtener las armas de Aquiles.35
Tras la muerte de Áyax, Odiseo (al entrar al Hades) se encuentra con el alma de dicho héroe, quien se niega a entablar un diálogo con el itacense; lo cual indica que aún tras haber muerto lo que quedó posteriormente no fue otra cosa que rencor, resentimiento, odio e ira hacia él:
Ayax, hijo de aquel noble y cabal Telamón, ¿ni después de la muerte olvidarte podrás del rencor contra mí por aquellas tristes armas? Gran daño ello fue que infirieron los dioses a los dánaos [...] Con no menos dolor que la muerte de Aquiles lloramos los argivos la tuya que nadie causó [...] Pero llégate, ¡oh príncipe!, aquí y oye atento las cosas que aún habré de decirte; reprime tu furia y tu orgullo. Tal le hablé, mas sin darme respuesta se fue con las almas de los otros mortales sin vida, del Erebo al fondo. (Homero, Odisea, XI, pp. 540-565).
Esto dicho indica que los efectos del fracaso persisten aún tras haber muerto el héroe, la ausencia por parte de él para entablar un diálogo con Odiseo refleja la incapacidad por parte de Áyax de revincularse con el mundo, con los otros, más allá de la doctrina de la “victoria”. Su alma está condenada debido a que no es capaz de pensarse como un ser superior a la condición de guerra que lo identificó en vida y que alimentó su ansiedad frente al fracaso.36
En términos contemporáneos, desde un análisis de las formas de lo inconsciente detrás de Áyax, lo que indica lo antes mencionado es que una vez el sujeto muere anímicamente ante la presencia del fracaso que lo conduce al trastorno y al sufrimiento, este mismo individuo puede no superar su complejo de Áyax y permanecer atado al trabajo muerto (Marx, 2008), el cual se impone como sustituto contemporáneo de la guerra de la Antigua Grecia. Esto último termina por reafirmar el rol de la competencia y el rendimiento al interior de la estructura anímica dentro de la empresa de sí, lo cual, del mismo modo que Áyax, no hará otra cosa que mantenerlo como un espectro errante en el Hades, debido al modo en que la competencia continúa dominándolo aún tras el fracaso que lo condenó a sufrir.
En otras palabras, el no superar el complejo de Áyax lleva al individuo a convertirse en parte constante del enjambre social al que tiende el neoliberalismo (Han, 2014b), ya que se instaura el trabajo muerto como un articulador de sentido al interior de los impulsos humanos, lo cual termina por devenir en sufrimiento para el sujeto que se acepta como empresario de sí. En la vía tras la muerte anímica, el fracaso como figura promotora del dolor subjetivo dentro del individuo lo transforma en una versión actualizada que potencia su capacidad competitiva y eficiente para convertirse en una pieza mejor incrustada en el sistema y facilitando su reproducción, en este sentido: “El individuo es precisamente un recurso en el sentido de que es aprehendido como capital humano, un potencial de desarrollo que le permite aumentar su valor, gestionar mejor su trabajo y sus relaciones con los demás” (Ehrenberg, 2010, p. 95).
No obstante, fuera del conformismo que implica esta opción, es decir, el ceder ante la muerte anímica debido a la competencia y, por ende, entregarse a ella como único camino, existe otra posibilidad para el individuo desde la misma figura del mito, esto es, es posible superar el complejo de Áyax. Dicha superación es posible cuando se toma la lectura de Ovidio, quien revela que justo en el punto donde cayó la sangre del héroe surgió una flor de Jacinto. Dicha lectura esconde detrás de su simbolismo una posibilidad existencial plena para Áyax, así como una renovación de la vida y la superación de la competencia como principio rector de la existencia tras la muerte.
agarra su espada [Áyax] y dice: “Al menos ésta es mía: ¿acaso también ésta la reclama Ulises para sí? Yo he de utilizar ésta contra mí y la que a menudo se empapó de sangre de los frigios ahora se empapará con la muerte de su dueño, para que nadie pueda vencer a Áyax a no ser Áyax.” Dijo y hundió la mortal espada en el pecho, que entonces por fin sufrió una herida, por donde había acceso para el hierro; y las manos no tuvieron fuerza para sacar el arma clavada: los propios borbotones la expulsaron y la tierra, enrojecida con la sangre, hizo brotar del verde césped una flor purpúrea, que antes había nacido de la herida ebalia, unas letras comunes al joven y al hombre están grabadas en medio de las hojas, éstas por el nombre, aquéllas por el lamento. (Ovidio, Metamorfosis, XIII, pp. 390-395).
Es necesario recalcar la analogía existente entre la sangre derramada por Áyax y la de Jacinto (Ὑάκινθος’), héroe que fungía como amante de Apolo. Ya que, de acuerdo con la misma mitología griega, al momento de Jacinto morir a manos de Céfiro (quien tenía celos de Apolo por su relación con el joven) de la sangre derramada surgió una flor púrpura que fue nombrada con el nombre de dicho héroe (Pausanias, Descripción de Grecia, III) (Apolodoro, Biblioteca, I, 3).37 Ahora bien, hay que resaltar que, para Ovidio, la muerte de Áyax no está determinada por el peso del fracaso, sino que es el punto último del héroe para poder renacer, puesto que es lo que está detrás del mito de Jacinto. Por lo mismo es que con la sangre del héroe surge una flor de jacinto, porque en ese punto existe la posibilidad de renacer y liberarse de las ataduras que lo esclavizan – así como lo hace Jacinto en su carruaje de gansos (Patterson, 1992).
Esto último es precisamente la segunda posibilidad del individuo contemporáneo atosigado por el complejo de Áyax. Pensar la muerte anímica como un punto de inflexión con el cual florecer como el Jacinto de la sangre de Áyax, poder renacer bajo el simbolismo de la libertad y elevarse encima del trabajo muerto, la competencia y el rendimiento hacia un cultivo distinto de la subjetividad. De ahí que la figura de Áyax sea fundamental, ya que su interpretación desde el Psicoanálisis refleja el modo en que el individuo contemporáneo sufre y la manera en que puede ser sanado; al final, comprender de forma consciente cómo la competencia y la eficiencia desgarran la vida anímica lleva a la posibilidad de actuar sobre ellas de forma pertinente para revitalizar esos vínculos con la existencia más allá de la reproducción sistémica.
Conclusión
Así pues, dentro del marco de la presente investigación es necesario delimitar y comprender el uso que tiene el mito de Áyax para el estudio acá desarrollado desde los principios del Psicoanálisis. El complejo de Áyax se entiende como ese punto de destrucción del yo que surge como resultado de no poder afrontar el fracaso personal (sea cual sea el contexto en que se dé). Es decir, todos los seres humanos, en mayor o menor medida estamos expuestos a que se presente un tipo particular de sufrimiento subjetivo que surge por no aceptar la “victoria” frente a un determinado suceso. Así como Áyax, el glorioso guerrero que triunfó en Troya, no puede asimilar que las armas de Aquiles no le fueron dadas, sino que se le entregaron a Odiseo, lo cual lo conduce a una locura en la que decide tomar acciones siguiendo la pulsión de muerte como libido que sublimará su sentimiento de vergüenza frente al fracaso, así mismo el ser humano hoy día cae frente a la sensación de fracaso y se ve obligado encontrarse con la muerte (ya sea anímica o física). Ahora bien, al tomar la muerte anímica, por las razones expuestas en el acápite anterior, el individuo puede superar el complejo de Áyax o quedarse estancado en él.
Si decide superarlo debe tomar consciencia, por un lado, de su condición de alienado y de sometido por el psicopoder sistémico del neoliberalismo (que es el que termina por crear las condiciones de posibilidad para que se potencien los efectos inconscientes de la competencia, el rendimiento y el hiperindividualismo) y, por otro, debe florecer, como el jacinto de la sangre de Áyax, por medio de la sanación del yo al reencontrarse con lo otro, es decir, el revincularse con la realidad en su sentido más extenso y completo, más allá de las formas mercantilizadas y economizadas que impone el neoliberalismo.
Lo anterior implica retomar el vínculo con los demás seres humanos, promover el diálogo con lo otro como una detonante transformación del yo. Lo que conlleva evitar ser como el alma de Áyax que se niega a hablar con Odiseo cuando se lo encuentra en el Hades. Dicha disyuntiva (o se cae en conformismo o se hace algo al respecto) es un proceso que debe realizarse sí o sí en el marco contemporáneo del neoliberalismo, ya que el complejo de Áyax surge precisamente dentro de los actuales parámetros de hiperconsumo, hiperindividualidad y aceleración promovido por el capitalismo, en el cual todos se encuentran atrapados. Esto último explica de cierta forma el surgimiento de un aumento en los niveles de sufrimiento psíquico en los individuos, ya que, ignorantes del modo en que el complejo de Áyax los afecta, quedan atrapados en él debido a la dinámica del inconsciente. Todo lo dicho, producto de comprender el modo en que el mito, acompañado del Psicoanálisis, continúa acompañando las formas de lo inconsciente tras tantos siglos.38














